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Tras escribir el post anterior sobre el movimiento woke, retomo de mi Archivo la referencia a un interesante libro: Los peligros de la moralidad. Por qué la moral es una amenaza para las sociedades del siglo XXI.  (Deusto, 2021), de Pablo Malo. En febrero del pasado año participamos juntos en un festival de filosofía malagueño, dirigido por José Carlos Díaz, sobre Las entrañas del mal. No tenía noticia de su libro, pero me interesó lo que decía, y lo leí enseguida. La tesis central es que la “mente moral” es un peligro. Históricamente nos ha conducido a todo tipo de violencia y discriminaciones. No son cosas del pasado, porque el tribalismo está floreciendo en nuestras democracias. Su postura tiene un punto débil: la crítica a los peligros de la moralidad solo puede juzgarse desde un punto de vista moral, y tienen, como principal causa la negación de la posibilidad de justificar normas éticas universales. Pero en este post no quiero entrar en ese debate, que es muy complejo, sino comentar su idea de que para entender el mundo moral en que nos movemos tenemos que estudiar la Teoría de la Justicia Social Crítica, a la que llama “nueva religión”. Lo mismo acaba de hacer Jean-François Brauntsein en su libro La religión woke, (Grasset, 2022). Solo conociendo este movimiento podemos comprender muchas cosas que están ocurriendo: “que se despida a un trabajador por un tuit; que se ataque a una chica por vestir una prenda de origen asiático; que los colectivos feministas no critiquen la discriminación y restricción de derechos que sufren las mujeres en otras culturas; que la izquierda y la derecha no puedan ni debatir; que a un empleado de Google lo despidan por intentar explicar en un memorándum por qué hay menos mujeres en carreras STEM; que se impida a los académicos e intelectuales dar charlas en las universidades; que la ley trans esté enfrentando a un fracción del feminismo contra otra; que ser “ciego a la raza” (es decir, estar de acuerdo con las opiniones de Martin Luther King , que decía que había que juzgar a las personas por su carácter y no por su raza) es ahora racismo; o que la libertad de expresión -un pilar fundamental de las sociedades democráticas- sea ahora una idea de derechas” (p. 264).

El sistema operativo político occidental -el liberalismo- se está cambiando por el de la Justicia Social Crítica. Y aún no sabemos, dice Malo, “si la sociedad sea capaz de funcionar con ese sistema operativo o colapsará”. La crítica al liberalismo político viene de la izquierda y de la derecha, es revolucionaria y reaccionaria. Cada facción ve a la otra como un peligro existencial y se opone violentamente a ella.  Le llama la atención, como a mí, que la izquierda se ha aliado con el postmodernismo, alianza que políticamente se concreta en la Justicia Social Crítica: políticas identitarias, corrección política, cultura de la cancelación, feminismo y estudios de género, teoría critica de la raza, interseccionalidad, teoría queer, estudio sobre obesidad y discapacidades, teoría poscolonial”. La descripción de los efectos que provoca la Justicia Social Crítica me ha parecido muy acertada.

Desde el Panóptico llevo un par de años observando el movimiento “woke”, que hasta ahora se ha desarrollado sobre todo en ambientes universitarios, estadounidenses y franceses, pero cuya ideología ha sido abrazada por algunos partidos políticos de izquierdas – en España por Podemos y el Ministerio de Igualdad-, sin darse cuenta de que siendo en su origen un movimiento de defensa de los derechos de las víctimas, se ha convertido en un movimiento reaccionario.

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