Biografía

Nací en Toledo, que es como nacer simultáneamente en una ciudad y en una leyenda, y tal vez por ello creo que la inteligencia es una admirable y tenaz creadora de ficciones con las que poder hacerse cargo de la realidad. Cuando era adolescente me apasionaba el baile y a eso quería dedicarme. Al final comprendí que lo que me entusiasmaba era la capacidad que tiene el bailarín para transfigurar el esfuerzo en gracia. Y que esa experiencia puede sentirse en muchos campos. También en el del conocimiento. Desconfío, tal vez injustamente, de los creadores que dicen sufrir mucho cuando están creando. La gracia exige que no se note el esfuerzo. Lo he intentado tenazmente en todos mis libros. He procurado trabajarlos como si fuera a escribir una tesis doctoral, para después decidir no hacerla y explicarlo todo de la manera más sencilla, al alcance de casi todo el mundo, mezclando la técnica de las novelas policíacas, del humor y de la poesía. Con eso, por supuesto, renunciaba al prestigio académico, enrocado en parte en la inaccesibilidad. Llamé “ultramodernidad” a ese cóctel de rigor e ingenio, de abstracción y ejemplo, de creatividad y disciplina, de ecuaciones y metáforas.

Mi siguiente vocación fue la de detective privado, especializado en casos de relevancia política, social o ética. Incluso creé mi propia agencia de detectives, y escribí sus Memorias. Una de mis convicciones básicas es que la inteligencia tiene como función principal dirigir bien el comportamiento, lo que me hace pensar que la inteligencia práctica es más importante que la inteligencia teórica. La acción es el momento definitivo, cuando el pensamiento se convierte en realidad. De ahí surge mi afán de emprender cosas, para lo que no estoy especialmente dotado. De joven soñaba con crear una empresa que fuera una mezcla de National Geographic, Amnistía Internacional, y Walt Disney Productions. Ahora veo con una simpatía melancólica aquellos excesos.

Pero, volviendo a la acción, no tengo ninguna duda: los problemas prácticos me parecen más complejos que los teóricos. Estos se resuelven cuando se conoce la solución, en cambio los prácticos solo se resuelven cuando se ponen en práctica, que suele ser lo difícil. Por ello me pareció imprescindible elaborar una teoría de la inteligencia que comenzara en la neurología y terminara en la ética. En eso estoy. Aunque resulte abrumador desde el punto de vista subjetivo, y petulante visto desde fuera, ninguna afirmación tiene sentido si no se inserta en un sistema. Lo he aprendido de la ciencia. No se puede hacer una teoría del vuelo que sirva solo para los estorninos, pero no para las gaviotas, las águilas o los aviones a reacción. El picoteo aforístico puede ser fascinante, pero está más cercano del eslogan publicitario que del verdadero conocimiento, que debe incluir además de la brillantez la prueba explícita. He tenido, pues, una vocación de sistema, concepto proscrito en la filosofía actual. ¡Qué se le va a hacer! ¡No se puede contentar a todos! Pero, en los últimos años he experimentado una conversión. Después de viajar por la filosofía, la neurología, la lingüística, y la psicología, he llegado al convencimiento de que para comprender los asuntos humanos es preciso conocer su historia, que, al fin y al cabo, es la experiencia práctica de la humanidad. Nuestro fundamental banco de datos. Soy, pues, un recién convertido a ella. Miento. Me he convertido a un modo de aprovechar la experiencia histórica, a la historia vista desde el Panóptico. A lo que, en términos más académicos, denominaría “Ciencia de la evolución de las culturas”. Creo que puede permitirnos comprender el presente y ayudarnos a tomar decisiones acertadas para el futuro. Creo, también, que deberíamos introducirla como asignatura troncal en todos los niveles de la educación. Creo, por último, que nos libra de la superficialidad de las redes, de la petulancia del presente, y de la ebriedad de las propias evidencias. Esta es mi última frontera.