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PANÓPTICO

El panóptico

Política Ancestral y Política Ilustrada

El Panóptico 30 Política ancestral y política ilustrada

El enfrentamiento entre Israel y Palestina se ha recrudecido en estos días, y crece el escepticismo ante la posibilidad de resolver un conflicto tan profundamente enraizado. Desde que en 1957 apareció la primera revista dedicada a la solución de conflictos – Journal of Conflict Resolution. A quarterly for research related to war and peace, (Universidad de Michigan)- han proliferado los centros de estudios y de mediación y las publicaciones sobre estos temas. Pero una y otra vez el recurso a la violencia se impone.

Parece que los humanos no somos capaces de vivir en paz. Se confabulan para ello elementos psicológicos, sociales, y económicos.  “Need, Creed and Greed”, la necesidad, las creencias y la codicia son factores omnipresentes (Arnson, C.J. y Zaartman I.W (Eds) Rethinking the Economics of War. The Intersection of Need, Creed and Greed). La Ciencia de la evolución de las culturas, que inspira estos Panópticos, trata de comprender esos mecanismos que se disparan de forma automática, y que sólo conociéndolos podremos controlar.

Hagamos un poco de historia. Con la vida aparecieron en el universo las necesidades y con ellas el problema de satisfacerlas. La inteligencia ha aumentado los deseos, las expectativas y las necesidades humanas, ampliando así los problemas a resolver. Somos seres expansivos, lujosos, competitivos y con afán de poder. Un coctel creativo y peligroso. Como señaló Tomás de Aquino, “los deseos que proceden de la inteligencia y no de la fisiología, son infinitos” (Sum.Theol. I-II.30,4). Pero somos, al mismo tiempo, seres sociales que necesitamos vivir juntos y cooperar. Solidarios insolidarios, decía el viejo Kant. Esta contradicción nos convierte en archiproblemáticos. La inteligencia humana crea sin parar nuevos problemas y se esfuerza por resolverlos.

En el Panóptico 17 (el Panóptico es una red que deberá irse haciendo cada vez más amplia y más tupida) ya expliqué que las necesidades y deseos pueden ser incompatibles. El deseo de sobrevivir del cazador y de su presa lo son. En los animales sociales, hay una pugna por la jerarquía e, inevitablemente, uno gana y otro pierde. La fuerza es la última instancia. Los humanos hemos heredado también esa forma natural de resolver los conflictos, pero nos hemos esforzado en buscar otros modos de hacerlo, en los que la fuerza, la violencia, no sea el recurso definitivo. Llamaré “política ancestral” a esa herencia de nuestros antepasados animales. Está en el origen de las invasiones, del derecho de conquista, del colonialismo, de la “realpolitik” de todos los tiempos. Sostiene que no se puede hacer política con principios morales. La razón de Estado es imprescindible y a la vez perversa. Maquiavelo ya lo había advertido:

“Debéis saber que hay dos maneras de combatir: una, con las leyes; otra, con la fuerza. La primera es propia del hombre; la segunda es la de las bestias. Pero como la primera, muy frecuentemente, no basta, conviene recurrir a la segunda. Por eso es necesario un príncipe que sepa usar bien de la bestia y del hombre”.

La “política ancestral” es la natural, la más fácil, la que aparece cuando nos dejamos llevar. Penetró durante siglos la acción política internacional en todos los niveles.  El principio romano uti possidetis iuris, que autorizaba a la parte beligerante a reclamar el territorio que había adquirido tras una guerra, fue declarado principio de Derecho Internacional en la Conferencia de Berlín (1884-1885) en que las grandes potencias se repartieron África, y ha sido utilizado por la Corte Penal Internacional al menos hasta 1986.  En 1452, la bula Dum diversas, publicada por el papa Nicolás V, autorizaba al rey de Portugal “a atacar, conquistar y someter a los sarracenos, a capturar sus bienes y sus territorios, a reducir la presa a esclavitud perpetua y a traspasar sus tierras y propiedades al rey de Portugal (Carles R. Boxer, The Portuguese Seaborne Empire, 1415-1825 ,1969, 21).

La “política ancestral” sigue vigente. Se basa en dos premisas:

  1. La oposición amigo-enemigo es la esencia de la política.
  2. El triunfo de la política es la aniquilación del enemigo o, al menos, su sometimiento.

Este modelo lo expuso Carl Schmitt, ideólogo nazi y de los movimientos populistas. Cuando Pablo Iglesias, en su gran momento retórico, gritó: “El cielo no se alcanza por consenso, se alcanza por asalto”, estaba resumiendo brillantemente la “política ancestral”.  Se manifiesta en los enfrentamientos de clase, ideológicos, religiosos. Toda polarización – y de hecho el sistema actual de partidos entero- manifiesta este enfoque conflictivo de la política. La única salida es la derrota, por ventura en las urnas en las democracias. Otra salida puede ser el pacto, pero, si se hace desde posturas enfrentadas, suele ser un compromiso precario para salir del paso.  Cada una de las partes lo firma con el propósito de cambiarlo al tener suficiente poder. Un ejemplo: al redactar el artículo 27 de la Constitución sobre el sistema educativo, las partes enfrentadas no llegaron a un acuerdo. Para desencallar la situación se llegó a un “pacto” que dejaba en suspenso muchas cuestiones que cada partido confiaba en definir a su manera al llegar al poder.

Frente a esa idea belicosa se ha mantenido también a lo largo de la historia otro modo esperanzado, “supra-natural”, podríamos decir, de hacer política. No se centra en el enfrentamiento amigo-enemigo, ni en la dialéctica de la fuerza, ni en juegos de suma cero, sino en el afán de transformar el conflicto entre dos fuerzas en un problema común a resolver.  La dialéctica victoria-derrota es sustituida por la dialéctica solución buena-solución mala. Es un salto de nivel que supone una reformulación de la política, que no acaba de cuajar. La llamo “política ilustrada” porque la Ilustración -inglesa, americana, francesa- perfeccionaron ese modelo esbozado a lo largo de la historia. Los aspectos que lo definen son el multiculturalismo, el reconocimiento de derechos individuales, la universalidad de los valores, la participación en el poder político, el rechazo a la fuerza como fuente del derecho y una optimista confianza en la razón y en la persuasión. Es una política de suma positiva, win-win, en la que todos los contendientes pueden resultar beneficiados a lo largo del tiempo. Para el estafador es perjudicial someterse a un tribunal justo que le condena. Pero, a la larga, le resulta beneficioso que existan tribunales justos. Como corroboración de la universalidad de las dos tradiciones políticas -ancestral e ilustrada- recordaré que durante los 80, hubo en China un poderoso movimiento intelectual reclamando una “ilustración” (qimeng), con los valores que antes he mencionado.  La involución de 1989 (Tianamen) la reprimió.

No se centra en el enfrentamiento amigo-enemigo, ni en la dialéctica de la fuerza, ni en juegos de suma cero, sino en el afán de transformar el conflicto entre dos fuerzas en un problema común a resolver.

Esta política sensata choca contra fuerzas emocionales muy poderosas, difíciles de extirpar. Es una gigantesca, precaria y difícil creación humana, por eso digo que se mueve en un nivel supra-natural, como la ética. Tucídides, en Historia de la guerra del Peloponeso ejemplifica las dos políticas. La isla de Melos, aliada de Esparta, se niega a someterse al poder ateniense. Atenas envió embajadores para vencer definitivamente esa resistencia. En este caso, los melios representan la “política ilustrada”. Apelan a una idea de justicia para disuadir a los atenienses de sus pretensiones de dominación. Tratan de convencerles sobre la base de una concepción compartida de lo que deben ser las relaciones entre comunidades políticas. En cambio, los atenienses representan la “política ancestral”. Se saben más poderosos y quieren “negociar” sus condiciones. No hay acuerdo. Los griegos conquistaron la isla y, según Tucídides, “mataron a todos los melios adultos que apresaron y redujeron a la esclavitud a niños y mujeres”.
Lo que permite pasar de la “política ancestral” a la “política ilustrada” es convertir el conflicto en un problema a resolver. Pondré dos ejemplos españoles:
Los movimientos independentistas y los enfrentamientos sobre el modelo educativo. La “política ancestral” los plantea en términos de victoria de una facción. La “política ilustrada” en términos de “problema” a resolver:

¿Cómo conseguir que las justas pretensiones nacionalistas y no nacionalistas puedan satisfacerse? ¿Cómo conseguir que nuestros alumnos tengan éxito educativo?

Quiero insistir en que ese paso es difícil, porque va en contra de propensiones instintivas muy fuertes. Conviene recordar que los europeos tenemos una tradición muy belicosa. Por eso la Comunidad europea es un milagro, que se vuelve frágil en cuanto resuenan voces ancestrales. Europa, un continente pequeño y dividido, acabó dominando el mundo por su agresividad y su pasión competitiva y expansiva. El elogio a la guerra como motor de progreso ha sido constante. “Es un fenómeno en el que lo que está en juego es el poder espiritual” (Scheler), “Lo que compite no son las armas, sino la voluntad” (Klausewitz). “La guerra hace que el mundo sea comprensible, un cuadro en blanco y negro que divide a buenos y malos. Por desgracia, a veces la guerra es la herramienta más poderosa de que dispone la sociedad humana para alcanzar el sentido” (Hedges, C., La guerra es la fuerza que nos da sentido, Síntesis, 2003). El historiador Ian Morris, en su libro ¿Para qué sirve la guerra? defiende que la guerra es el gran motor del progreso, que ha producido cambios beneficiosos y que uno de ellos será acabar con la misma guerra. Pero esta última y esperanzadora conclusión no resulta muy convincente. La campaña ideológica que ha comenzado China, se basa en presumir de que su cultura no ha sido nunca agresiva, y que su tradición confuciana la lleva a preferir la armonía al conflicto. (Lo explico en la sección  HE LEÍDO).

Solo pensamos en la paz cuando estamos en guerra, porque queremos huir del dolor.

Lo cierto es que somos una especie competitiva que no acabamos de dar un contenido atractivo a la paz. Nos ocurre lo mismo que a los teólogos católicos, capaces de describir con gran elocuencia los horrores del infierno, pero no las delicias del cielo. Solo pensamos en la paz cuando estamos en guerra, porque queremos huir del dolor. Pero cuando se vive en paz, emergen las pasiones expansivas, de cambio, de competición, de envidias, de codicias. La paz ha tenido mala prensa. Ya Juvenal escribió una frase que estremece: “Nunc patimur longae pacis mala”. “Ahora padecemos los males de una larga paz”. Resulta sorprendente la explicación que da: “Se nos ha venido encima el lujo, más corrosivo que las armas (…) Ningún crimen ni acción lujuriosa nos falta desde que la austeridad romana desapareció” (Sátira VI, 290-295). Kant, que aspiraba a la paz universal, reconocía en su Crítica del juicio que “una larga paz suele hacer dominar el mero espíritu de negocio, y con él el bajo provecho propio, la cobardía y la debilidad, rebajando el modo de pensar del pueblo”.  Marx, en La ideología alemana, cuando quiere explicar cómo será la vida después del triunfo del comunismo, su imaginación es muy pobre: “podrá dedicarse por la mañana a cazar, por la tarde a pescar y por la noche a apacentar el ganado”. La paz aparece, así como una calma aburrida y laboriosa, que hace que mucha gente añore emociones más fuertes. Tácito (55-120 d. C) señalaba que las tribus germánicas preferían “desafiar al enemigo y ganar el honor de las heridas”, al duro trabajar.  “Les parece aburrido y estúpido adquirir con el sudor de su trabajo lo que pueden conquistar con su sangre” (Germania, 14).

Ortega comprendió bien la situación. Se dio cuenta de que era necesario “inventar la paz”, porque no era una situación ni obvia ni natural. La naturaleza es una permanente y cruel lucha por la vida. “El enorme esfuerzo que es la guerra -escribió- solo puede evitarse si se entiende por paz un esfuerzo todavía mayor, un sistema de esfuerzos complicadísimos y que requieren la venturosa intervención del genio. Lo otro es puro error. Lo otro es interpretar la paz como el simple hueco que la guerra dejaría si desapareciese; por lo tanto, ignorar que si la guerra es una cosa que se hace, también la paz es una cosa que hay que hacer, que hay que fabricar, poniendo a la faena todas las potencias humanas (…). La ausencia de pasiones, la voluntad pacifica de todos los hombres, resultarían completamente ineficaces, porque los conflictos reclaman solución y, mientras no se inventase otro medio, la guerra reaparecería ´inexorablemente”.

Hace falta una creatividad poderosa para inventar la paz. Y debe comenzar provocando un cambio de actitud, de cultura, para reescribir en términos de problema lo que se había vivido en términos de conflicto.

Reconocer las dificultades es el primer paso para resolverlas.

No se pueden proponer soluciones sencillas a problemas complejos. Sobre todo, a los que fueron planteados por una “política ancestral”, que creó una situación de hecho sobre la que se han construido intereses, agravios y resentimientos. Resulta chistoso aquel comentario atribuido a un diplomático optimista: “No sé por qué se preocupan tanto por el conflicto judío palestino, cuando la solución es muy sencilla: Basta que todos se comporten como buenos cristianos”. No es posible pasar del régimen del conflicto al régimen del problema, sin un acuerdo previo en querer resolverlo, sin la evaluación de la legitimidad de las pretensiones. Hace falta una firme decisión de realizar un trabajo de elaboración del problema (parecido al que se da en la elaboración del duelo), de aprendizaje adaptativo, dice Heifez (Liderazgo sin respuestas fáciles, Paidós). No basta, como pensaba Habermas, con un diálogo de todas las partes implicadas, sino que hay que hacerlo a sabiendas que todos deben evolucionar en el mismo proceso de solución. En él no deben implicarse solo los políticos, sino la ciudadanía entera. El nivel de “capital social” de esa ciudadanía hará posible o no l solución. En el caso de bajo capital social, lo ilustrado es intentar elevarlo. Lo ancestral, exacerbar la hostilidad.

No olvidemos que en los conflictos se mezcla una situación objetiva y la interpretación subjetiva de los participantes. Dos investigadores, Oded Adomi Leshem y Eran Halperin, que estudian la psicología humana para facilitar la resolución de conflictos, nos dan algunas pistas al estudiar el conflicto palestino-israelí. Preguntaron a ciudadanos de ambos países por su idea de paz y comprobaron que era diferente. En un conflicto asimétrico, explican, el significado de la palabra “paz” depende de si perteneces al grupo favorecido o desfavorecido. Es decir, cuando israelíes y palestinos se sientan a negociar la “paz”, unos van pensando en llevarse bien y otros en reparar injusticias. “Aunque los participantes de ambos lados pueden estar muy motivados para promover la paz intergrupal, los palestinos a menudo se irritan cuando los israelíes no ven la conexión entre la paz y la justicia”.

“No es posible pasar del régimen del conflicto al régimen del problema, sin un acuerdo previo en querer resolverlo, sin la evaluación de la legitimidad de las pretensiones.”

Los israelíes también pueden sentirse frustrados porque su deseo de establecer una colaboración con los miembros del grupo desfavorecido se encuentra con la desaprobación. Esta discrepancia, explica Leshem, es una condición universal de la humanidad, no algo anecdótico de Oriente Medio. “Creemos que las lecciones de este estudio pueden generalizarse a otros conflictos”. Este problema también se da con otros conceptos, cuando líderes o colectivos mencionan “diálogo” o “acuerdo”. “Exactamente”, afirma Leshem, “las diferencias en la forma en que la gente interpreta palabras como acuerdo o justicia pueden conducir a malentendidos y a intensificar los conflictos”. Por tanto, los representantes políticos deberían gastar algunas energías en definir previamente el marco mental en el que se van a mover, para evitar frustraciones al llegar a la mesa de diálogo. “Los líderes que realmente aspiran a la paz deben comprender que el concepto de paz no es evidente. Deben escuchar la interpretación de su oponente de lo que es la paz y explicar su propia interpretación”, asegura Leshem. Y añade: “El diálogo no debe centrarse solo en la pragmática de los acuerdos de paz, sino en la esencia de la idea de paz”. Porque, a pesar del tópico, desear la “paz en el mundo” puede ser de lo más conflictivo si no aclaramos antes lo queremos decir cuando decimos “paz”. Intentemos aplicar estos consejos a la mesa de negociación sobre Cataluña que está a punto de inaugurarse.

Cuando escribo este Panóptico se debate si se debe conceder el indulto a los condenados por sedición tras los sucesos del 1 de octubre en Cataluña.  Si se concede como elemento de negociación, dentro del marco de la “política ancestral” en que siempre se ha planteado el enfrentamiento nacionalista, no creo que sirvan para nada. Pueden, en cambio, ser útiles si entran dentro de un proceso de “aprendizaje adaptativo”, lejos de la dialéctica de vencedores y vencidos.

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