La sabiduría del tiempo
El tiempo y yo somos viejos amigos y constantes enemigos. Mi trato con él ha sido largo, no solo por mi provecta edad, sino porque durante muchos años lo he estudiado con constancia. Lo que me ha interesado siempre es comprobar que hay un tiempo objetivo que miden los relojes, y una experiencia subjetiva del tiempo, que se trenza con la propia conciencia de vivir y no se puede separar de ella. En este caso, a veces vuela y a veces pesa. En las actividades felices -como en el juego infantil- el tiempo se acorta hasta desaparecer. En cambio, cuando estamos aburridos nos oprime y deseamos matarlo. ¡Qué expresión tan extraña! ¿Como vamos a querer matar lo que constituye la textura misma de nuestra vida? Lo que hace insoportables esos momentos es que no tenemos nada con qué llenarlos. Ortega decía con gracia que el animal, cuando no siente ninguna estimulación, se duerme. En cambio, en esa misma situación el humano se mantiene despierto, aunque incomodado por el tedio. Hacemos entonces lo necesario para salir de él, para “divertirnos”, para verternos fuera de nosotros mismos.
La paradójica experiencia del tiempo desvela la paradójica índole de nuestra existencia. Si no nos pasa nada nos aburrimos. Si nos pasan demasiadas cosas, nos angustiamos. Ya lo describió ese buen conocedor del corazón humano que fue Blas Pascal: “La vida del hombre transcurre entre su tendencia al reposo y a imaginarse siempre que la satisfacción de que carece llegará con el reposo. Pero el descanso llega a ser insoportable a causa del aburrimiento que produce. El tedio no dejará de salir del fondo del corazón donde tiene sus raíces naturales ni de llenar al hombre con su veneno, Nada más insoportable para el hombre que estar en perpetuo reposo, sin pasión, sin actividad, Es entonces cuando sin cesar ascenderán desde lo hondo de su alma el tedio, el abatimiento, la tristeza, la congoja, el desabrimiento, la desesperación”.
El modo de experimentar el tiempo obedece a factores caracterológicos y a factores culturales. Hay personas impulsadas a un vivir apresurado, hiperactivo, que les hace cambiar de objetivo, de estímulo constantemente. Hans Eysenck, un gran psicólogo, habló de las “personalidades extravertidas”, sociables, buscadoras de emociones, que aprecian los entornos agitados y ruidosos y odian la soledad y el silencio. Consideraba que estas personas tenían un nivel emocional básico deprimido, y que necesitan buscar la estimulación externa para mantener un nivel emocional confortable. Toleran muy mal el aburrimiento y son capaces de embarcarse en cualquier actividad para librarse de él. Cuando escribí Escuela de parejas advertí de los problemas que surgían cuando los protagonistas no coincidían en su experiencia del tiempo.
Las culturas también difieren en su modo de vivirlo. Unas valoran la permanencia mientras que otras valoran el cambio. Hace treinta años caractericé nuestro mundo posmoderno como fascinado por la ligereza, por la velocidad. Recordaba el consejo que la abuela de Sartre daba al pequeño jean-Paul: Glissez mortels, n’appuyez pas. Deslizaos, no os apoyéis. En aquel momento, en que aparecían las redes digitales, se utilizaba mucho una expresión que ahora ha desaparecido: “surfear en la red”. No había que detenerse, había que saltar de una página a otra, de foro en foro, de imagen en imagen, resbalando de una biblioteca a un banco de datos, de Singapur a Toronto, de la ciencia a la superstición, del chiste a la tragedia, del heroísmo a la infamia. Habíamos descubierto una nueva manera de tratar la información: el vértigo. Como todas las ebriedades, aquella también nos intoxicó con su facilidad. ¿Qué nos queda después de surfear por la información? Un bobo espejismo de sabiduría. Empezamos a despreciar todo aquello que nos exige tiempo. En Estados Unidos se considera que las buenas intervenciones durante los debates políticos televisivos no deben durar más de siete segundos. Pierre Bourdieu, en su libro “Sobre televisión” hace una crítica del “pensamiento veloz”: “La TV privilegia a un cierto número de “fast thinker” que proponen “fast food “ cultural, alimento cultural predigerido, prepensado”. Los artistas ya habían inventado el “fast art”. Un libro que tuvo mucha repercusión porque trataba de las comunidades virtuales que se estaban construyendo – La comunidad virtual de Howard Rheingold,- decía cosas de una ingenuidad esperpéntica. Afirmaba que conectado a la red unos pocos minutos al día durante unas cuantas semanas conseguía “integrar más conocimientos sobre el tema de los que habría conseguido estudiando una carrera universitaria. Tal credulidad me suena a impostura.
Treinta años después, la rapidez se ha instalado gracias a las nuevas tecnologías. Solo se soportan los mensajes cortos, la aparición del scroll permite pasar velozmente de una pantalla a otra. El objetivo es atrapar la atención, mercancía esencial de la nueva economía. La consecuencia es que el debilitamiento de la atención voluntaria, fuente de nuestra libertad, se ha convertido en plaga social. Nuestro modo de vida nos impulsa a estar permanentemente alterados, a acumular experiencias que deben, por supuesto, ser efímeras. Es un síntoma llamativo la aparición del FOMO (“Fear of Missing Out”), el miedo a estar perdiéndose algo. Esto provoca una constante inquietud y una dificultad para aprovechar el momento, porque las cosas de las que no se está disfrutando están presentes, como un gusano en la manzana. Aparece la prisa como el sentimiento de escasez de tiempo crónico.
Las características del mundo premoderno que describí hace tres décadas se han acentuado. El zapping se ha convertido en un modo de vida que nos empuja a pasar de una experiencia a otra, igual que hacemos en Televisión. El mismo impulso que nos lleva al hipertexto, nos lleva al poliamor. Si un programa no nos engancha inmediatamente, pasamos a otro. Lo mismo hacemos en nuestras relaciones personales. SI alguien no satisface mis aspiraciones inmediatamente, desconecto y paso a otra relación. Las nuevas tecnologías lo facilitan. Más aún, lo favorecen, Pero esa aceleración continua, ese no poder reposar en lo conseguido, el esfuerzo por no descolgarse, por no perder la ocasión, el desarraigo permanente, produce un inevitable cansancio. Deseamos tener “tiempo libre” para abarrotarlo inmediatamente. Jean Claude Kaufman, un perspicaz sociólogo francés, ha escrito un libro con un llamativo título: C’est fatigant la liberté. La libertad es muy cansada. No es extraño, pues, que produzca un cierto aburrimiento que explica el auge de los sistemas autoritarios y de la cesión a los sistemas digitales de una parte de nuestras decisiones. Decidir c’est fatigant.
A la vista de las contradicciones y dificultades que provoca el tiempo, es comprensible. que los sabios de todas las épocas hayan sabido que gestionar bien el tiempo era la condición imprescindible para la felicidad. Seneca escribió dos tratados que conviene leer juntos: “Sobre la vida feliz” y “Sobre la brevedad de la vida”. Una de sus obsesiones versa sobre la adecuada inversión del tiempo: “No tenemos escaso tiempo, sino que perdemos mucho”. “Perder el tiempo” es otra expresión que merecería un estudio profundo. ¿Qué significa?
La sabiduría del tiempo es compleja, pero voy a centrarme en dos aspectos. Consiste en saber vivirlo a la velocidad adecuada y en reconocer el momento oportuno, lo que los griegos llamaban kairos.
Elegir la velocidad adecuada es un consejo vacío si no respondemos a una pregunta: ¿adecuada para qué? Para el objetivo que pretendamos, para el valor que consideremos prioritario en un momento dado. Ni la lentitud ni la aceleración son en si buenas ni malas. El proverbio latino “festina lente” (Apresúrate despacio), atribuido al emperador Augusto, revela las contradicciones del tiempo vivido. Por eso, la sabiduría del tiempo dicta una sensata norma: elige el ritmo que sea adecuado a los valores que consideres mejores. En efecto, hay valores de aparición lenta y valores de aparición rápida. Este es el tema central de la sabiduría del tiempo. Pondré como ejemplo una actividad esencial para nuestra convivencia: “cuidar”. Cuidar no es compatible con la prisa, porque exige poner el tiempo a disposición del destinatario del cuidado. El apresuramiento puede significar un tipo de violencia. Por eso, la vida apresurada tiende a ser zafia, dura, áspera, porque “no tiene tiempo para contemplaciones”. Lo mismo sucede con la búsqueda ciega de la eficiencia. Podemos conseguirla, pero tal vez perdiendo cosas muy valiosas en el proceso. El sagaz Aristóteles decía que no se pueden experimentar muchos amores verdaderos, «porque la amistad necesita tiempo». Nadie puede tener miles de amigos ni miles de verdaderos amores.
Nuestro mundo apresurado genera también impaciencia y eso es grave porque trunca la aparición de los valores de aparición lenta. “Paciencia” es una palabra desprestigiada, porque se la confunde con la resignación blanda, con la sumisión o con la pasividad. Los antiguos, en cambio, la consideraban una virtud poderosísima, porque, decían, “nos permite ser dueños de nuestra alma”; es decir, pensaban que era una condición imprescindible para la libertad. Tomás de Aquino escribió: “La paciencia preserva al hombre del peligro de que su espíritu sea quebrantado por la tristeza y pierda su grandeza”. Es la capacidad de mantener el esfuerzo y de aplazar la recompensa. Hay que considerarla una virtud creadora. Vincent van Gogh escribe entusiasmado a su hermano Theo: “¡Hoy he leído una verdadera frase de artista!”. Se refería a una afirmación de Gustavo Doré: “¡Tengo la paciencia de un buey!”. Esto es lo que consideraba Van Gogh una frase de artista, que debería leer la legión de artistas impacientes que padecemos.
El segundo factor que quiero considerar es la oportunidad. Los griegos antiguos distinguían kronos, el tiempo objetivo, mensurable, idéntico, del kairos, que era el tiempo especial para algo, el momento oportuno. Los tratadistas del arte de gobernar siempre han elogiado en el gobernante su capacidad para elegirlo, para determinar el timing de la acción. Hablando de Fernando el Católico, a quien consideraba el perfecto político, Andrés Mendo, en su Príncipe Perfecto y Ministros Ajustados (Lyon, 1662), escribe: “La mayor cordura del príncipe es aguardar la ocasión, ceder al tiempo, sufrir con paciencia y disimular hasta la sazón oportuna”. “Ceder al tiempo” me parece una expresión notable. Se trata de no apresurar la maduración, de no precipitarse. Un refrán castellano lo dice con una expresión curiosa: “Hay que dar tiempo al tiempo”. Si no queremos reducirla a una tonta tautología, debemos admitir en ella dos significados distintos de la misma palabra. En un caso, designa el “tiempo objetivo”, en el otro, “el tiempo adecuado de maduración”.
La sabiduría del tiempo intenta armonizar todas estas dimensiones. Como dice un venerable libro sapiencial -el Eclesiastés- “hay un tiempo para llorar y otro para reír; un tiempo para estar triste y otro para bailar de alegría. Hay un tiempo para esparcir piedras y otro para recogerlas; un tiempo para abrazarse y otro para dejar de abrazarse”. La naturaleza tiene sus propios ritmos, explosivos como el florecer del hibiscus, encalmados como el granar del trigo, solemnes como el despliegue poderoso de la sequoia. Lo mismo ocurre con los asuntos humanos. Uno es el «tempo» de la ocurrencia y otro el de la argumentación. La consigna es breve, el razonamiento largo. La comprensión súbita, pero el aprendizaje lento. El enamoramiento fulgurante, el amor cuidadoso.
Hay que ser rápido en responder a la injusticia. Hay que ser paciente al escuchar. Hay que ser veloz en ejecutar lo decidido. Hay que tener calma para decidir. La eficacia es rauda, la ternura lenta. La prisa corta por lo sano, prescinde de las formas, no se anda con contemplaciones, va derecha al grano. Pero esa óptica del apresuramiento es ciega para los valores de aparición pausada, entre los cuales se encuentran la amabilidad, la verdad y ciertos tipos de belleza. Vistas a la carrera, todas las cosas son de usar y tirar. La sabiduría del tiempo es una condición imprescindible para la felicidad.


