Pablo Iglesias ha llamado a utilizar el conflicto político como estrategia, porque es el “motor de la democracia”. Desde el Panóptico la historia se contempla, en efecto, como intentos acertados o desacertados de resolver problemas. Pero el término “conflicto político” despierta suspicacias. Así sucedió cuando Pedro Sánchez admitió que en Cataluña había un “conflicto político”, y no un mero problema de orden jurídico. También recelan de esa formulación quienes ponen la esencia de lo político no en el conflicto, sino en el consenso. ¿Quién tiene razón? Unidas Podemos retoma la senda abierta por Carl Schmitt, para quien el fundamento de la política es la oposición “amigo-enemigo”, o del marxismo basado en la lucha de clases. Toda convivencia implica un inevitable choque de intereses, con el que hay que contar. Mi crítica a UP se centra en que la política no es el conflicto -que es personal o social- sino el modo de resolverlos. Buena política es resolverlos bien, protegiendo todos los intereses legítimos.

El artículo inicial de este Panóptico se publicó en EL MUNDO el día 27 de diciembre de 2020.

EL PANÓPTICO 17

En el origen de la historia y de los movimientos sociales está la acción humana, y en los orígenes de la acción están las necesidades, los intereses, las expectativas, que son el motor del comportamiento. La satisfacción de esas motivaciones no está asegurada, por lo que la vida es siempre problemática, es decir, se propone fines que no sabe cómo alcanzar. La Ciencia de la evolución de las culturas, que intento desbrozar desde el Panóptico, es por ello una “historia aporética”. “Aporía” llamaban los griegos a los problemas más difíciles, a los que parecían no tener solución, porque no dejaban ningún poro por donde escaparse.

En muchas ocasiones, los intereses de un individuo o de un grupo entran en colisión con otros intereses, y entonces aparece el conflicto. Conviene por ello distinguir entre problemas y conflictos. En aquellos, se trabaja para encontrar la solución. ¿Cómo podemos curar la COVID-19? ¿Qué he de hacer para encontrar trabajo? ¿Cómo podemos construir una sociedad más justa? Se lucha contra la dificultad. En cambio, en los conflictos se trata del choque de dos intereses, o de dos proyectos contrarios. La misma etimología lo dice, flictus significa “golpe”. Con-flictus, choque. En el topetazo continuo, encontrar la solución queda postergado. Lo importante es vencer al competidor. Por ello, me parece conveniente intentar convertir los conflictos políticos en problemas políticos. Y definir la política como el modo de resolver problemas sociales desde la Administración pública, desde el Estado.

¿Es verdad, como ha señalado Pablo Iglesias, que el conflicto es el motor de la política? En estricto sentido, sí. Pero tal vez Iglesias no saca las consecuencias debidas de esa afirmación. Si el conflicto es el motor de la política eso quiere decir que no es la política, sino su desencadenante, su impulsor. También se puede decir que la enfermedad es el motor de la medicina, pero la medicina lo que quiere es acabar con la enfermedad. La política no es conflicto, sino la buena solución de algunos conflictos, aquellos que sólo pueden resolverse con medios públicos. El marxismo comprendió que la lucha de clases terminaría cuando se hubiera conseguido la liberación del proletariado. Entonces ya no habría política, ni tan siquiera Estado.

La concepción de la política como conflicto instaura la hostilidad como principal relación social. Los humanos se dividen en amigos y enemigos. La política no es más que la gestión de este enfrentamiento. Su finalidad, acabar con el enemigo. En este planteamiento belicoso tenía razón Clausewitz: la guerra es la continuación de la política, es un acto político. Frente a esta postura, los liberales convierten la política en negociación, los enemigos en competidores económicos o en participantes en un debate ideológico, mediante el cual alcanzar el consenso. Para los belicosos este apaciguamiento es un colaboracionismo con los poderosos, una tibieza que perjudica a los más débiles. El cielo hay que tomarlo al asalto. El cielo no se negocia.

¿Quién tiene razón? Esta es una de las preguntas que, a mi juicio, debe resolver la Ciencia de la evolución de las culturas, que intento que se incluya como asignatura troncal en nuestros planes de estudios, porque nuestra única fuente de información para contestarla es la experiencia de la humanidad, es decir, la historia de las culturas. No olvidemos que llamamos “cultura” al repertorio de soluciones que una sociedad ha dado a problemas universales: sociales, económicos, religiosos, artísticos, emocionales, científicos, técnicos. El conflicto, la lucha, la guerra impulsó la búsqueda, pero las soluciones se alcanzaron cuando se convirtieron en problemas y se aplicó a ellos una buena técnica solucionadora. Esto es lo que deberíamos enseñar a todos los niveles en nuestro sistema educativo. Somos seres problemáticos y nuestra suerte depende de cómo nos enfrentemos a esos problemas. No se trata de amortiguar el dramatismo de nuestra situación, sino de orientar nuestro pensamiento a solucionarlos. La pandemia nos proporciona un buen ejemplo. ¿Por qué se ha conseguido con tanta rapidez una vacuna? Ha habido, sin duda, competición entre las distintas farmacéuticas – el afán competitivo está profundamente enraizado en la naturaleza humana-, pero lo importante no ha sido excluir a los demás de la competición, sino resolver el problema. La competición es un medio. Volvamos a la política. Los partidos políticos no son organizaciones beligerantes inmersas en la estructura amigo-enemigo, sino la organización de medios para resolver los problemas. La revolución de la Inteligencia Artificial comenzó cuando Allen Newell y Herbert Simon presentaron un programa solucionador de problemas, el “General Problem Solver”. Pues bien, la verdadera revolución política se hará cuando se convierta también en un “General Problem Solver”. De lo contrario seguirá siendo una descarnada lucha por el poder.

Los partidos políticos no son organizaciones beligerantes inmersas en la estructura amigo-enemigo, sino la organización de medios para resolver los problemas.

A la buena solución de los problemas, es decir, a aquella que tiene en cuenta todas las pretensiones legítimas, la denominamos “justicia”. El ideal, como ya he comentado muchas veces, es convertir la política en un juego de suma positiva, win-win, es decir, aquel en que todos los participantes salen beneficiados. Esa ha sido la estrategia que, a lo largo de la historia, a trancas y barrancas, ha permitido el establecimiento de los sistemas jurídicos, las garantías procesales, la función social de la propiedad, o la democracia. Juegos todos ellos de suma positiva. Conviene explicar este dinamismo a todo el mundo, en especial a nuestros alumnos. Debemos ayudar a formar una INTELIGENCIA RESUELTA, que es aquella que avanza con resolución, y que resuelve problemas.

 

* POSTDATA PARA INTERESADOS EN LOS LABERINTOS DE LA FILOSOFÍA POLÍTICA.  “Podemos” estuvo influido en sus inicios por las ideas de Chantal Mouffe y Ernesto Laclau, que defendieron una democracia agonista, conflictiva. Se oponían así a las democracias liberales, basadas en la negociación y en el ideal de un consenso entre ciudadanos racionales. Este enfrentamiento con las democracias liberales puede dar la impresión de que mantienen posturas no democráticas, cuando en realidad solo se trata de postura no liberales. También recelaban de la democracia representativa, a favor de la democracia directa y asamblearia, que es también una forma de democracia. Pero las ideas se comunican por pasadizos a veces ocultos, y la democracia agonista, conflictiva, de Mouffe y Laclau, enlaza con uno de los intelectuales más inquietantes de mediados del siglo pasado: Carl Schmitt, un jurista miembro del partido nazi, enemigo también de la democracia liberal, que consideraba que la esencia de la política consiste en la oposición amigo – enemigo. Ignorarla, decía, solo conduce a la pasividad que es la muerte de la política. Creo que Schmitt influyó mucho en Mouffe y Laclau, aunque intentaron superarlo. En ese planteamiento no se contempla en ningún momento que la política sea la encargada de superar la oposición. La única forma de conseguir la armonía es la desaparición del contrincante, la unificación de todos en un movimiento, la consecución de la “hegemonía”, concepto que tomaron de Antonio Gramsci, un influyente pensador comunista. Volvemos a adentrarnos por pasillos ocultos. Esto enlaza con el “teorema de imposibilidad” de Arrow, que traté en otro artículo. El Premio Nobel de Economía demostraba que no había sistema de votación democrática que pudiera definir un bien común, salvo que el resultado fuera unánime. De nuevo un pasillo nos conduce a Rousseau y la paradoja de la “voluntad general”. Solo existe si está unificada. El pluralismo no sirve. Si para llegar al poder es necesario formar coaliciones, no se puede asegurar cual será el valor que alcanzará la prioridad. Solo una dictadura conseguiría el consenso. Concebir la oposición amigo y enemigo como esencia de lo político nos lleva antes o después a una dictadura hegemónica. Incluyo las democracias belicosas dentro de lo que considero “democracias fáciles”. Las “democracias difíciles” son aquellas que intentan resolver los problemas sin tener que acudir al autoritarismo o a la dictadura, que son dos tentaciones permanentes. Les confieso que me resulta apasionante recorrer desde el Panóptico todas esas galerías ocultas.

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