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27.4.2022.- Pero ¿de verdad hay que estudiar humanidades en la enseñanza obligatoria?

La Facultad de Humanidades de la Universidad de Albacete ha tenido la amabilidad de concederme un premio por mi reivindicación de las Humanidades. Sin embargo, soy muy crítico con los humanistas. Creo que el desplazamiento de sus disciplinas en los sistemas educativos de todo el mundo no se debe solo a la potencia de las STEM (science, technology, engineering, mathematics), sino también a la pobre defensa que los humanistas han hecho de su trabajo. No sé si ha sido porque piensan que el buen paño en el arca se vende, por pereza o porque en el fondo no ven la utilidad de lo que estudian.  Se ha llegado incluso a hacer un canto a la inutilidad de esos saberes, lo que es un modo eficaz de suicidarse educativamente.

Puesto que el tiempo educativo es limitado, debemos justificar muy bien cada uno de los elementos que incluyamos en la educación, sobre todo en la obligatoria. Por eso defiendo lo que denomino “programa base cero”, copiado del “presupuesto base cero” de la Hacendística. No me digas si hay que estudiar más historia, o literatura, o arte, matemáticas.  Empieza por justificarme que hay que estudiarlos en absoluto.

El problema empieza por la definición de Humanidades. Reviso un valioso libro editado por Oxford University Press: A New History of the Humanities, de Rens Bod. Incluye en las “humanidades” las siguientes disciplinas: historia, filología, lingüística, lógica, musicología, historia del arte, estudios literarios y teatrales, y estudio de los nuevos medios de expresión cultural.  Reconoce que los argumento a favor de las humanidades enfatizan su importancia para el pensamiento crítico, la conciencia cultural, la responsabilidad histórica y para la formación de ciudadanos competentes y democráticos. Sin embargo, no veo nada claro que las disciplinas mencionadas cumplan sin más esa función. Pensando en la afición a la música culta de los jerarcas nazis, el gran humanista George Steiner consideraba uno de los escándalos de la cultura el hecho de que la sensibilidad artística no hiciera mejores a las personas.

Nussbaum basa su defensa de las humanidades en la idea de que su ausencia hace imposible el progreso de la democracia en nuestro complicado mundo.

Martha Nussbaum ha advertido en tono dramático que estamos “en medio de una crisis de proporciones masivas y de grave significado global” (Nussbaum, M, Not for Profit, Princeton University Press, 2010). Su peligrosidad se debe a que como el cáncer se expande de manera silenciosa, sin que seamos conscientes de sus metástasis. ¿Cuál es esa crisis? Que las humanidades y las artes están siendo expulsadas de la educación primaria y secundaria en casi todas las naciones del mundo. Nussbaum basa su defensa de las humanidades en la idea de que su ausencia hace imposible el progreso de la democracia en nuestro complicado mundo. Piensa que solo ellas pueden desarrollar tres capacidades necesarias.

1

Una educación cosmopolita, que permita comprender que necesidades comunes son satisfechas de manera diferente en circunstancias distintas.

2

La capacidad para el examen crítico de uno mismo y de sus propias tradiciones, lo que Sócrates llamaba “una vida reflexionada”.

3

La “imaginación narrativa”, que nos permita profundizar en la comprensión de los seres humanos, y que la gran literatura puede proporcionar.

Huelga decir que Nussbaum está defendiendo un concepto ético del buen ciudadano.

Necesitamos un humanismo diferente, que aproveche las humanidades actuales como herramienta, no como finalidad

Estoy de acuerdo con que esos objetivos son fundamentales para la educación, lo que niego es que las humanidades y las artes, tal como están en este momento organizadas, sirvan a esos objetivos. Necesitamos un humanismo diferente, que aproveche las humanidades actuales como herramienta, no como finalidad. Sucede con ellas lo mismo que con la lectura. Elogiamos fervorosamente la lectura, sin explicar qué esperamos alcanzar mediante ella. No es un fin en sí misma. Es sintomático que la obra cumbre de nuestra literatura, el Quijote, fuera una crítica de la lectura poco sensata.

Necesitamos un “humanismo de tercera generación”. Hasta ahora ha habido dos grandes oleadas. La primera se definió por oposición a la teología. Las “letras humanas” se separaron de las “letras divinas”. El humanismo tomó la noción de “cultivo del espíritu” acuñada por Cicerón, e incluía letras y ciencias, filosofía y matemáticas, arte y técnica. Todo lo que no dependiera de la revelación. Si leen la Enciclopédie, símbolo de la Europa ilustrada, verán esta mezcla. Junto a artículos sobre las religiones o la inmortalidad del alma aparecen otros dedicados a los tornillos y a los telares. La segunda generación escindió este humanismo básico, e introdujo la división entre “ciencias” y “letras”, entre las “ciencias de la naturaleza” y las “ciencias del espíritu o ciencias humanas”.  Como Snow señaló con frase certera, han acabado por ser “dos culturas” separadas.  “Se trata -escribió- de dos grupos polarmente antitéticos: los intelectuales literarios en un polo, y en el otro los científicos. Entre ambos polos, un abismo de incomprensión mutua. Los científicos creen que los intelectuales literarios carecen por completo de visión anticipadora, que viven singularmente desentendidos de sus hermanos los hombres, que son en un profundo sentido anti-intelectuales, anhelosos de reducir tanto el arte como el pensamiento al momento existencial. Cuando los no científicos oyen hablar de científicos que no han leído nunca una obra importante de la literatura, sueltan una risita entre burlona y compasiva. Los desestiman como especialistas ignorantes. Una o dos veces me he visto provocado y he preguntado [a los no científicos] cuántos de ellos eran capaces de enunciar el segundo principio de la termodinámica. La respuesta fue glacial; fue también negativa. Y sin embargo lo que les preguntaba es más o menos el equivalente científico de «¿Ha leído usted alguna obra de Shakespeare?». (C. P. Snow, Las dos culturas y un segundo enfoque, Alianza Editorial, Madrid, 1987, pp. 14 y 24).

Este Humanismo de tercera generación ha de ser transversal, como es transversal la inteligencia y la vida humanas.

El asunto es que ha triunfado claramente la “cultura tecno-científica”, entre otras cosas porque ha producido mejoras admirables en el bienestar humano. Lo que me preocupa es que esa cultura va a ser la encargada de redefinir la naturaleza humana. El asunto es urgente en un momento en que se habla del advenimiento de la “singularidad” o del “transhumanismo”, algo así como una nueva especie. No pienso que haya una conspiración de los tecnólogos para robotizar a la humanidad o cosas parecidas. Los grandes cambios aparecen como consecuencias no buscadas intencionadamente. El Nuevo Humanismo que necesitamos, el Humanismo de tercera generación, no enfrenta letras y ciencias, laicismo y religión, arte y técnica, sino que aspira a comprender todas esas creaciones humanas, estudiando cómo han colaborado a la configuración de nuestra inteligencia y de nuestro modo de vida.  Somos híbridos de naturaleza y cultura y necesitamos conocer nuestro genoma biológico y nuestro genoma cultural.  Solo así podemos comprender por qué hacemos arte, poesía, ciencia, religiones; como han ido surgiendo nuestros sistemas de valores; qué hay en el fondo de nuestros sistemas políticos; como la cultura deriva de nuestros deseos y emociones y al mismo tiempo los modifica.

Mi propuesta, la que vengo exponiendo en mis últimos libros y en este Panóptico, defiende que necesitamos elaborar este Humanismo de tercera generación, que ha de ser transversal, como es transversal la inteligencia y la vida humanas. Es un conocimiento que enraíza todos sus contenidos en necesidades y problemas vitales con lo que se acerca a nuestros intereses más palpitantes; que expone los problemas comunes y las diferentes maneras como han intentado resolverlos las distintas culturas.

Se trata de un saber de nivel superior al resto de las ciencias, porque tiene que reflexionar sobre ellas y aplicar sus conocimientos a la mejora de nuestra realidad. Hubiera podido ser el objeto de la filosofía, que pretende también ser un saber reflexivo, holístico y de segundo nivel, pero en este momento ha perdido esa vocación. Por eso, prefiero hablar de una nueva ciencia, a la que denomino Ciencia de la evolución de las culturas, que incluiría también, por supuesto, la evolución de la experiencia filosófica. El gran Wilhem Dilthey, al que considero padre del nuevo Humanismo, pensaba que la única forma de definir al ser humano es estudiando aquellas actividades a las que se ha dedicado a lo largo de la historia: ha creado arte y ciencia, matemática y juegos, religiones y formas políticas, poesía y técnica. En este sentido se la puede considerar que la nueva ciencia es una antropología.

Lo importante es que permitiría englobar con una finalidad pedagógica clara -por ejemplo, la defendida por Martha Nussbaum al principio del artículo- todas las disciplinas que ahora consideramos humanísticas en un nuevo currículo. Sería una asignatura que debería impartirse en todos los niveles de la enseñanza primaria y secundaria, e incluso en el primer curso de las carreras universitarias, antes de que la especialización fragmentara brutalmente los conocimientos. Necesitamos comprender, si queremos tomar buenas decisiones.

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