Skip to main content

Cataluña: ¿conflicto o problema?

Por 15 de junio de 2021febrero 1st, 2022Art. El Panóptico, Número 31

Lo propio de la ciencia es fortalecer al máximo sus afirmaciones. Aspira a hacerlas tan fuertes como un roble. De ahí la palabra “corroboración” (del latín robur= roble). Sostengo que la Panóptica nos permite comprender el presente y tomar mejores decisiones, pero esa afirmación está por demostrar. De ahí la necesidad de someter constantemente a prueba sus pretensiones.

He defendido que la Historia nos permite distinguir entre un “modo ancestral” de hacer política y un “modo ilustrado” de hacerla. Aquél se basa en el conflicto, en el enfrentamiento amigo-enemigo, y en la dialéctica vencedor-vencido. La “política ilustrada”, en cambio, se basa en transformar los conflictos en problemas, en la cooperación para resolverlos, en los resultados de suma positiva como ideal, y en la dialéctica solución-no solución. Un ejemplo de planteamiento belicoso lo da Michel Onfray, el filósofo francés actualmente más leído, en la presentación de su revista Front Populaire. Su propósito, dice, es “construir una máquina de guerra populista capaz de enfrentarse a la máquina de guerra populicida”. Aunque no lo parezca, está hablando de ideologías políticas.

Mi tesis es que la situación catalana se ha planteado ancestralmente como un conflicto, cuya única solución es que triunfen unos u otros, y que esto ha cronificado el problema, porque el bando perdedor siempre espera la ocasión para resarcirse. Cuando un conflicto se cierra sin resolver, acaba retoñando inevitablemente, agravado por el resentimiento.  En el “formato conflicto”, los pactos solo son treguas encubiertas, a la espera de conseguir mejores posiciones. Sin embargo, tengo el convencimiento de que la situación catalana puede transformarse en un problema si las partes implicadas, en vez de pretender la aniquilación del contrario, deciden buscar una solución. Lo que caracteriza una buena solución es que ha de ser un resultado de suma positiva (win-win), es decir, todos los intereses legítimos deben ser protegidos.

“Tengo el convencimiento de que la situación catalana puede transformarse en un problema si las partes implicadas, en vez de pretender la aniquilación del contrario, deciden buscar una solución”.

No sé lo que ocurrirá en Cataluña en los próximos meses, pero pretendo seguir las idas y venidas de los políticos y de la sociedad, como quien observa un experimento de inteligencia o falta de inteligencia política. Sería estupendo dar un ejemplo de que, incluso conflictos arrastrados durante siglos, pueden resolverse. Mi objetivo, pues, es aprender de esa experiencia y sacar conclusiones aplicables a otros casos. No me interesa el triunfo de ninguna de las partes enfrentadas -ni los españolistas ni los catalanistas-, solo me importa la “felicidad política” de la sociedad, que es una sociedad de individuos concretos, de carne y hueso, integrados en redes de relaciones muy plurales.
La “política ancestral” sigue vigente. Se basa en dos premisas:

  1. La oposición amigo-enemigo es la esencia de la política.
  2. El triunfo de la política es la aniquilación del enemigo o, al menos, su sometimiento.

Este modelo lo expuso Carl Schmitt, ideólogo nazi y de los movimientos populistas. Cuando Pablo Iglesias, en su gran momento retórico, gritó: “El cielo no se alcanza por consenso, se alcanza por asalto”, estaba resumiendo brillantemente la “política ancestral”.  Se manifiesta en los enfrentamientos de clase, ideológicos, religiosos. Toda polarización – y de hecho el sistema actual de partidos entero- manifiesta este enfoque conflictivo de la política. La única salida es la derrota, por ventura en las urnas en las democracias. Otra salida puede ser el pacto, pero, si se hace desde posturas enfrentadas, suele ser un compromiso precario para salir del paso.  Cada una de las partes lo firma con el propósito de cambiarlo al tener suficiente poder. Un ejemplo: al redactar el artículo 27 de la Constitución sobre el sistema educativo, las partes enfrentadas no llegaron a un acuerdo. Para desencallar la situación se llegó a un “pacto” que dejaba en suspenso muchas cuestiones que cada partido confiaba en definir a su manera al llegar al poder.
Para saber si la situación catalana puede evolucionar del “formato conflicto” al “formato problema”, hay que analizar desde la experiencia histórica cuales son las condiciones que permiten ese tránsito. He identificado cuatro esenciales, que, sin duda, pueden ampliarse:

  1. Las pretensiones de las partes enfrentadas deben ser legítimas. Con las ilegítimas no se puede buscar una buena solución. Si la víctima de un secuestrador paga su rescate, no se ha resuelto un problema, aunque ambas partes hayan conseguido lo que querían (el dinero y la libertad). Ha sido un acto de violencia con un vencedor: el criminal.
  2.  Todas las partes deben tener el deseo de encontrar una solución o, mejor dicho, de construirla, porque las soluciones no se encuentran como se encuentra una pepita de oro.
  3. Todas las partes afectadas deben ser escuchadas y participar en la solución.
  4. La construcción de una solución debe fijar primero alguna base sobre la que trabajar. Recuerdo un viejo chiste del The New Yorker, en el que el presidente de una importante mesa de negociación dice aliviado: “Por fin hemos encontrado un punto de acuerdo para comenzar el diálogo: a todos nos gusta la vainilla”.

Un proceso de independencia no afecta solo a los ciudadanos del territorio que se quiere separar, sino también a los ciudadanos del territorio del que se quiere separar.

¿Se dan estas condiciones en el caso catalán? No se han dado, pero podrían darse. El enfrentamiento entre catalanes que desean la independencia y catalanes que no la desean, es legítimo. Poder decidir la forma política en que se desea vivir puede considerarse un derecho humano, necesitado, como todos, de compatibilizarse con otros derechos. Pero un proceso de independencia no afecta solo a los ciudadanos del territorio que se quiere separar, sino también a los ciudadanos del territorio del que se quiere separar. Un socio de una compañía puede hacer con su participación lo que quiera, pero tendrá que contar de alguna manera con los socios de los que desea separarse y que resultan afectados. El marco básico para la construcción de la solución catalana debe ser la Constitución del 78, pero tal vez la experiencia de cuarenta años haya mostrado que no protege bien alguno de los derechos, por ejemplo, el de los grupos de ciudadanos que quieren la independencia o el derecho de las minorías, que siempre ha sido el gran problema de las democracias.

Asegurar la identidad, una sociedad justa, una convivencia armoniosa. ¿Pueden servir de base para una solución?

Me temo que el deseo de transformar el conflicto en problema no es universal, aunque debería serlo. En este sentido interpreto las opiniones vertidas por Jordi Pujol, en su reciente libro Entre el dolor i l’esperanza (Proa). Empieza reconociendo que “el resultado de esa confrontación ha sido malo para unos y para otros”. Considera necesario restablecer el diálogo y añade: “cuando se habla de diálogo se tiene que sobreentender que las dos partes (en mi caso creo que las tres partes) están dispuestas a acercar posiciones y calibrar los inconvenientes de una ruptura o de un trato injusto”. Admite, por supuesto, el derecho a plantear la independencia, pero recomienda lo que a mi juicio es una clara llamada a convertir el conflicto en problema: los independentistas deben estar abiertos “a fórmulas no independentistas que, seriamente y con garantías, aseguren la identidad, la capacidad de construir una sociedad justa y de facilitar la convivencia”. Pone como ejemplo de salidas inteligentes del conflicto los casos de Quebec y del País Vasco. Llamo la atención sobre los tres objetivos principales que señala: asegurar la identidad, una sociedad justa, una convivencia armoniosa. ¿Pueden servir de base para una solución? Oriol Junqueras ha escrito que “hay que colocar en el centro de la agenda la resolución del conflicto político existente por vías democráticas«. La vía unilateral “no es viable ni deseable en la medida en que de hecho nos alejan del objetivo a alcanzar”. Es cierto que hace un año decía que nunca renunciaría a la unilateralidad, y hay que dejar constancia de las dos afirmaciones. Es cierto también que otros sectores independentistas siguen defendiendo la vía unilateral. En una situación de desconfianza generalizada, poco se puede avanzar si no se restablece la confianza mutua.

Desde el Panóptico interpretamos la evolución de las culturas como modos diversos de resolver problemas, y defendemos la idea de que esta actitud debería penetrar todo nuestro sistema educativo.

Es evidente que convertir un conflicto secular en un problema a resolver no es fácil. En especial si la sociedad -que es en último término la que tiene que hacerlo- ha sido educada en la “política ancestral”. La polarización actual -en la que todos los partidos aspiran a una victoria arrolladora sobre los otros o se congratulan con la desaparición de algunos partidos- no augura nada bueno. Enfrentados a un problema, todos tenemos que aprender a resolverlo. Desde el Panóptico interpretamos la evolución de las culturas como modos diversos de resolver problemas, y defendemos la idea de que esta actitud debería penetrar todo nuestro sistema educativo.

No idealizo la transición, pero creo que fue un ejemplo de cómo una sociedad convirtió una situación de conflicto en un problema a resolver, y consiguió resolverlo. Hubo un período de aprendizaje, en el que todas las fuerzas tuvieron que repensar sus posiciones, redefinirse como sujetos políticos. Pero tenían unos valores claros que conseguir: la democracia, como mejor camino para alcanzar la justicia, y la paz.

La capacidad de aprendizaje de una sociedad mejora si tiene los líderes adecuados

Ron Heiftz, de la Harvard Kennedy School, piensa que el verdadero líder político es necesario cuando no se tienen recetas para el problema planteado. Su posición me parece muy sugerente. No cree que el líder tenga que conocer la solución, sino que su talento está en movilizar a la sociedad para que busque la solución. Señala algunos pasos:

  1. Identificar el desafío al que hay que responder. En este caso la necesidad de ponderar tres derechos
  2. No precipitarse: mantener el malestar dentro de un nivel tolerable que permita trabajar en la solución, sin desistir, pero sin precipitarse.
  3. Enfocar la atención en el proceso de maduración y no en reducir el estrés.
  4. Hacer trabajar a la gente, pero a un ritmo que puedan soportar.
  5. Dar voz a quienes planteen interrogantes y denuncien contradicciones internas.

En el caso de la transición española, ese papel lo hizo Adolfo Suárez, que fue capaz de implicar a todos -incluida la sociedad- en la actitud de aprendizaje. Por supuesto, en el caso de Cataluña, el papel de Tarradellas fue fundamental.

Ayudar desde el Panóptico a que aumente nuestra inteligencia política

Bajemos desde estas alturas teóricas al tema concreto de los indultos, hoy en el candelero. Creo que deberían incluirse ya dentro de este proceso de aprendizaje, en el que, por supuesto, debería tenerse en cuenta todo lo ocurrido en los últimos años.  En un certero artículo Tomás de la Quadra Salcedo (El País, 31.5.2021) explica que de las tres motivaciones de un indulto (justicia, equidad, convivencia pública) en este caso la pertinente sería la última, pero que es necesario que el gobierno la explique muy bien. La conveniencia pública sería iniciar el paso del conflicto al problema. ¿Lo conseguirá? Es difícil saberlo, pero desde esa perspectiva parece un riesgo asumible.

Con este Panóptico empiezo una nueva sección, que se titulara Diario de Catalunya. Su finalidad es puramente instrumental: ayudar desde el Panóptico a que aumente nuestra inteligencia política, cuyo objetivo es resolver problemas. Incluir en el título una palabra castellana y una catalana sirve como declaración de intenciones.

Únete 7 Comments

  • Liliana Zanin dice:

    Buenas las premisas y óptimas las intenciones. Hay que esperar en la inteligencia política y la buena voluntad de las partes, mas resulta muy positivo que haya una persona como José Antonio Marina que asume este compromiso. Ojalá su voz se alce fuerte y sea escuchada por las partes como grupos y por los individuos en una asunción de responsabilidades.

  • Después de leer tu artículo, tan sugerente, creo que hay que poner esperanzas en iniciativas como la del Colectivo L’H Espai de Debat (L’Hospitalet, espacio de debate) que el próximo lunes 21 de junio a las 18:30 organiza el debate «Refer Catalunya: Cara a cara amb Joan Coscubiela i Joan Tardà» (Rehacer Catalunya. Cara a cara con Joan Coscubiela y Joan Tardá) via ZOOM