El Arte de Narrar

(La Vanguardia)

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Los seres humanos sentimos la poderosa pulsión de contar historias y de escucharlas. Experimentamos una insaciable curiosidad por las vidas ajenas, posiblemente porque nuestro cerebro es esencialmente social y se desarrolló presionado por la necesidad de interactuar con grupos cada vez más numerosos. Robín Dunbar, un estupendo antropólogo, sostiene que la primera finalidad del lenguaje fue advertir de los peligros y hacer posible la cooperación, pero añade que para realizar esas funciones bastaba un lenguaje muy elemental. Lo que provocó la complejidad y sutileza lingüística fue el cotilleo, el gossip, el deseo de hablar de los demás y de enterarse de sus vidas y milagros. De hecho, las estadísticas dicen que es lo que dedicarnos más tiempo de conversación.

Las estructuras narrativas nos sirven para explicar el mundo. Jerome Bruner, uno de mis maestros, sostiene que hay una inteligencia científico-lógica y otra inteligencia narrativa. Los humanos pensaron que una narración era el mejor método para explicar la realidad, antes de que los científicos dijeran que era una ecuación. La facilidad con que los niños comprenden las historias, los cuentos, las películas, demuestra que vienen preparados para ello. Cuando escribí el Diccionario de los sentimientos, tuve que enfrentarme con el complicado problema de definirlos. Llegué a la conclusión de que cada palabra que designaba un sentimiento era, en realidad, una historia condensada. He aquí la historia contada por la ira: una persona (y por extensión, una cosa) me ha ofendido o ha obstaculizado la realización de mis deseos, lo que me provoca una reacción violenta contra el causante. Si puedo vengarme, la ira se desfoga y vuelvo al estado original. Si no puedo desahogarme, sólo hay tres posibles desenlaces de la historia: olvido, perdono o mantengo viva la irritación.

En este caso, la ira se encona, se vuelve rancia, y de esta palabra deriva rencor, que los diccionarios antiguos definen como “cólera envejecida”.

Hace tiempo les hablé de la necesidad de introducir una historia universal de la cultura en nuestros programas educativos. Tenía que estar escrita desde un punto de vista cosmopolita, para evitar errores de perspectiva y etnocentrismos. Las ciencias históricas nos proporcionan datos suficientes, pero lo que no sé es cómo contarlos. Tengo la sospecha de que las nuevas tecnologías nos van a permitir crear una nueva narrativa. Las historias tradicionales eran sencillas, lineales. El cine inventó una nueva manera de contar, no sólo porque mezclara palabras e imágenes, sino porque enlazaba escenas y daba saltos en el tiempo con una velocidad desconocida. La antigua narrativa histórica era secuencial. Una cosa después de otra. Pero eso no hasta. Mientras en Europa sucedía la Revolución Francesa, ¿qué ocurría en China, en Japón o en la América hispana? La historia avanza a diferentes velocidades, con interacciones cada vez mayores. ¿Cómo contarla sistémicamente, como un gran sistema de influencias recíprocas?

La historia es un incesante flujo en el que se estabilizan momentáneamente formas estáticas —naciones, monumentos, instituciones—, ¿pero cómo contar a la vez el dinamismo y la estabilidad? Estamos intentando escribir esa historia como si fuera un gigantesco mapa del metro. Todas las rutas están allí, sin embargo, el lector viajero sólo puede recorrerlas de una en una. Pero puede cambiar de línea, de dirección o tomar el tren en estaciones diferentes.

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