Lo hacemos a través de las increíblemente pequeñas ventanas de información que nos proporcionan los sentidos. La luz visible que percibimos es una porción ínfima del espectro electromagnético. Si comparáramos este con el diámetro de la Tierra, la franja de luz visible tendría el grosor de un cabello. Para partir de una información tan mínima, lo hemos hecho muy bien y hemos descubierto muchas de las leyes que rigen la opacidad de la realidad. Para ello hemos inventado redes de conceptos con las que aprehender, comprender, la realidad. Por supuesto, no lo hemos conseguido del todo. La realidad es más compleja de lo que pensábamos y cada vez tenemos que inventar redes más amplias y más tupidas para explicarla.

Pero la necesidad de seguir haciéndonos preguntas nos plantea una que no sabemos contestar. Progresamos en el conocimiento de lo que hay, y del pasado de lo que hay, pero llegamos a un límite en el que ese conocimiento no nos permite progresar. ¿El interminable universo emergió a la existencia por sí mismo? ¿O no emergió a la existencia porque existió siempre? En ambos casos tenemos que admitir un fenómeno incomprensible: la autoproducción de algo, sin antecedentes, sin dependencia, instaurándose en la existencia. Una Singularidad absoluta, para la que no sirven las leyes que hemos descubierto sobre la realidad.

”Una Singularidad absoluta, para la que no sirven las leyes que hemos descubierto sobre la realidad

¿Es el universo entero el que se hizo a sí mismo, separándose de la nada como el sí del no? ¿Es un Sí eterno, del que a su vez se derivó nuestro universo temporal? Iluminados con nuestra linterna conceptual, tenemos que tomar posición ante ese enigma. La ciencia piensa que ese no es su dominio. Las religiones fueron más allá y dieron a esa oscuridad —a esa unión de los contrarios, como dijo Giordano Bruno— el nombre de Absoluto, Dios o Existir. La Filosofía, superciencia de frontera, ni negó ni dio por respondida la pregunta, e intenta avanzar en la oscuridad. ¿Hasta dónde llega? En ese punto estamos. He recuperado de mi archivo las notas de lectura de tres libros sobre religión:

Dieu, la science, les preuves (Michel-Yves Bolloré y Olivier Bonnassies)

El primero, escrito por Michel-Yves Bolloré y Olivier Bonnassies, se titula Dieu, la science, les preuves (en español, Dios, la ciencia, las pruebas), y me animó a leerlo el éxito que tuvo en Francia. Defiende tajantemente que hay un Dios Creador. El libro tiene dos partes. La primera, dedicada a las «pruebas científicas» de la existencia de Dios, y la segunda, a las «pruebas no científicas» (¿?).

Las científicas plantean problemas que la ciencia no sabe solucionar y que, según los autores, solo pueden resolverse admitiendo un Dios creador. Son los siguientes:

  1. El hecho de que el universo ha tenido un comienzo (Big Bang) y tendrá un fin (la muerte térmica).
  2. El principio antrópico: las condiciones necesarias para que el ser humano apareciera son tan exigentes y archiprecisas que no se pueden explicar sin un diseño inteligente.
  3. Explicar la aparición de la vida y de las complejidades del organismo solo por el azar va en contra del cálculo de probabilidades. No ha habido tiempo, a pesar de los casi 14.000 millones de años del universo, para ensayar tantas combinaciones.

Los autores se precipitan al intentar resolver esos problemas apelando a Dios. Un famoso teólogo alemán, Dietrich Bonhoeffer, criticaba esta postura diciendo que utiliza a Dios para tapar agujeros. Mi argumentación también reconoce que hay territorios a los que la ciencia no llega, pero los autores intentan un rápido concordismo entre ciencia y religión, que no parece viable. No es que la ciencia haya acabado incluyendo el concepto de Dios al final de una teoría, sino que personas religiosas creen que la ciencia debería dar ese paso e intentan convencer a los científicos de que tienen que hacerlo si quieren ser coherentes. Los científicos se resisten a dar ese paso. Acabo de leer una entrevista con Mark Harris, físico, profesor de Ciencia y Religión en la Universidad de Oxford y sacerdote anglicano. Al preguntarle sobre la existencia de milagros, dice que no conocemos tanto las leyes del universo como para poder decir que algún fenómeno las contradice por completo.

Ciencia y religión son creaciones distintas de la inteligencia humana. Solo entran en conflicto cuando la religión hace afirmaciones que afectan al campo científico (la creación en seis días), o la ciencia entra en el campo religioso, por ejemplo, negando la existencia de Dios. El 25 de agosto de 1981, el Consejo de la Academia Nacional de Ciencias de EE. UU. publicó una resolución muy sensata: «La religión y la ciencia son ámbitos separados y excluyentes del pensamiento humano, y su presentación conjunta en el mismo contexto da lugar a que se comprendan equivocadamente tanto las teorías científicas como las creencias religiosas».

”Ciencia y religión son creaciones distintas de la inteligencia humana

La segunda parte del libro que comento —las «pruebas no científicas»— es un amontonamiento de argumentos de todo tipo que ya no se refieren a Dios, sino al Dios cristiano:

  1. Las «verdades» expuestas en la Biblia, que han tenido que ser reveladas.
  2. La extraordinaria historia del pueblo judío, que solo puede explicarse si es el pueblo elegido.
  3. Los milagros (por ejemplo, uno de Fátima, que estudian con detalle).
  4. La figura de Jesús y el inexplicable éxito del cristianismo.

Añaden, de pasada, la referencia a las demostraciones filosóficas que consideran válidas, pero que por su dificultad interesan menos a los autores, que quieren hacer una tarea divulgadora. En realidad, los verdaderos creyentes nunca han creído necesarias esas pruebas. Ya Tomás de Aquino, al comienzo de la Summa contra gentiles (libro I, cap. 11), advertía a quienes creen que no es necesario demostrar la existencia de Dios que su certeza se debe a que nos parece evidente lo que se nos ha enseñado desde niños. Esta segunda parte del libro es superficial y me ha interesado muy poco.

Sobre Dios. Pensar con Simone Weil (Byung-Chul Han)

El segundo libro que he recuperado está escrito por un filósofo de moda, Byung-Chul Han, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025. Su título: Sobre Dios. Pensar con Simone Weil. No es un libro de Filosofía, sino una crítica sociológica de lo que considera una ceguera espiritual de nuestro tiempo, centrada en los siguientes puntos:

  1. La crisis de la atención: vivimos en un estado de distracción permanente y hemos perdido la atención profunda que nos permite percibir lo sagrado.
  2. Para conectar con la transcendencia hay que despojarse del yo (descrearse, en el lenguaje de Simone Weil).
  3. Hemos llenado la vida de propósitos, pero hemos olvidado su sentido.
  4. Hay que afirmar el dolor como vía hacia lo real, desconfiando de la «sociedad paliativa».
  5. Frente al ruido de la hiperactividad y el consumo, hay que recuperar el silencio y la inactividad que permiten la plenitud del espíritu.

En este caso no estamos hablando realmente de Dios, sino de la transcendencia, de la superación de la facticidad, de la experiencia espiritual. No es una teoría, sino un camino. Cuando le preguntaban a Buda cómo podía saberse si lo que predicaba era verdadero, se negaba a dar explicaciones. Se limitaba a decir: sigue el camino y lo comprobarás. Algo así dice Byung-Chul Han.

Una historia de la filosofía (Jürgen Habermas)

El tercer libro está escrito por uno de los más grandes filósofos del pasado siglo, fallecido el pasado mes de marzo: Jürgen Habermas. Se titula Una historia de la filosofía y presenta una única dificultad: sus dos volúmenes suman unas 1.700 páginas. Habermas no era creyente, pero el objeto de este libro es explicar hasta qué punto la religión no ha sido un obstáculo para el pensamiento, sino que ha contribuido poderosamente a la racionalidad de nuestra especie.

Podríamos denominarle un «ateo defensor del papel filosófico de las religiones». Considera que las religiones son una «reserva de sentido», y que muchos conceptos modernos que hoy consideramos puramente seculares —como la dignidad humana, la libertad individual, la solidaridad o la igualdad moral— tuvieron su origen en las religiones. Olvidar esta influencia, señala, hace difícil comprender la historia de la Filosofía. Me recuerda el «giro teológico» de un compañero suyo de la Escuela de Fráncfort, Max Horkheimer, que defendió la religión como «el anhelo de lo totalmente Otro». Y también la postura del materialista Gustavo Bueno, que se reconocía «ateo católico» por la importancia que daba al pensamiento religioso.

Al comparar estos autores, he presentado tres enfoques diferentes del tema de Dios. Uno intenta llegar a él demostrando su existencia. Este es un camino poco transitado en la actualidad. Un excelente teólogo católico, Manuel Fraijó, reconoce que «la teología no afirmará nunca que pueda probar la existencia de Dios» (Dios, el mal y otros ensayos, p. 171). El señalado por Byung-Chul Han es una vía experiencial. Si estamos atentos a lo profundo, si vaciamos nuestro ego, el espíritu llenará ese vacío. Podríamos decir que es una religión de la presencia e incluir aquí el fenómeno de la fe, una certeza no justificable, que la teología cristiana reconoce como una gracia recibida y que, por lo tanto, se mueve fuera de los circuitos de la justificación racional que estoy analizando. Habermas vuelve a la Filosofía y reconoce el valor de la religión como apertura intelectual a la ética, un rechazo a clausurar demasiado precipitadamente el campo de lo finito, de lo fáctico.

Por razones diferentes, todos ellos consideran inteligente seguir ocupándose de Dios y de la religión. En el próximo post continuaré dando vueltas a este asunto.

Para saber más

  • «Dios a la vista»: la primera parte de esta reflexión, sobre la existencia de Dios como Singularidad.
  • Dictamen sobre Dios: el libro en el que traté por primera vez estas preguntas.
  • Religion and Science (Stanford Encyclopedia of Philosophy, en inglés): los distintos modelos de relación entre ciencia y religión, del conflicto a la independencia.
  • Dios de los vacíos (Wikipedia): la crítica a usar a Dios para tapar los agujeros de la ciencia.
  • Una historia de la filosofía (Trotta): la obra de Habermas sobre fe y saber en la filosofía occidental.

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