Dibujar

(Ballesol)

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Confieso mi pasión por el dibujo. Me parece ma­ravilloso que con elementos tan simples como un lápiz y un papel se puedan conseguir obras de arte maravillosas. Pero hoy no pretendo hacer un elogio, sino darles un consejo: Dibujen. Ya sé lo que me van a decir: “Es que no sé dibujar”. Es curioso que un niño nunca diga eso. Los niños, a la menor invitación, se lanzan alegremente a emborronar un folio. Y disfru­tan… como niños. A los mayores nos entra una timidez perezosa. Tememos hacer el ridículo, parecer infantiles, y cosas así. No hagan ni caso a esas preocupaciones. No les animo a que dibujen porque piensen que van a conseguir obras para colgar de su habitación, sino para una cosa más importante. El mundo les va a parecer más atractivo. ¡Milagros de la inteligencia humana! Se lo voy a explicar. Podemos mirar lo que tenemos alrededor de dos maneras. Una, guiados por un proyecto. Otra, sin proyecto alguno. Si se me han extraviado las gafas, las busco. Es decir, miro con un proyecto. Cuando un ca­zador pasea por el campo, se fija en las huellas de sus presas, porque quiere cazar. Cuando un jardinero vigila sus plantas se fija en el color y tersura de las hojas, en la humedad de la tierra, porque disfruta teniendo un jardín bonito. Estos son sus proyectos, que hacen a la realidad interesante. Cuando no tenemos ninguno, nuestra visión de la realidad es pasiva, rutinaria, y claro está, nos aburrimos. El aburrimiento no está tanto en las cosas como en nuestra forma de mirarlas. “¡Ojalá pu­diera mirarlas con interés!”, me dirá alguno de ustedes. Ya sé que a veces es difícil, pero les proporciono un pro­cedimiento infalible. Intenten dibujarlas. Mire una cosa con el proyecto, con la intención de representarla en un papel. A mis alumnos suelo ponerles un ejercicio. “Co­ged una hoja de un periódico. Arrugadla como si fuerais a tirarla a la papelera, pero no lo hagáis. Ponedla encima de la mesa, delante de vosotros, e intentad dibujarla”. ¿Por qué no lo hace usted también? Es un experimento sencillo. Algo tan insignificante, tan falto de atractivo, como una bola de papel se convierte entonces en un pai­saje muy complicado, hay crestas, valles, cuevas, perfiles quebrados. Dibujar es descubrir las lineas que definen las cosas. Eso es lo importante. Representarlas después en el papel es secundario. Lo decisivo es saber mirar, fijarse en esas formas que de puro acostumbradas ya no vemos. Miren con detenimiento un vaso, una taza, los anillos del borde, el círculo del plato, la rotunda curva del asa. O miren una flor, o su mano. Betty Edwards, una famosa profesora de dibujo, recomendaba un méto­do curioso. Coja un dibujo, póngale delante de usted al revés, e intente copiarlo. La impresión es curiosa, porque tenemos que hacerlo de una forma muy elemental, sin darnos casi cuenta de lo que estamos dibujando, pero los resultados son muy llamativos.

Del dibujo se saca otro beneficio. Es el gran edu­cador de la atención. Exige que nos fijemos mucho y además nos proporciona una meta que alcanzar, lo que siempre es un gran estímulo. Vamos a hacerlo y vamos a intentar hacerlo un poco mejor que ayer. Vin­cent van Gogh, uno de los pintores más conmovedo­res del siglo pasado, no sabía dibujar y, sin embargo, escribía entusiasmado a su hermano: “En todos los rincones veo objetos maravillosos. Voy a dibujarlos. Lo haré una vez, y si no lo consigo, lo haré diez o cien veces. Pero la belleza de lo que veo quedará apresada en el papel”. ¿Por qué no siguen mi consejo y, ahora mismo, dejan la revista, buscan un lápiz y un papel y se ponen a dibujar lo que sea?

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