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PANÓPTICO

El panóptico
La evolución de la sexualidad portada Panóptico 48

El contenido de El deseo interminable, la historia de la felicidad que estoy escribiendo, se va aclarando. Pretendo mostrar que una pulsión permanente y vaga que denominamos “búsqueda de la felicidad” está presente en todos nuestros comportamientos personales y en todas las instituciones sociales y que constituye la corriente principal de la evolución de las culturas.

La misma búsqueda de la felicidad es un caso paradigmático de esta evolución. Comienza siendo el mero impulso de satisfacer las necesidades y los deseos, pero acabó suscitando una reflexión sobre lo que se estaba buscando. Por de pronto todas las religiones se preocupan del tema. También la filosofía. De esa meditación van surgiendo modos más refinados de concebir la felicidad. Al final del proceso, aparece un fenómeno que considero revelador de todo el mecanismo de la evolución de las culturas: la “búsqueda de la felicidad” que comenzó siendo un impulso ciego, que fue perfilándose mediante la reflexión, acabó convirtiéndose en un derecho básico de las democracias. ¿Qué ha sucedido? Eso es lo que quiero contar.

El método que he elegido para hacerlo es seguir la evolución de algunas de las pulsiones más universales del ser humano para ver como siguen procesos semejantes. Una de ellas, sin duda, es el deseo sexual. En este Panóptico voy a esbozar su historia, el contenido de un capítulo de El deseo interminable.

Comencemos por el principio. El sapiens, fruto de una evolución de una doble evolución – una que prima el beneficio propio (el gen egoísta de Dawkins) y otra que prima las conductas que benefician al grupo- se enfrenta a problemas que tiene que resolver en su búsqueda de la felicidad. La felicidad que consiste en conseguir los deseos individuales puede enfrentarse a la felicidad del grupo.  Las pulsiones heredadas (nutrición, sexo, jerarquía, curiosidad, agresividad, afiliación) son reformuladas por la aparición de dos grandes recursos intelectuales:

1

El pensamiento simbólico

supone crear representaciones y usarlas en vez de la realidad
2

Las funciones ejecutivas

Permiten controlar ese uso de las representaciones para dirigirlas a una meta. Una vez estabilizadas ambas funciones, la evolución biológica se continua con la evolución cultural

Heredamos algunas pulsiones de nuestros antepasados animales, por ejemplo, la sexual. Una “sexualidad de harén”, podríamos decir, que utiliza el poder para aumentar la cantidad de posibles encuentros sexuales. Laura Betzig, de la Universidad de Michigan, que ha estudiado la sexualidad a través de la historia, sostiene que dondequiera que ha habido recursos que acumular y tierra que dominar, el varón ha luchado encarnizadamente por la supremacía y, a continuación, ha dedicado sus esfuerzos a acaparar el máximo número de mujeres y disfrutar de ellas. El rey Hammurabi tenía varios centenares de esposas esclavas; los reyes aztecas e incas más de cuatro mil, el emperador de China Fei-Ti llego a tener diez mil, y el emperador Uduyama de la India tuvo más de dieciséis mil mujeres, que vivían en edificaciones protegida por eunucos. (Betzig, L.L., Despotism and Differential Reproduction. A Darwinian View of History, Aldine e Gruyter, Nueva York, 1986).

¿Por qué las culturas han evolucionado hacia relaciones de pareja menos promiscuas y desmesuradas?

Estas son sin duda exageraciones, pero ¿por qué las culturas han evolucionado hacia relaciones de pareja menos promiscuas y desmesuradas? Debemos rebobinar. Los sapiens -dotados ya de sus herramientas intelectuales- comenzaron a vivir en un mundo confuso, mezcla de percepciones y de significados inventados sobre ella, en el que era difícil separar lo real de lo irreal. Es la experiencia magmática original, en la que todo podía adquirir un significado simbólico que, antes o después, se convertiría en lo que llamamos ahora religioso. La sexualidad, también. Al aparecer las civilizaciones agrícolas, la fertilidad se asocia con la mujer. Aparecen las diosas femeninas. El sexo -acontecimiento biológico- se transforma en sexualidad al revestirse de simbolismo.

La utilización sexual de la pareja, sin más complicaciones afectivas, sigue vigente, pero simultáneamente la pulsión sexual ha sido sometida a múltiples regulaciones y cambios, orientados a resolver problemas con más o menos éxito. Todas las sociedades han regulado las conductas sexuales. Margaret Mead hizo el ridículo al defender que en Samoa había una total permisividad sexual. Es lógico que un impulso tan fuerte pueda provocar desórdenes que es lo que toda sociedad teme. En 1853, el reverendo Thomas Boyles Murray publicó Pitcairn: The Is­land, the Peo­ple, and the Pas­tor, donde contaba la historia de los quince marineros de la Bounty que llegaron a esa isla. Casi todos murieron en reyertas por el reparto de las mujeres. Describía a los amotinados como hombres que “alejados de los límites impuestos a los malvados demostraron el funcionamiento del depravado corazón del hombre”. Había que conseguir que el sexo no rompiera la cohesión del grupo. “Toda sociedad –escribe Brundage- intenta controlar la conducta sexual, ya que el sexo representa una rica fuente de conflictos que puede perturbar los procesos sociales ordenados. No resulta sorprendente que la regulación de la sexualidad haya sido un rasgo fundamental de virtualmente todo sistema jurídico que conozcamos” (James A. Brundage: La ley, el sexo y la sociedad cristiana en la Europa medieval, FCE, México 2000, p.21). “Parece que en el siglo XVIII a.C. los brahmanes estuvieron preocupados por las conductas sexuales inapropiadas, especialmente en Kerala, donde redactaron textos jurídicos en los que instruían al rey con todo detalle sobre cómo tratarlas” (Pirie, F. Ordenar el mundo, 2022)

En las relaciones sexuales se buscaba el placer. Pero los humanos comenzaron a reflexionar sobre la felicidad -un momento brillante de nuestra historia- y se preguntaron si la Felicidad era el placer. En general, les pareció una respuesta insatisfactoria, a mi juicio porque reforzaba sólo una de las herencias evolutivas: la centrada en el individuo.

Además, había aparecido una peculiaridad de la sexualidad humana que tuvo una colosal influencia evolutiva: las mujeres no muestran sus periodos ovulatorios y pueden mantener relaciones sexuales, aunque no estén en periodo fértil. (Morris, D. El tercer chimpancé) Muchos antropólogos sostienen que esa es una argucia de la naturaleza para estabilizar las parejas al poder tener relaciones sexuales en todo momento. El motivo de esta estrategia es el largo periodo de crianza que tienen los bebés humanos, que hace que en un entorno natural -por ejemplo, las bandas cazadoras recolectoras- las madres necesitaran ayuda. Confirma esta idea el hecho de que cuando las madres pueden criar a sus hijos solas -por ejemplo, con la ayuda de los sistemas de protección social- la presencia del padre se hace menos necesaria. Como estudié en Escuela de parejas, una relación de pareja se mantiene mientras es posible que sus componentes puedan seguir proporcionándose premios recíprocos, de cualquier tipo, a lo largo del tiempo. La evolución de la sexualidad amplió el repertorio de los premios.

Una de esas ampliaciones, que todavía sigue sorprendiéndome, es que el sexo, que es un comportamiento brusco y orgásmicamente egocéntrico, se sentimentalizó, se hizo más comunicativo e individualizado. Pasó de ser genérico -un macho con una hembra- a personalizarse. Un macho concreto y una hembra concreta. La brusca e impersonal relación sexual se había modulado con algo a lo que podríamos llamar amor. Creo que tiene razón Eib-Eibesfeldt al señalar que la primera relación amorosa fue la maternal, con lo que tiene de individualización y conductas de cuidado. Ese sentimiento se transfirió a la relación sexual dando origen a lo que para simplificar llamaré “amor romántico”. “Para los humanos el hallazgo decisivo y que nos llevaría más allá fue el desarrollo adicional del nexo entre madre e hijo, punto de partida del grupo individualizado. Solo con él llegó por primera vez al mundo el amor, definido como vínculo personal” (198). Cindy Hazan y Phil Shaver han estudiado esta transferencia del apego infantil al amor romántico (Hazan, C., Shaver, P. “Romantic love conceptualized as an attachment process, Journal of Personality and Social Psychology, 52, 1987, 511-524). “Si lo piensan -escribe Haidt- las similitudes entre las relaciones románticas y las relaciones maternales son obvias. Los amantes en sus comienzos pasan horas interminables sumidos en miradas mutuas cara cara, apoyándose el uno en el otro, estrechándose y acurrucándose, besándose, hablando como bebés y disfrutando de la misma liberación de la hormona oxitocina que une a las madres y los bebes en una suerte de adicción” (Haidt, J. La hipótesis de la felicidad2006, p.149). En el enamoramiento, el deseo sexual se modula con sentimientos más suaves. “Las canciones de amor de los “salvajes” son a menudo de una gran ternura” (EIbl-Eibesfeldt, Biología del comportamiento humano,273). Los clichés verbales del cortejo son categorías universales. Así, en las canciones de amor de los medipa (Nueva Guinea) el hombre da a la parte femenina de la pareja el calificativo de “pajarillo”, un diminutivo cariñoso, también usado en la actualidad.

Aunque algunos autores señalan que el amor romántico es una creación de los trovadores franceses del siglo XII, los antropólogos indican que se ha dado en todas las culturas y en todos los tiempos. Jankowiak y Fischer estudiaron 166 sociedades y comprobaron su existencia en un 88% de ellas, y en el resto los informes etnográficos no eran concluyentes. (Jankowiak, W. y Fischer, E., “A cross cultural perspective on romantic love”, 1992).

Como resultado, la felicidad ya no se sitúa en el placer sexual, sino en el amor romántico. En Palabras de amor estudié las manifestaciones amorosas a través de cartas de amor escritas a lo largo de la historia: la felicidad y la eternidad son temas constantes. Colleen McDannell y Bernhard Lang, en su magnífica Historia del cielo, señalan que a partir del romanticismo el Cielo se convierte en el lugar en que por fin se encuentran los amantes. Esa es la gran dicha.

El amor romántico y la felicidad sufren una ampliación: la familia es su lugar adecuado

El próximo es la satisfacción del deseo (comer, dormir, aparearse, etc.). Pero el hecho de que satisfacción de un deseo no extinga los deseos, hace que sintamos que era un simple deseo provisional, no el definitivo.  Si habláramos en términos matemáticos, lo llamaríamos “límite” hacia el que tiende la función, lo que supone una aproximación indefinida. Como hablamos de psicología, lo denominamos “felicidad”. La “búsqueda de la felicidad” es la tendencia al límite de todos los deseos.

Aparece aquí una interesante secuencia afectiva: la doble selección -individual y grupal- ha dado origen a dos líneas de motivación – también individual y grupal- cuyo dinamismo apunta a dos tipos de felicidad -de nuevo, individual y grupal.  Este es el esquema de nuestra historia: las interacciones, confusiones, choques o colaboraciones de la búsqueda de dos tipos distintos de felicidad: 

1

La felicidad personal

2

La felicidad pública

Y la nunca perdida esperanza de conseguir unificar ambas.

Contar esta lucha, a veces enrarecida, siempre compleja, es el argumento de la “Ciencia de la evolución de las culturas”. Un argumento con muchos protagonistas.

Pero el problema que se quería resolver no era tanto la felicidad personal como la protección de la cría mediante el establecimiento de vínculos duraderos. “La naturaleza -escribe Eib-Eibesfeldt- ha empleado con el ser humano casi todas las posibilidades de crear y reforzar los vínculos sociales” (Eib.Eibesfedt, I. Amor y odio, p. 156). Y las culturas, también. Por eso, el amor romántico y la felicidad sufren una ampliación: la familia es su lugar adecuado. Hay que tener en cuenta que la relación del amor con el matrimonio ha sido azarosa. Marilyn Yalom piensa que “el amor empezó a tener prioridad en los arreglos matrimoniales (en Europa) durante el siglo XVI, en especial en Inglaterra; que llegó a América con los puritanos en el XVII y que empezó a dominar lentamente la escena a finales del XVIII, en las clases medias. En las familias aristocráticas y de clase alta, las consideraciones de riqueza, linaje y posición continuaron influyendo en la elección de esposa o marido hasta bien entrado el siglo XX” (Yalom, M., Historia de la esposa, Penguin, 2001, p. 18). De nuevo hay un cambio en el modo de imaginar el Cielo, y ahora son las familias las que se reúnen en él.

Mientras tanto alrededor de este complejo mundo ha ido apareciendo un nuevo problema que había que solucionar. Durante milenios, la mujer no podía decidir con quién podía casarse. Los matrimonios eran decididos por los padres, y siguen siéndolo en muchas culturas en que siguen siendo admitidos los matrimonios forzador. Las mujeres reclamaron con toda razón su derecho a decidir con quién casarse, precisamente porque en el matrimonio y en la familia pensaban encontrar la felicidad. Al final hemos llegado al reconocimiento de derechos, también en el ámbito de la sexualidad, como había anticipado al principio. Pero tratar este tema excede las posibilidades de este artículo.