El ataque más contundente contra la meritocracia lo ha formulado Michael Sandel, de la Universidad de Harvard, quien piensa que la meritocracia olvida los condicionamientos sociales y económicos, humilla a los perdedores y no es justa porque no premia el esfuerzo, sino el éxito. Hace muchos años, Pierre Bourdieu había hecho una crítica parecida en Los herederos (1964) y La reproducción (1970). Ambos autores piensan que dar tanta importancia al mérito personal es injusto porque el peso de la herencia (biológica, social y económica) es demasiado fuerte. La tan mentada “igualdad de oportunidades” es un parche para la desigualdad de salida.

La historia de los conceptos parece en ocasiones una comedia de las equivocaciones. El mérito se ha convertido en un valor “de derechas”, y esto es llamativo porque cuando apareció en el debate político era una propuesta revolucionaria. Durante siglos, la posición social, el estatus de una persona habían estado determinados por su nacimiento. La movilidad social era mínima. Los revolucionarios americanos y franceses rechazaron ese dogma atávico y construyeron un nuevo orden social basado en el mérito personal, tal como lo había descrito Locke: trabajo, conocimiento y esfuerzo. Thomas Jefferson quería para su nación una «aristocracia del mérito», y en la noche del 4 de agosto de 1789, los Estados Generales franceses abolieron los privilegios y establecieron la jerarquía del valor personal.

Para complicar más el panorama, China presume de ser una democracia que rechaza las elecciones porque no se basa en votaciones, ya que estas favorecen inevitablemente unas campañas electorales demagógicas, falsas y mantenidas por el dinero gastado en publicidad. En su democracia la elección se hace atendiendo solo al mérito. Occidente niega que eso sea una democracia, porque la evaluación del mérito es competencia del Partido único, que premia la lealtad y la obediencia al líder.

”¿Cómo se ha producido este travestismo del concepto de mérito, que de ser revolucionario parece haberse convertido en gran valor del sistema capitalista? ¿Por qué se ha vuelto un valor conservador o liberal, rechazado por el pensamiento socialista?

Las equivocaciones sobre el mérito arrancan de una confusión previa sobre la igualdad. Todos somos iguales en los derechos básicos porque los tenemos por el hecho de ser personas, no por nuestro comportamiento, pero en otros asuntos somos diferentes, por ejemplo, en el esfuerzo o en los resultados, y en ese caso la justicia está en reconocer la diferencia y en premiar el esfuerzo y las capacidades. Podríamos considerar radicalmente injusto que haya personas bellas y personas feas, sanas y enfermas, pero debería preocuparnos más intentar que el poder de esas diferencias tenga el menor impacto posible en la vida de las personas. La justicia intenta corregir los desafueros de la suerte.

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