La guerra es una constante universal de la humanidad. Integra con tanta intensidad las pasiones humanas que es una insustituible ventana para observar el funcionamiento de la mente humana. La sociedad es siempre un campo de fuerzas, pero esto se manifiesta de manera ampliada y cruel en la situación bélica. ¿Podría tomarla como punto de partida para la historia de la felicidad que estoy escribiendo? Precisamente al enfocarla desde esta perspectiva puede aparecer lo paradójico de nuestro comportamiento, nuestra torpeza para evitar los desastres. O tal vez lleguemos a la triste conclusión de que identificar la felicidad con el bienestar, la paz, la sociabilidad, la armonía es desconocer la naturaleza humana, que disfruta con la tensión, el dominio, la competición, la excitación, en suma. Los filósofos medievales admitían dos tipos de deseos: los ordenados al placer y los ordenados a lo arduo, a lo difícil. Freud, por su parte, creía que había un instinto de vida y un instinto de muerte.
La guerra de Ucrania me anima a trazar un mapa de las pasiones activadas por la guerra. En primer lugar, hay que estudiar las pasiones que inician la guerra. Un gobernante con el suficiente poder considera que es la única forma de alcanzar su felicidad personal o la felicidad de su nación, considerada como ente abstracto, no como conjunto de los ciudadanos, que van sin duda a sufrir. Tradicionalmente ha sido el soberano quien declaraba las guerras. En las naciones democráticas, esa decisión debe ser ratificada por los Parlamentos, pero todos los jefes de Estado han sentido la tentación de intentar eludir ese control, como hizo el Presidente Johnson en la guerra del Vietnam. En cualquier caso, actúa una voluntad expansiva de poder, que se intenta legitimar por el catálogo tradicional de excusas: miedo al poder enemigo, venganza de ofensas, necesidad de ampliar el territorio y las riquezas, ebriedad del poder, sueños de engrandecimiento patriótico, etc.
La pregunta ¿por qué una nación empieza una guerra? tiene una respuesta simplista y verdadera, lo que indica que estamos en un terreno de lógica primitiva y casi infantil: porque cree que puede ganarla. El que, a pesar de que la historia muestre que con frecuencia las pierden, esa motivación se mantenga, indica que estamos en un territorio estúpido. El deseo de comenzar una guerra favorece errores de cálculo. Los Estados Mayores pensaban que la Primera Guerra mundial sería corta. El alemán preveía seis semanas de duración. El ruso y el británico unos seis meses. El error de cálculo de Hitler al invadir Rusia o al declarar la guerra a Estados Unidos resultan incomprensibles. Espero que Putin se haya equivocado tan palmariamente al atacar a Ucrania. Si los gobernantes manejan bien sus sistemas propagandísticos, es posible que se produzca un movimiento de entusiasmo hacia la guerra, que acabará siendo sustituido por el miedo, el sufrimiento, la pérdida, el odio y la inhumanidad respecto del enemigo.
Por su parte, el agredido siente furia contra el agresor, que deriva en resentimiento y odio. Como está ocurriendo en Ucrania, puede exacerbar un sentimiento patriótico de unión ante el enemigo y, a todos los niveles, un sentimiento de miedo. El miedo es el gran protagonista de las guerras: miedo del combatiente, miedo de los civiles, miedo a la muerte, al sufrimiento, a la incertidumbre. Y también miedo como herramienta para debilitar, al contrario. El Terror como arma de guerra. Por supuesto, se da también esa victoria sobre el miedo que es la valentía. Y un sentimiento de intensidad, de excepcionalidad, que muchos van a echar en falta cuando venga la paz y deban retornar a su vida rutinaria.
Las guerras afortunadamente no son eternas. Tiene solo una permanencia intermitente. Terminan por la victoria o por algún tipo de negociación. Desde la historia de la búsqueda de la felicidad, es interesante estudiar los procesos de apaciguamiento. ¿Qué sucede después de una guerra? ¿Cuáles son los mecanismos de pacificación? A las pasiones de la movilización le siguen ahora las del desarme. Es fácil ver los estragos materiales de una guerra, pero necesitamos conocer también los estragos afectivos.
Voy a utilizar el miedo como hilo para desenredar todo este complejo emocional. Lo he estudiado en dos libros – Anatomía del miedo y Los miedos infantiles y el aprendizaje de la valentía-, pero en esta ocasión voy a estudiarlo en su vertiente social y política. ¿A que han tenido miedo los humanos a lo largo de su historia? ¿Qué comportamientos, normas o instituciones han inventado para conseguir seguridad? ¿Han vivido el mundo como un lugar seguro o como un lugar peligroso? La monografía se titulará HISTORIA DE UNA ESPECIE HIPERMIEDOSA Y VALIENTE.




