En una reciente entrevista, un periodista me preguntó de repente: «¿Usted cree en Dios?». Es una pregunta que puede resultar impertinente, pero que es lícito hacérsela a un filósofo. Cuando eso me sucede, mi respuesta es: «Depende», lo que deja al entrevistador inevitablemente decepcionado, porque esperaba un rotundo «Sí» o «No». Ese «depende» no es un modo de eludir la cuestión, sino de plantearla con claridad.

Traté el tema hace treinta años en Dictamen sobre Dios, un libro que no leía desde entonces. Lo he releído ahora para comprobar si, tantos años y tantas lecturas después, sigo pensando lo mismo. En ese libro me planteaba varias preguntas: ¿A estas alturas de la historia es inteligente seguir creyendo en Dios? Si no existiera el concepto «Dios», ¿tendríamos la necesidad de inventarlo? ¿Por qué?

Partía de un hecho evidente. En el orden de nuestro conocimiento, «Dios» es ante todo un «objeto cultural». Nos encontramos con él en nuestro entorno social, en la historia, en los monumentos, en las escrituras consideradas sagradas, acompañado de un largo sedimento de experiencias —unas amables y otras terribles—. El tema de Dios sigue interesando mucho, contra todo lo previsible, puesto que en 1882 Nietzsche había comunicado la muerte de Dios, y el 15 de mayo de 1932 Stalin había decretado un «plan quinquenal de ateísmo», con el eslogan: «No habrá Dios en 1937». Ninguna de las previsiones se cumplió, y la idea de Dios —mejor dicho, las ideas de dioses— sigue presente en nuestros días. Suele decirse que en el hinduismo hay 330 millones de dioses.

El «depende» con que respondo a la pregunta de si creo en Dios está motivado porque su definición no está nada clara. Muchos lectores se extrañaron cuando escribí que Dios tardó mucho en hacerse bueno. Las ideas más antiguas lo relacionaban con el poder. Los dioses griegos del Olimpo eran poco ejemplares. Yahvé era un dios terrible, sediento de sacrificios, hasta que los profetas de Israel revelaron que no quería la sangre de los corderos, sino que se practicara la justicia. El dios terrible, que hasta entonces delegaba su poder en hombres también terribles, se convirtió en el defensor del débil y en protector de su nación. Cada nación tenía su dios, y el monoteísmo tardó mucho en implantarse. En el monoteísmo, la creencia en Dios suele identificarse con la creencia en una Persona, origen de todo, omnipotente, infinita, espiritual, y en nuestra cultura se piensa en ese Dios cuando se le pregunta a alguien si es creyente. El hinduismo no siguió ese camino, y habla del Absoluto, al que no considera un dios. Ocurre que, aunque se evite la imagen antropomórfica de Dios y dejemos de representarlo como un anciano barbudo y venerable, el concepto de «persona» no se libra del antropomorfismo, porque es un concepto creado para referirse al ser humano.

”Ese “depende” no es un modo de eludir la cuestión, sino de plantearla con claridad

En Dictamen sobre Dios hice una afirmación mucho más modesta. Del hecho de que las cosas existan podemos deducir por mero análisis lógico que hay que afirmar la existencia de una realidad Subsistente por sí misma. La realidad está causada por otra realidad o por sí misma. Antes o después llegamos a una causa sui. Y no podemos ir más allá. No sabemos si es todo el universo o si es algo fuera del universo. Solo podemos señalar que la realidad tiene una propiedad innegable: la existencia, que a su vez nos revela una propiedad sorprendente: en algún momento ha de ser autosuficiente, causa sui, porque fuera de la existencia solo hay nada. Al enfrentarnos con la existencia aparece una cuestión sin respuesta: no sabemos por qué existen los seres, en vez de no haber nada. No podemos apelar al principio de causalidad, como hacen casi todas las presuntas demostraciones de la existencia de Dios, porque basándose en él no se puede demostrar una excepción a ese mismo principio. No es coherente decir: «Todo lo que existe tiene una causa; luego tiene que haber un ser que no tiene causa».

Lo que digo es otra cosa, y para aclarar la exposición utilizaré un concepto tomado de las matemáticas y de la cosmología física. Me refiero a la idea de «Singularidad», que designa un punto en que las leyes de la matemática o de la física estallan. En matemáticas hay casos muy sencillos. La función

f(x) = 1/x

«se vuelve loca» cuando x es igual a cero; «explota hacia el infinito», podríamos decir. En la teoría física del Big Bang, las leyes físicas apuntan a un comienzo de la realidad a partir de un punto de densidad infinita. Pero en ese momento esas mismas leyes también dejarían de ser válidas. Los físicos no nos dicen que allí aparezca otra realidad, un ser infinito. Lo que dicen es que la lógica utilizada para llegar a ese punto se quiebra. Ya no nos permite seguir.

Que la realidad exista no es explicable por la lógica científica en su estado actual. Las leyes físicas nacieron con la realidad y no pueden aplicarse a nada anterior. A mi juicio, la existencia plantea una contradicción que no sabemos resolver. Es una Singularidad. Y a esa contradicción en la que se encierra el misterio de la existencia es a lo que muchas personas llaman Dios. Esto coincide con lo que los teólogos y los maestros religiosos denominan «teología negativa», reconociendo que de Dios no podemos saber nada. «Si dices “eso es Dios”, no es Dios». Esa es también la posición de dos filósofos modernos que están en las antípodas: Wittgenstein y Heidegger. Ambos distinguían el mundo de las cosas reales, de los entes (árboles, animales, casas, utensilios), y la condición indispensable para que sean reales: la existencia. Wittgenstein decía que el hecho de que las cosas existan es incomprensible, remite más allá del límite de lo que podemos conocer, y lo llamaba «lo Místico». Heidegger también distinguía entre los entes y el Ser, pero creía que el Ser se manifestaba, aunque la metafísica occidental lo había olvidado. ¿Identificaban ese más allá del límite con Dios? No, no daban ese paso. Heidegger incluso decía que cuando hablamos de «Dios» lo estamos empequeñeciendo, convirtiéndolo en un ser entre otros seres.

”A esa contradicción en la que se encierra el misterio de la existencia es a lo que muchas personas llaman Dios

Reconocer que la realidad no acaba de revelarnos su propio origen, que su existencia nos fuerza a enfrentarnos con una causa que no tiene causa, con una realidad autosuficiente y por lo tanto eterna, con una Singularidad, nos plantea tres actitudes posibles: olvidarnos de la cuestión, seguir debatiéndola o resolverla dando un carácter personal y divino a esa contradicción incomprensible.

En los próximos posts seguiré dando vueltas a este asunto.

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