Hay muchos enfermos mentales, como los esquizofrénicos paranoides, cuyos razonamientos son formalmente correctos, pero se dan dentro de un contexto alucinatorio. El caso de John Nash, premio Nobel de Economía, es paradigmático.

Pero hay un significado que me parece más interesante. La razón es un modo de utilizar la inteligencia que busca evidencias universales, bien corroboradas, sometidas a contrastación y crítica; en una palabra, verificadas o justificadas. La verificación de las ciencias de la naturaleza es diferente de la verificación de las matemáticas. Estas últimas buscan la coherencia de los sistemas formales: se admiten unos axiomas indemostrables, se aplican unas reglas de transformación y se llega a la demostración de teoremas. La verificación en las ciencias de la naturaleza es más compleja e incompleta, pero desde hace siglos se han ido puliendo sus criterios.

¿Y qué pasa con la filosofía? ¿Ha progresado? ¿Ha resuelto alguna vez alguno de sus problemas o ha permanecido gustosamente empantanada en ellos? Creo que la filosofía ha progresado, pero que los filósofos han exhibido siempre un ego colosal. Con demasiada frecuencia se han «ideologizado», es decir, han pensado que su sistema resolvía todos los problemas y, desde ese momento, dejaron de aprender. Pero, aun así, la filosofía ha avanzado. ¿Eso quiere decir que tiene criterios de verificación justificables? Sí. Y voy a poner como ejemplo la parte más noble y trascendental de la filosofía, que es, a mi juicio, la ética.

Está muy extendida la idea de que sobre los valores morales es imposible llegar a un acuerdo. Esto se debe, en gran parte, a la genealogía religiosa de muchas normas morales y a que las religiones suelen ser refractarias a cualquier tipo de comprensión mutua. Baste pensar que las tres grandes confesiones cristianas —catolicismo, protestantismo y ortodoxia griega—, a pesar de tener un referente común, Jesús de Nazaret, han sido incapaces de llegar a un acuerdo.

”La ciencia es constatadora; la ética, constructiva.

Es cierto que la racionalidad de la ética —es decir, la justificación de la universalidad de sus evidencias— es diferente a la de las ciencias. Estas tienen como objetivo conocer lo que es. A la ética, en cambio, le interesa conocer lo que sería bueno que hubiera. Son dos ámbitos diferentes. La ciencia es constatadora; la ética, constructiva. Una tiene como objetivo el conocimiento; la otra, la felicidad. La introducción de la felicidad parece un recurso tramposo. Buscar en la felicidad un lugar de encuentro, de acuerdo y de universalidad resulta utópico. Lo es si consideramos solo la «felicidad privada», que es una experiencia subjetiva, agradable e intensa. Pero no lo es si pensamos en la «pública felicidad», que es una situación objetiva en la que querríamos vivir porque favorece y protege nuestra felicidad privada.

Es cierto que la racionalidad de la ética —es decir, la justificación de la universalidad de sus evidencias— es diferente a la de las ciencias. Estas tienen como objetivo conocer lo que es. A la ética, en cambio, le interesa conocer lo que sería bueno que hubiera. Son dos ámbitos diferentes. La ciencia es constatadora; la ética, constructiva. Una tiene como objetivo el conocimiento; la otra, la felicidad. La introducción de la felicidad parece un recurso tramposo. Buscar en la felicidad un lugar de encuentro, de acuerdo y de universalidad resulta utópico. Lo es si consideramos solo la «felicidad privada», que es una experiencia subjetiva, agradable e intensa. Pero no lo es si pensamos en la «pública felicidad», que es una situación objetiva en la que querríamos vivir porque favorece y protege nuestra felicidad privada.

Es fácil coincidir en el entorno en el que querríamos vivir. Hagamos la prueba: ¿qué prefiere usted, vivir en una sociedad en la que se reconozcan sus derechos o en una sociedad donde impere la fuerza? ¿Qué preferiría, ser juzgado por un juez racional o por uno irracional? ¿Por un juez justo o por uno arbitrario? ¿No encontrar ayuda cuando la necesita o vivir en una sociedad solidaria? ¿Ser parte de una cultura que valora su vida o de una cultura que lo desprecia por su color, salud, religión o sexo? ¿Vivir libre de miedo o sometido a una amenaza continua?

”Lo que entenebrece el mundo es que hay mucha gente que quiere vivir en la selva y que pretende arrastrar a los demás a tan inclemente hábitat.

El modelo de «felicidad pública», es decir, de la sociedad en la que queremos vivir, exige unos comportamientos adecuados para alcanzarla. Es de ese fin de donde proceden los «deberes», que no son más que las condiciones imprescindibles para realizar ese proyecto de vida en común. La decisión ética básica es si queremos vivir en esa situación objetivamente justa o si preferimos vivir en la selva. Una vez elegido el fin, pueden descubrirse los medios para alcanzarlo. Lo que entenebrece el mundo es que hay mucha gente que quiere vivir en la selva y que pretende arrastrar a los demás a tan inclemente hábitat. El uso racional de la inteligencia debería protegernos de esa insensatez.

Como tengo mucho interés en ser comprendido, dígame si hay algún aspecto del argumento que le resulte oscuro.

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