Si somos tan inteligentes,
¿por qué caemos en tantas estupideces y atrocidades?
¿Por qué nos dejamos manipular por falsas creencias, teorías conspirativas y prejuicios?
Si somos tan inteligentes,
¿por qué caemos en tantas estupideces y atrocidades?
¿Por qué nos dejamos manipular por falsas creencias, teorías conspirativas y prejuicios?
Debemos estar alerta de un peligro invisible pero real: los virus mentales, ideas que infectan y corrompen nuestra inteligencia, distorsionan nuestra memoria, sesgan nuestro juicio y nos vuelven vulnerables a la manipulación política, económica e ideológica. Las falsas ideas, la publicidad, la propaganda política, las ideologías, todas son fábricas de virus mentales, con las que se pretende influirnos, debilitar nuestras defensas.
Esta vulnerabilidad me hizo pensar hace tiempo que necesitábamos una vacuna que nos protegiera de agentes patógenos externos, una auténtica vacuna contra la insensatez, diseñada para fortalecer el pensamiento crítico, desactivar tópicos que aceptamos como dogmas y entender cómo nuestro cerebro, una obra inacabada de la evolución, nos lleva a cometer errores sistemáticos. Por eso me he dedicado los últimos años a preparar una vacuna mental que nos defienda. Y me gustaría animarles a que se vacunaran.
Todos los grandes pensadores de la historia han intentado resolver un problema. ¿Por qué si somos tan inteligentes cometemos tantas estupideces? Ser el único animal que tropieza siete veces en la misma piedra no es un timbre de gloria.
¿Por qué tardamos tanto en resolver ciertos problemas? ¿Por qué continuamos siendo crédulos ante las ideologías, apelando a guerras para resolver conflictos, obedeciendo babosamente al poder, enardeciéndonos con emociones tribales? ¿Qué nos pasa?
Los pensadores han dado soluciones diferentes. Platón pensó que el alma era infalible cuando estaba en el cielo de las ideas, pero que al encarnarse perdió su saber. Los hindúes también pensaban que era la materia la que entorpecía la conciencia. Había que liberarse de ella, desmaterializarse. La teología cristiana atribuyó al pecado de nuestros primeros padres la pérdida de una sedicente sabiduría original.
La ciencia nos ha dado una respuesta más verosímil. Nuestro cerebro -sede de nuestra inteligencia- no fue diseñado de una vez por todas. Es el efecto de una larga evolución, que fue resolviendo problemas desordenadamente, según aparecían. El resultado final es admirable, pero tiene fallos de diseño, “chapuzas evolutivas”, que nos hacen caer en errores previsibles y universales. El placer sirve para orientar nuestras conductas de un modo poderoso. Si hubiera estado bien diseñado podríamos confiar en sus impulsos, pero no es así.
La búsqueda indiscriminada del placer puede conducir a la destrucción. Las emociones son necesarias para actuar, pero no son fiables. Tenemos grandes dificultades para seguir las normas abstractas de la lógica formal. Por eso a tanta gente le resultan insoportables las matemáticas. Nuestra razón puede ver claro lo que debemos hacer y, sin embargo, no tiene fuerza para obligarnos a hacerlo. Ya lo dijo Ovidio: «Video meliora, proboque; deteriora sequor» (Veo lo mejor, y lo apruebo, pero sigo lo peor”).
Estos fallos de diseño permiten que se introduzcan en nuestros mecanismos mentales agentes patógenos que pueden alterarlos. Es fácil reconocerlos: falsas informaciones, bulos, modas, creencias destructivas, sistemas de valores, costumbres. Como ocurre con los virus físicos, algunos atacan el sistema inmunológico, en este caso el mental, y dejan a la persona inerme, a merced de cualquier influencia nociva. Debemos recordar que estamos rodeados de personas que quieren influir en nuestros pensamientos y sentimientos para que votemos, compremos, aceptemos, obedezcamos, nos enamoremos. Es inútil que apelemos al pensamiento crítico, porque estos virus lo han eliminado.
Esta situación ha hecho que en los últimos años el estudio de la inteligencia humana haya cambiado. Ahora tenemos muchos estudios sobre esos fallos evolutivos, sobre los sesgos cognitivos, sobre las trampas en las que caemos una y otra vez.
Este conocimiento nos ha hecho más conscientes de nuestra vulnerabilidad, lo que nos permite protegerla. La inteligencia ha desarrollado un sistema inmunitario mental que se basa en una operación fácil de mencionar y difícil de practicar: identificar los errores y corregirlos.
De estudiar nuestra vulnerabilidad, nuestros enemigos, y nuestras fortalezas se encarga una nueva ciencia – la INMUNOLOGÍA MENTAL- que se organiza en cuatro capítulos:
Tengo la convicción de que aprovechar estos conocimientos nos permitiría evitar la caída en la insensatez, que ha sido siempre la gran amenaza del género humano.