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José Antonio Marina y su equipo de detectives no cesan de indagar en la nueva temporada de Los casos de Mermelada. Agencia de detectives”. Hoy en el programa de Pe a pa con Pepa Fernandez  os presentamos una nueva investigación: «El caso del programa de radio megalómano: Este«.

Hace unos días me preguntaron cómo se escribe un libro. Me pareció que me lo preguntaban como si fuera un misterio insondable. He estudiado en varios libros como aparecen las ocurrencias.
Pero en vez de contarles  como se les ha ocurrido a los autores la idea de escribir un libro, les animo a que lo comprueben en primera persona.
Todos tenemos una colosal maquinita para inventar historias. A todos se nos pueden ocurrir más cosas de las que creemos. Un programa de radio como De Pe a Pa puede ser una escuela de creatividad.

¿Se animan a escribir el argumento de un relato que comenzara así: “Sólo Andrea se dio cuenta de que a medianoche el reloj de la torre había dado solo once campanadas”.

Entre los participantes vamos a sortear cinco ejemplares del libro que escribí con María de la Válgoma: La magia de escribir.

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Puedes escuchar  «El caso del programa de radio megalómano: Este« en los casos de mermelada del Programa de Pepa Fernández en la web o app de rtve.

Únete 10 Comments

  • José Antonio Marina dice:

    ¿Se animan a escribir el argumento de un relato que comenzara así? “Sólo Andrea se dio cuenta de que a medianoche el reloj de la torre había dado solo once campanadas”

    • E.B.R. dice:

      LAS ONCE EN EL RELOJ

      Sólo Andrea se dio cuenta de que a medianoche el reloj de la torre había dado sólo once campanadas.
      Aquel reloj de la torre, que siempre habían buscado las pupilas escarchadas de su abuelo para poner en hora el suyo de bolsillo. Aquel reloj despertaba su memoria cada noche. Lo veía más allá de los visillos de la ventana de su alcoba y no se dormía hasta oír sus doce campanadas

      Y ahora… Ahora algo extraño le sucedía. Era como si el tiempo se hubiera detenido despertando mundos interiores.
      Y recordó. La mano del abuelo parecía de cuero viejo, áspera, acartonada, pero segura. Aquel día caminaban como tantas tardes bajo la sombra de los viejos álamos de la plaza. Las horas transcurrían rápidas. Era un 27 de abril de 1937 y había que regresar a casa. “Ya son las once, dijo el abuelo”, señalando a su nieta la gran rueda con números romanos del reloj de la torre. Andrea alzó la vista… y entonces una terrible explosión aturdió el aire y borró el contorno de todo en derredor. Sólo se veían, entre nubes de polvo, las agujas de un reloj marcando las once.
      Y ahora… lejos de aquel tiempo, Andrea esboza una sonrisa entre ácida y dulce: “Mi médico se equivoca, todavía conservo la memoria a pesar del Alzheimer”

      PD.: La memoria es lo que hace al ser, humano. Y es inhumano ignorarla.

    • e.b.r. dice:

      MINIFÚ

      Sólo Andrea se dio cuenta de que a medianoche el reloj de la torre había dado sólo once campanadas.
      Y descubrió con horror el motivo. Su vecina Gertrudis lo había buscado por doquier. Incluso había avisado a los municipales sobre su desaparición hacía ya tres días. Y es que Gertrudis vivía sola desde que se quedó viuda. Tenía hijos, pero como si no los tuviera. Uno vivía en Australia, otro en Mongolia y de la hija ignoraba el paradero desde que se enrolló con un trotamundos callejero. La anciana Gertrudis sólo tenía a su gato Minifú. Un gatito blanco precioso pero muy travieso. Gertrudis decía que a su gato le gustaba andar por los tejados buscando gatas. Algo lógico estando en época de celo. La anciana había ofrecido una recompensa de 500 euros a quien diese información de Minifú.
      Andrea miró tras los visillos de la ventana de su alcoba. El reloj de la torre señalaba las once. Enganchado a las agujas colgaba inerte una gato blanco. Era sin duda Minifú. No sería ella quien reclamase los 500 euros de recompensa.

    • Carolina dice:

      El resto del grupo caminaba indiferente y ajeno a aquel hecho.Sin embargo, Andrea notó que un latigazo recorría su columna y el vello de los brazos se erizaba por momentos.
      Dirigió su mirada hacia la torre y comprobó que una sombra blanca detenía la aguja.Intentó, no sin esfuerzo, comprobar qué era eso.
      Lentamente, avanzó hacia la torre y subió con determinación las escaleras que llevaban al campanario. La sombra blanca advirtió su presencia y le tendió la mano. Ya todo había concluido.
      Cuando el resto del grupo advirtió su ausencia, el reloj de la torre daba las doce.

    • Pilar Lasanta dice:

      Solo Andrea se dio cuenta de que a media noche el reloj de la torre había dado solo 11 campanadas.
      Faltaban 5 minutos para la media noche del 8 de agosto, día del Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de los Predicadores, dominicos. También un 8 de agosto, pero de 1883 en Santo Domingo de la Calzada, el regimiento de lanceros Numancia acampado en santo Domingo y más concretamente en el convento de San Francisco participo en una sublevación militar sin éxito que acabo con el asesinato que dirigió la operación además de ser fusilados cuatro de sus seguidores.
      Andrea trabaja en la recepción del parador de Santo Domingo de la Calzada, hoy está viviendo un día complicado por muchos y diversos motivos, mira a su alrededor y le parece, a pesar de todo un privilegio trabajar en ese lugar, aún en el turno de noche. El parador ocupa un antiguo hospital del siglo XII, levantado por santo Domingo junto a la catedral para acoger a los peregrinos que hacían el Camino Francés a Santiago de Compostela, siendo esta localidad ubicada en un gran bosque de encinas a orillas del rio Oja que corría por las montañas de la Sierra de la demanda y donde Domingo un ermitaño dedicó su vida a facilitar el paso a aquellos peregrinos.
      Muy cerca del parador esta la torre exenta, una torre de 70 metros de altura que acoge el reloj de la ciudad, una maquina magnifica del siglo XVIII con sonería a la francesa de cuartos y enteros, escape de péndulo y clavijas que originariamente serían de ancora. Las pesas de este reloj tardan 8 días en recorrer el foso de 70 metros. Su creador un herrero llamado Martin Pasco.
      En la localidad siempre hubo un relojero para su mantenimiento y ajustarlo de vez en cuando, el sacristán Horo Logium ayudante del padre Dad García, se encargaba de ello desde hacía más de 10 años.
      Andrea respira profundamente hace un repaso del funesto día. Hoy su jornada comenzó a las 10 de la noche y se alargará hasta las siete de la mañana, como todas las noches que le toca trabajar cuenta las horas y las campanadas de la Torre Exenta, separada de la catedral por 8 metros de distancia. Cuando vuelva a su casa por la mañana ya no estará él. Lo que por otra parte considera un alivio, volverle a ver podría hacer que se echase atrás en su decisión. Andrea vive en Bañares a 11 km de Santo Domingo en una casita heredada de su abuela y a partir de esta noche residirá allí sola.
      A punto de dar las doce, el reloj comienza su canto, primero los cuartos y después los enteros, Andrea inicia al cuenta con el reloj, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, ………¿qué pasa no llega el doce? ¿Me habré equivocado? ¿He contado mal? Comienza su inquietud, se asoma a la puerta del parador, es una noche calurosa, hay gente todavía por las calles, los ve ajenos al número de campanadas dadas por el reloj. No puede abandonar su puesto de trabajo, hoy además está sola, no está compañera Puri, un catarro de verano la ha dejado en casa. Cuando decide salir para ir a ver el reloj, entra un cliente alojado en el Parador, le solicita su llave e inicia una conversación trivial que exaspera a Andrea, un señor elegante, solo, está alojado sin motivo aparente salvo el turismo, finalmente el cliente va a su habitación y ella puede ir a mirar la esfera del reloj, el reloj está parado, son las 12 en punto, pero el reloj dio 11 campanadas, ¿que habrá podido pasar? Decide llamar a la Policía Local, está muy cerca de donde ella trabaja, han tenido que darse cuenta.
      El teléfono lo coge Bartolomé Castillo, hoy al igual que Andrea haciendo el turno de noche, le informa de lo sucedido y Bartolomé decide ir a echar un vistazo.
      Accede a la Torre Exenta, la puerta estaba abierta lo que le animo a gritar el nombre del sacristán que se encarga del mantenimiento.
      Horo? ¿Estás ahí?, no obtiene respuesta y decide subir las escaleras, ¡132 peldaños! El reloj está a medio camino. Bartolomé iba pensando en la torre y su construcción, construida con piedra arenisca, y sus cimientos llevan una mezcla de cal, arena, pequeñas piedras y cornamenta de vacuno. Todo esto pretendía contrarrestar la falta de firmeza del terreno y el exceso de agua en el subsuelo sobre el que está edificada. Y es que esta falta de firmeza fue una de las razones por la cual tuvo que desmantelarse la torre predecesora a esta.
      La torre está dividida en tres cuerpos: dos de planta cuadrada y un tercero, el campanario, de planta octogonal y con cuatro pequeñas torres en los ángulos. Culmina en una cúpula.
      Por fin llega al reloj, se queda mirando la placa que la visto millones de veces y vuelve a releerla:
      Es el único reloj histórico de Catedral en activo, mediante el remontaje manual. Reloj del herrero Martin Pasco – natural de Huércanos – de ocho días de cuerda. Lo mando hacer el Cabildo Catedralicio en acuerdo timado el 25 de julio de 1780 con un precio de 6.800 reales. La inscripción en latín de la esfera exterior reza: “Hecha esta restauración el año del señor de 2005”. Y haciendo referencia a la fugacidad del tiempo, en el centro: “Tempus Fugit”.
      Todo esto para disipar el miedo y la tensión que se apoderaba de sus músculos, no veía con claridad salvo lo que enfocaba con su linterna, el reloj no hacia tic tac, el escape estaba bloqueado, estaba detenido como se veía desde el exterior, el peso, la cadena del péndulo se encontraba enganchada, estaba enganchado con el cuerpo de Horo, el sacristán, estaba muerto. Habían marcado en la pared más cercana un símbolo .¿que era ese símbolo? Parecía una marca de cantero como las que había por toda la catedral, sobre todo por el deambulatorio la zona más antigua de la Catedral S.XII.
      A partir de aquí todo paso como si de una película se tratase, policía nacional, expertos en homicidios, en cirugía forense, en símbolos y arte sacro, un despliegue de medios modernos que contrastaba con la serenidad de un lugar como Santo Domingo de la Calzada.
      A las pocas horas transcendió por toda la Villa que el Arca de San Formerio que se custodiaba en la Iglesia Parroquial de la Santa Cruz, había desaparecido y en su lugar habían dibujado el mismo símbolo que aparecía en la Torre Exenta al lado de Horo Logium el sacristán.
      Bartolomé fue a ver a Andrea y compartió el asunto del Arca con ella, sabiendo que ella reside en Bañares y lo importante del hecho en sí. Los dos fueron conscientes de que ambos hechos estaban conectados. Andrea se preguntaba ¿porque se habrían llevado la urna cineraria? De todos es conocido su valor, es una caja de madera recubierta de cobre decorado con esmaltes con numerosos y a veces desordenados motivos geométricos, heráldicos y figurativos, entre los que se encuentran las figuras de un rey y de un obispo, se especulaba con que el Rey podía ser Teobaldo. Una de las caras del arca, simboliza el sacrificio de la Misa y otra el sacrificio de la Cruz. Datada en el mismo siglo que el deambulatorio de la Catedral.
      Andrea y Bartolomé estudiaron juntos Historia del Arte en la Universidad de la Rioja, el devenir de la vida y el paro, los llevó a ambos a sus actuales trabajos, no por ello habían abandonado el amor por todo el patrimonio artístico que les rodeaba y por conocer más allá lo que aun permanecía oculto.
      Andrea y Bartolomé pensaron que esos signos lapidarios no eran meras marcas de cantero sino también signos mágicos, religiosos o conmemorativos. Sus funciones eran varias, entre ellas las de indicar la dirección al peregrino, protegerle, e incluso representar lo que sucedió en el momento en que se finaliza una obra.
      El símbolo encontrado se lo dibujo Bartolomé en una hoja del Parador con un bolígrafo del Parador, la aventura acababa de empezar para ambos.

    • Miguel A. Gómez Lacal dice:

      Sólo Andrea se dio cuenta de que a medianoche el reloj de la torre había dado solo 11 campanadas. Sí, sólo ella, nadie más.
      Evidentemente, no era esa noche en la que dan las campanadas que anuncian el nuevo año; pues, esa noche que cierra el calendario, todo el mundo se muestra expectante. Y nadie está pendiente el resto de noches del año de contar las campanadas del reloj. Pero ella, sí, solo ella, aquella noche parecía impaciente por escuchar el sonido de la doceava.
      Todo estaba profundamente estudiado y planeado hasta el último detalle, no cabía el menor fallo, ¿o sí ? Todos los cabos se habían atado y bien atado ¿o no del todo?
      En esos momentos su mente era un hervidero que no paraba de dar vueltas a un pensamiento:
      ~¡No puede ser, no puede ser…!
      Y sin embargo, ella sabía bien que la ausencia de la última campanada era el aviso de que lo que se desencadenaría justo después de la última campanada de medianoche, no llegaría a suceder. Esa campanada silenciada era la señal acordada con Julián para abortar el plan en caso de detectar algún fallo que los pusiera en peligro.
      ~¡No puede ser, no puede ser… !
      Ella estaba tan segura de que había contado bien once campanadas y, sin embargo, su cabeza era un mar de dudas.
      ~¡No puede ser…!
      Un pensamiento repentino le vino a la mente: y si el reloj se había detenido de forma accidental y quizás no se tratara del aviso de su compañero y compinche.
      ~Tengo que ir a la torre y comprobarlo pero… ¿y si él no lo ha parado? Puede que ni siquiera sepa que las campanadas se han detenido. Puede que no sepa que el plan trazado con tanto mimo, se ha suspendido y él, por su cuenta, ha comenzado a desarrollarlo. Y, sin mi aportación, el fracaso también está asegurado. ¡no puede ser… necesito pensar, necesito comprobar porqué no ha sonado la última campanada o el plan perfecto diseñado durante años se irá al traste. ¡Tengo que ir allí…!
      Las dudas la dejaban paralizada y sin embargo, no podía estar parada, necesitaba ir a la torre.
      Abrió la puerta y cuando ya se disponía a bajar las escaleras… súbitamente, un sonido retumbó en sus oídos y le hizo tomar conciencia de la realidad en la que se encontraba. Una campanada se escuchó nítidamente, con un sonido metálico tan claro como las once anteriores.
      Pronto descubrió que a su alrededor todo continuaba igual que antes. Nadie se había inquietado, nadie había notado nada especial. En seguida pudo darse cuenta, de que sólo habían pasado apenas 2 segundos (los segundos habituales entre una campanada y otra); apenas 2 segundos que en su imaginación habían durado un espacio de tiempo muchísimo más largo, tiempo en el que su imaginación no había cesado de volar.
      Y es que, a veces, en unos segundos bien vividos pueden caber un sinfín de sensaciones y emociones.
      Y es que, un segundo vivido con pasión, da para mucho. Y, si no, que se lo pregunten a Andrea.

  • Miguel A. Gómez Lacal dice:

    Sólo Andrea se dio cuenta de que a medianoche el reloj de la torre había dado solo 11 campanadas. Sí, sólo ella, nadie más.
    Evidentemente, no era esa noche en la que dan las campanadas que anuncian el nuevo año; pues, esa noche que cierra el calendario, todo el mundo se muestra expectante. Y nadie está pendiente el resto de noches del año de contar las campanadas del reloj. Pero ella, sí, solo ella, aquella noche parecía impaciente por escuchar el sonido de la doceava.
    Todo estaba profundamente estudiado y planeado hasta el último detalle, no cabía el menor fallo, ¿o sí ? Todos los cabos se habían atado y bien atado ¿o no del todo?
    En esos momentos su mente era un hervidero que no paraba de dar vueltas a un pensamiento:
    ~¡No puede ser, no puede ser…!
    Y sin embargo, ella sabía bien que la ausencia de la última campanada era el aviso de que lo que se desencadenaría justo después de la medianoche, no llegaría a suceder. Esa campanada silenciada era la señal acordada con Julián para abortar el plan en caso de detectar algún fallo que los pusiera en peligro.
    ~¡No puede ser, no puede ser… !
    Ella estaba tan segura de que había contado bien once campanadas y, sin embargo, su cabeza era un mar de dudas.
    ~¡No puede ser…!
    Un pensamiento repentino le vino a la mente: y si el reloj se había detenido de forma accidental y quizás no se tratara del aviso de su compañero y compinche.
    ~Tengo que ir a la torre y comprobarlo pero… ¿y si él no lo ha parado? Puede que ni siquiera sepa que las campanadas se han detenido. Puede que no sepa que el plan trazado con tanto mimo, se ha suspendido y él, por su cuenta, ha comenzado a desarrollarlo. Y, sin mi aportación, el fracaso también está asegurado. ¡no puede ser… necesito pensar, necesito comprobar porqué no ha sonado la última campanada o el plan perfecto diseñado durante años se irá al traste. ¡Tengo que ir allí…!
    Las dudas la dejaban paralizada y sin embargo, no podía estar parada, necesitaba ir a la torre.
    Abrió la puerta y cuando ya se disponía a bajar las escaleras… súbitamente, un sonido retumbó en sus oídos y le hizo tomar conciencia de la realidad en la que se encontraba. Una campanada se escuchó nítidamente, con un sonido metálico tan claro como las once anteriores.
    Pronto descubrió que a su alrededor todo continuaba igual que antes. Nadie se había inquietado, nadie había notado nada especial. En seguida pudo darse cuenta, de que sólo habían pasado apenas 2 segundos (los segundos habituales entre una campanada y otra); apenas 2 segundos que en su imaginación habían durado un espacio de tiempo muchísimo más largo, tiempo en el que su imaginación no había cesado de volar.
    Y es que, a veces, en unos segundos bien vividos pueden caber un sinfín de sensaciones y emociones.
    Y es que, un segundo vivido con pasión, da para mucho. Y, si no, que se lo pregunten a Andrea.

  • Milagros