PANÓPTICO

El panóptico

¿Podemos entendernos los seres humanos?

El tema de la traducción parece poco importante, pero plantea un tema transcendental: ¿Podemos entendernos los seres humanos? Hablo de esto al hilo de una noticia. Amanda Gorman, una poeta totalmente desconocida para mí, saltó a la fama por haber leído un poema en la ceremonia de toma de posesión de Biden. Su poemario The hill we climb, va a ser traducido a muchas lenguas. Hasta aquí nada raro. Pero hace unas semanas Janice Deul, activista cultural holandesa, criticó que Marieke Lucas Riejneveld, escritora premiada, y que se define como de “género fluido”, pero es blanca, fuera a traducir a una poeta negra. La traductora debía ser negra también. En España, encargaron a Victor Obiols la traducción al catalán, pero la agencia de Gorman lo vetó. Esta situación es una muestra más del problema de aislamiento que producen las identidades: solo se pueden comprender desde dentro. La comunicación con otras identidades es, al parecer, imposible. No se trata de una cuestión filológica, sino de ideología política. Siento tener que volver a los “sistemas invisibles”. Parte de la filosofía moderna y posmoderna ha limitado la capacidad del lenguaje para comunicarnos, a la vez que reforzaba su eficacia para distinguirnos. Colaboran así en la campaña de descrédito de la realidad y de la verdad de la que he hablado mucho en este Panóptico. No exagero. Para F.J. Lyotard, gran difusor del posmodernismo, vivimos presos en la heterogeneidad de juegos de lenguaje, sin posibilidad de encontrar denominadores comunes (metadescripciones) universalmente válidos para todos los juegos. 

“No existe un “mundo real” único, preexistente a la actividad mental humana”.

Nelson Goodman 

La realidad viene después del discurso. ¿Les suena? Los psicólogos culturalistas como Robert Schweder, colaboran también en la tarea de deconstrucción:” Las prácticas culturales y sociales transforman la psique humana, de donde no resulta una universidad psíquica para la humanidad, sino una diversidad étnica de mente, self y emociones”. ¿Por qué vamos a quedarnos en lo étnico? Cada cultura de grupo – volvamos a lo trans- crea su realidad. Considerar el lenguaje y el discurso como modo de ser en el mundo, produce y refuerza un enclaustramiento identitario. Un ideólogo de la ETA naciente, José Luis Álvarez Emparanza, “Txillardegi”, consideraba que el euskera era más que una lengua: era un modo de ver el mundo insustituible e irrepetible. Y, por lo tanto, intraducible. Algo así decía Heidegger, que en su barullo espiritista, místico, trascendental y nazi escribió cosas como esta: “La palabra es el acontecer de lo sagrado. Esta palabra aun no oída está conservada en la lengua de los alemanes” ¡Pues qué bien! Desde el Panóptico se ve que las sociedades crean sus propias lenguas -más de siete mil-, que son en primer lugar herramientas internas al grupo. Las tribus defienden el suyo, y de hecho consideran que las otras tribus son “mudas” o bestiales. Los eslavos de Europa llamaban a su vecino alemán nemec, “el mudo”; los mayas del Yucatán llaman a los invasores toltecas nunoh, “los mudos”; los aztecas llamaban a las gentes que estaban al sur de Veracruz nonulca, “los mudos”; Colon pensaba que los que no conocían nuestra lengua era que no sabían hablar. Consolémonos, peor era el caso de los caníbales del deleta de Iarian, en Indonesia, que se llamaban a sí mismos asmat, que significa “seres humanos”, y designaban a los que no eran del grupo manowe, “comestibles”. Pero la marcha de la civilización ha roto ese enclaustramiento tribal y fomentado la utilización del lenguaje no solo como modo de comunicación intragrupal, sino intergrupal. Y en ese progreso, la traducción ha sido un elemento importante en esa apertura. Esta nota es, pues, un elogio de la traducción. Al fin y al cabo, he nacido en Toledo, cuna de la Escuela de Traductores que educó a gran parte de Europa.

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