Termino aquí una serie que se ha hecho demasiado larga. Era inevitable porque los argumentos sobre temas complejos no pueden ser cortos, aunque, como mis lectores saben, creo que la Filosofía debe someterse a una dieta de adelgazamiento.
Ya he contestado a las dos preguntas que hice al comienzo de esta serie, pero las volveré a contestar. Me parece inteligente seguir pensando en Dios, porque ese nombre nos dirige hacia un problema real: el origen de la existencia. ¿Para qué empeñarse en una tarea que parece condenada al fracaso?, piensa la inteligencia perezosa. Porque enfrentarse con problemas es el carácter distintivo de la inteligencia humana. Además, a otro nivel, la idea de Dios nos permite comprender la evolución cultural, porque supuso una grúa mental que permitió al hombre pensar más allá de lo fáctico. Es lo que llamamos la “era axial”, la del gran cambio en la manera de entendernos.
Da la impresión de que la Filosofía no ha progresado en este tema. Sigue con las mismas controversias desde hace siglos. No estoy de acuerdo. El sentimiento de fracaso deriva del exceso de expectativas. De la existencia del Universo puede inferirse que algo, en algún momento y de alguna manera, existió por sí mismo. Ahora bien, ese hecho único, esa Singularidad, abre un espacio que para el filósofo constituye un inmenso signo de interrogación al que no puede contestar. Al menos por ahora. Los creyentes, en cambio, sí lo hacen, y a esa enorme interrogación le dan el nombre de Dios. Proyectan hacia esa colosal incógnita una idea de procedencia diversa. La mayor parte la han recibido de su cultura, pero hay un importante grupo de personas que van más allá y que plantean al filósofo un reto. Dejan el camino del razonamiento y afirman que llegan a Dios por una experiencia directa, en casi todos los casos a través de un camino de iniciación.
El caso más extremo es el hinduismo. Para sus fieles, el Absoluto (Brahman) está presente en el alma individual (Atman), una unión que cada persona puede reconocer si se libera de los engaños de lo que llamamos realidad. Afirman que no alcanzan esa experiencia mediante la razón, sino mediante la práctica. Eso deja sin respuesta a quien no ha hecho ese esfuerzo de ascesis.
Pero más que esa impresión alcanzada tras un difícil camino, me interesa el fenómeno de las conversiones, que, por cierto, también le interesó a Jean-Paul Sartre. Durante mucho tiempo coleccioné relatos autobiográficos que ahora recupero. No voy a referirme a casos clásicos y antiguos, como el de san Agustín, Mahoma o Pascal, sino a testimonios más recientes. Uno de ellos lo protagoniza un famoso catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, Manuel García Morente, que contó el “hecho extraordinario” que le hizo salir de su agnosticismo e irreligiosidad. Se encontraba en París, en la noche del 29 al 30 de abril de 1937, después de haber estado escuchando un concierto de Berlioz que le emocionó muchísimo.
”Al apagar el aparato, me dispuse a acostarme. Pero en el instante de moverme para dirigirme a la cama, sentí un cambio radical en mi espíritu. Hasta ese momento, el curso de mis pensamientos había sido lógico, discursivo, fundado en conceptos, razones y motivos... Pues bien; en el instante de apagar la radio, cesó todo eso. Mi mente se quedó en blanco; pero no vacía, sino llena de un presentimiento vago, pero imponente, de que algo extraordinario iba a suceder.
Volví la cara hacia la derecha y vi a Alguien. No, no vi a nadie; no tengo la menor sensación visual; no puedo decir cómo era... Pero estaba allí. (...) Allí estaba Él. Yo no lo veía, pero lo sentía con una evidencia absoluta, superior a la de la propia existencia. No cabía la menor duda. Era Cristo. Cristo estaba allí, en mi habitación, a un par de pasos de mí. Sentí un pavor inmenso, un terror sagrado que me paralizó por completo. No podía moverme, apenas podía respirar. Pero al mismo tiempo, aquel terror no era doloroso; era una mezcla de espanto y de una dulzura inefable, de una atracción irresistible.
Caí de rodillas en el suelo... e intenté rezar. Y entonces me di cuenta, con una mezcla de horror y de vergüenza, de que había olvidado el Padre Nuestro.
Manuel García Morentefilósofo, profesor universitario, y traductor español (1886-1942)
En el largo escrito que dedica a explicar su experiencia, García Morente se empeña en dar posibles explicaciones naturales de aquel “hecho extraordinario”, como él mismo lo llama, que cambió su vida, impulsándole hacia el sacerdocio. Un psiquiatra lo interpretaría como alucinaciones producidas por un brote psicótico.
Como estudioso de la fenomenología de Husserl, me interesó mucho la conversión, también instantánea, de su discípula predilecta, Edith Stein, declarada santa por la Iglesia católica. Fue el resultado de la lectura casual, para sobrellevar una velada ociosa, de la Vida de Teresa de Jesús. Otro caso es el de la conversión de dos personas a las que admiro mucho por su calidad intelectual: Raïssa y Jacques Maritain. Al estudiar de cerca a los protagonistas y el modo como esa experiencia alteró su proyecto vital radicalmente, resulta insatisfactorio interpretarlo como un mero fenómeno psicológico, pero ¿de qué otra manera se puede interpretar? ¿Qué podemos pensar de esas experiencias?
Algo semejante sucede con las experiencias místicas, que ya he mencionado. Es muy clarificador el caso de Teresa de Jesús porque estuvo preocupada por la veracidad de sus experiencias. Sus confesores eran cautelosos y desconfiaban de ellas porque tal vez eran maniobras del demonio. Cuando fue superiora y tuvo que dirigir a sus novicias, utilizó un criterio sencillo y claro: solo las experiencias que producían una perceptible mejora en el comportamiento, en la piedad y en la caridad podían considerarse experiencias espirituales. En Las moradas (morada 6, 8, 3), al comentar una de esas experiencias, añade que no puede ser un antojo porque “viene con grandes ganancias y efectos interiores, que no los podría haber si fuese melancolía, ni tampoco el demonio haría tanto bien”. Sin embargo, como dijo Bertrand Russell al P. Copleston en su famoso debate sobre la existencia de Dios, “el hecho de que una creencia tenga un efecto moral sobre el hombre no constituye evidencia alguna en favor de su verdad”.
¿Cómo manejar intelectualmente esas experiencias? A pesar de la incomodidad que me producen, me resisto a la petulancia de negarlas y a la ingenuidad de aceptarlas. Pero por la influencia social que tienen las creencias religiosas, pienso que debemos precisar su condición. Para ello, en Por qué soy cristiano expuse la teoría de la doble verdad, que les resumiré.
”Me resisto a la petulancia de negar las experiencias religiosas y a la ingenuidad de aceptarlas.
De las ideas que pienso puedo decir que son verdaderas o falsas. ¿Eso qué significa? Que las he sometido a un proceso de verificación. Llamamos “verdad” a una afirmación suficientemente verificada. Lo que intenta conseguir la inteligencia es pensar las cosas como son en realidad, pero solo podemos acercarnos a esa verdad mediante comprobaciones repetidas y variadas, como hace el método científico. Una de las fuentes de comprobación es la experiencia. Es verdad que está lloviendo porque salgo a la calle y compruebo que está lloviendo. Pero esos son casos muy elementales. ¿Cómo sé que existe el bosón de Higgs? ¿Cómo sé que una persona me quiere? ¿Cómo sé si hay Dios? Todas nuestras certezas nos parecen evidentes, pero eso no quiere decir que sean verdaderas. Adquieren el estatus de verdades objetivas aquellas que pueden confirmarse universalmente. Las evidencias que no pueden someterse a esa verificación quedan reducidas al estado de “verdades privadas”. ¿Son falsas? No lo sé. Imaginemos que una persona cree que el número de estrellas es par y otra que es impar. Una de esas creencias es verdadera, pero no sé cuál. Por lo tanto, esa certeza es un acontecimiento privado.
Si una persona me dice que siente muy viva la presencia de Dios, o que ve con toda certeza la divinidad de Cristo, no puedo sin más acusarla de falsedad. Solo puedo decirle que, por la cuenta que le tiene, procure asegurarse de la verdad de su certeza; que manifieste sus creencias si quiere, pero que no intente imponerlas a los demás. En las relaciones interpersonales solo deben jugar las creencias fundadas en evidencias universales. Por eso, cualquier adoctrinamiento forzado es éticamente rechazable.
Uno de los motivos que llevan a creer en Dios —como Persona omnipotente y buena— es que esa creencia da sentido a la vida. Es el centro de la argumentación de un famoso teólogo, Wolfhart Pannenberg. No puedo rechazar su fuerza privada, aunque sí su validez universal. Si la religión da sentido a la vida de una persona, no soy quién para acusarla de insensatez o falsedad. Si lo siente, lo siente. Creo que la Filosofía, que tantas veces es prepotente, debe ser en esto humilde y respetar, pero poniendo límites. El principal, tajantemente rechazado por las religiones, es que en el espacio público las verdades privadas pueden expresarse, pero no imponerse, y que los dogmas religiosos deben someterse a una evaluación ética. La religión católica aceptó en parte esta sumisión en el Concilio Vaticano II, pero con grandes reticencias. El papel de la Filosofía es defender con claridad ese principio. Intentarlo es una de las razones de ser de esta serie.
Para saber más
- «Dios a la vista»: la primera parte de esta reflexión, sobre la existencia de Dios como Singularidad.
- «Dios a la vista II»: ciencia y religión, tres caminos hacia Dios.
- «Dios a la vista III»: los nuevos ateos y la experiencia mística.
- Por qué soy cristiano: el libro en el que expuse la teoría de la doble verdad.
- Manuel García Morente (Wikipedia): el filósofo y su «hecho extraordinario».
- Edith Stein (Wikipedia): la discípula de Husserl y su conversión.
- Wolfhart Pannenberg (Wikipedia): el teólogo del sentido.
- Religious Experience (Stanford Encyclopedia of Philosophy, en inglés): ¿puede la experiencia religiosa ser fuente de conocimiento?






