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Ciudadanos o espectadores

La batalla por el pensamiento crítico: populismo y desinformación en el siglo xxi

¿Qué papel juega la desinformación en el ascenso de los populismos y los gobiernos autoritarios?

Muchos fenómenos sociales muy visibles tienen una historia oculta que llevo tiempo intentando comprender. Para ello he elegido como método la «psicohistoria»: la aplicación de lo que sabemos de psicología a la historia social, cultural, polí-tica o económica. En el caso de los populismos y de los go-biernos autoritarios es preciso analizar un fenómeno previo: el debilitamiento del sujeto, es decir, de su capacidad de to-mar decisiones, de soportar la presión del entorno, de elabo-rar un pensamiento crítico, de luchar por liberarse de poderes absolutos. La psicología actual ha detectado la aparición de un sujeto ameboide, líquido, fluido. Desde la perspectiva de la teoría de la inteligencia dual defiendo que este fenómeno puede interpretarse como una debilidad de las funciones eje-cutivas de la inteligencia, a saber, la capacidad de inhibir el impulso, dirigir la atención voluntaria, controlar las emociones, construir adecuadamente la memoria y poder reflexionar sobre los propios procesos de pensamiento. El efecto negativo de la cultura actual sobre alguna de estas funciones —por ejemplo, sobre la atención— es evidente. Muchos estudios indican que el uso masivo de las tecnologías digitales está disminuyendo la capacidad de atención voluntaria.

En Biografía de la Humanidad dividí la historia cultural en dos grandes períodos: la edad de la obediencia y la edad de la rebeldía. La Ilustración, con su defensa de la razón, la libertad y la autonomía, supuso un fortalecimiento intelec-tual y político del sujeto, lo que condujo, entre otras cosas, a la democracia. En la actualidad, una confluencia de inte-reses favorece la aparición de un sujeto crédulo, pasivo, gre-gario, aislado y antiilustrado. Unir «gregario» y «aislado», que parecen antónimos, no es un despiste. Una caracterís-tica del mundo conectado es que favorece las «muchedum-bres solitarias» (David Riesman). A este apagamiento del sujeto han colaborado distintas instituciones sociales, no porque exista una conspiración mundial, sino porque todas ellas necesitan persuadir a la gente, y eso, aunque sea con un fin lícito, tiene como efecto secundario fomentar la cre-dulidad. La educación adoctrinadora es un ejemplo de bue-nas intenciones y de malas consecuencias. La democracia se basa en la opinión pública, por lo que quienes aspiran al poder necesitan convencer a los votantes, y prefieren que sean fáciles de persuadir. Por su parte, el mercado utiliza la publicidad para vender sus productos, y le conviene más fo-mentar las compras compulsivas que las compras reflexivas. Por su parte, las religiones se basan en la fe, en la confianza en la autoridad, y consideran que la obediencia es la princi-pal virtud del creyente. Conclusión: nadie quiere un sujeto crítico e independiente

Un sujeto débil es lo que une populismo y autoritarismo. El populismo pretende convertir al Pueblo en sujeto político, para lo cual debe amortiguar su individualidad, someterle a un pensamiento hegemónico (Gramsci, Laclau). Esa unani-midad popular está relacionada con la «voluntad general» de Rousseau, que lejos de impulsar a una democracia deliberati-va, conduce, como advirtió Hegel, a la exclusión de los disi-dentes. Los populismos necesitan un liderazgo fuerte, capaz de conformar al pueblo y dirigirlo. Por su parte, el individuo convertido en Pueblo queda sometido a la psicología de ma-sas, cae en un estado de fusión emocional fácilmente mani-pulable. El líder carismático propone soluciones sencillas, que resultan atractivas si previamente se ha eliminado todo pen-samiento crítico. Usa, pues, la desinformación, que es inme-diatamente absorbida por los sujetos crédulos.

¿Hasta qué punto las redes sociales han contribuido a debilitar las democracias occidentales?

El éxito de las redes sociales está provocando un nuevo modo de relación social, que también aumenta la credulidad y la su-misión. La explicación es fácil. En una red hay dos elementos fundamentales: los enlaces y los nodos, que es donde esos en-laces se encuentran. Parece que lo importante en una red son los enlaces, los canales por los que transita la información, y, sin embargo, lo realmente importante son los nodos, que re-presentan a las personas. El único modo de sobreponerse a la presión de las redes es conformando nodos potentes, selecti-

vos, activos, críticos. Y a las grandes plataformas no les interesa fomentar este tipo de sujeto. Un nodo chiquito, jibarizado, aumenta el poder de la red.

Las redes han colaborado a lo que he denominado «triun-fo de Skinner»: funcionan como fuentes permanentes de pe-queños premios que crean adicción, y también de compara-ción continua, de búsqueda obsesiva del prestigio. Lo importante es que el usuario se mantenga en línea el mayor tiempo posible. La psicología social sabe muy bien que los individuos se pueden despersonalizar al vivir en «estado de masa»; pues bien, ese fenómeno se está convirtiendo ahora en vivir en «estado de red». Estamos fomentando personalidades reticulares, meros soportes de la red. Cuando decimos, con notoria frivolidad, que todo el conocimiento está en la red, y pensamos que eso nos capacita de alguna manera, estamos disparatando. Lo que está en la red solo puedo comprenderlo desde mi memoria personal. Si esta está vacía, la red resulta impenetrable e incomprensible.

Esta constatación ha resultado una sorpresa desagradable. Cuando nació la galaxia Internet, se pensó que iba a aumen-tar la libertad y la racionalidad de la humanidad. Así lo creían los hackers de los comienzos de la era digital, que no eran unos gamberros ni unos delincuentes, sino «personas que se dedi-can a programar de manera apasionada y creen que es un de-ber para ellos compartir la información y elaborar software gratuito», como explica Pekka Himanen. Wikipedia aparecía como el ejemplo de inteligencia colaborativa y generosa más colosal de todos los tiempos. Sin embargo, las esperanzas de

democratización y liberación a través de internet no se han cumplido. María Ressa, premio Nobel de la Paz, advierte en un reciente libro que las redes sociales están permitiendo que sean elegidos democráticamente líderes autoritarios que, una vez en el poder, desmoronan las instituciones desde dentro. El peligro de las nuevas tecnologías no está en el mal uso, sino en algo más profundo que tiene que ver con la tópica fra-se de McLuhan: «el medio es el mensaje». Internet y su última creación —las redes sociales— están debilitando el deseo de li-bertad. Los avances de la inteligencia artificial siguen la misma línea. Están fomentando una libertad anémica. Difunden un espejismo de libertad, que se reduce a poder elegir entre varias opciones dentro de un marco impuesto. Por ejemplo, puedo escoger entre muchas plataformas digitales y entre miles de se-ries. Lo que ya no sé es si puedo vivir sin series. Alessandro Ba-ricco, en The Game, un libro muy perspicaz, reconoce que ne-cesitamos comprender este mecanismo paradójico para no ser tecnófobos ni tecnófilos ingenuos. El aumento de posibilidades de elección no aumenta la libertad si se da dentro de un marco cerrado, que puede ser, además, un marco de insensatez. La po-sibilidad de elegir para suicidarme entre pastillas, pistola, cu-chillo o ventana no aumenta realmente mi libertad. Que en un gigantesco supermercado se ofrezcan miles de opciones satis-factorias puede hacer olvidar que uno está dentro de «un» su-permercado, con una «maravillosa diversidad de lo mismo», como dice El Roto. Empieza a haber muchos tecnólogos asus-tados. «Las redes sociales están desgarrando a la sociedad», afir-ma Chamath Palihapitiya, que fue vicepresidente de Facebook, encargado del crecimiento de usuarios. Tristan Harris escribe:

«Puedo ejercer control sobre mis dispositivos digitales, pero tengo que recordar que al otro lado de la pantalla hay un millar de personas cuyo trabajo es acabar con cualquier asomo de res-ponsabilidad que me quede». Su testimonio es relevante porque formó parte como experto de ese millar de personas, mientras trabajaba en Apple, Wikia, Apture, y Google. Siva Vaidhyana-than, en su notable libro Anti-social media, escribe que Face-book nos engancha como una bolsa de patatas fritas: «Ofrece placeres frecuentes y banales». Harari advierte: «Podrías ser per-fectamente feliz cediendo toda la autoridad a los algoritmos y confiando en ellos para que decidan por ti y por el resto del mundo». Resumiré todos estos avisos en una frase de Sean Par-ker, primer presidente de Facebook: «Solo Dios sabe lo que le estamos haciendo al cerebro de nuestros hijos». Algo sí sabe-mos, y deberíamos recordarlo.

Las redes sociales son muy eficientes para suscitar emo-ciones, como el miedo o la furia. Un estudio de la Universi-dad Beihang de Pekín, que ha analizado más de setenta mi-llones de mensajes, llega a la conclusión de que el enfado se propaga más deprisa en las redes sociales que otras emociones, y es contagioso, pues incita a los que entran en contacto con mensajes coléricos a enviar otros del mismo jaez. Molly Croc-kett, de la Universidad de Yale, llega a las mismas conclusio-nes: las redes exacerban el enfado; «La furia es un fuego y las redes sociales la leña», ha escrito. Laurent de Sutter, en su en-sayo Indignacion total, ha descrito la «adicción al escándalo». El 53 % de los franceses declaran haber asistido a una ola de

odio en las redes sociales, lo que ha hecho que la Comisión Europea haya encargado estudios al respecto. Han constatado que en los 28 Estados miembros de la Unión, las tres cuartas partes de los encuestados afirmaban haber sido testigos de dis-cursos de odio, amenazas e insultos en internet. La mitad de quienes deseaban participar en conversaciones online renun-ciaron a causa de la violencia de los debates. Un ambicioso estudio sobre la radicalización de nacionalistas blancos reveló que la mayoría de ellos citaba internet, y específicamente You-Tube, como la principal fuente de influencia. Otro estudio sobre personas de extrema derecha en Twitter confirmó que YouTube era con diferencia el sitio en la red al que más acu-dían. No es de extrañar, afirma Gérald Bronner, experto en manipulación cognitiva, que las redes sociales faciliten ese cli-ma agonístico. En la vida ordinaria, la proximidad espacial entre los individuos los obliga a menudo a evitar el insulto o la ofensa; los chats, en cambio, animan a lo que John Suler llama «desinhibición digital». El anonimato también invita a la violencia. El antropólogo John Watson estudió 23 tribus diferentes y comprobó que los que iban a la guerra con más-caras eran más crueles: «Lo que llamo desindividualizacion parecía despertar los instintos más oscuros del hombre».

Facebook se vio envuelto en un feo escándalo cuando se le acusó de haber fomentado la persecución de los rohingya en Myanmar, porque los algoritmos, diseñados para que la gente se mantuviera más tiempo en pantalla, descubrieron que los mensajes que excitaban la furia eran más atractivos. «Los algo-ritmos —escribe Harari en Nexus— tomaron la terrible deci-

sión de extender la indignación» (p. 245). Fue la primera cam-paña de limpieza étnica en la que decisiones tomadas por una inteligencia no humana tuvieron parte de culpa.

En 2017, la periodista francesa Nadia Daam salió en de-fensa de dos militantes feministas acosadas por internautas. A partir de ese momento, comenzó a recibir amenazas de vio-lación y muerte, y su dirección y la del colegio de su hija apa-reció en redes sociales. La policía detuvo a dos individuos que fueron condenados a seis meses de prisión y dos mil euros de multa. Durante el proceso, uno de los acosadores contestó así a la pregunta del juez: «¿Por qué tanta maldad?». «No voy a decir que era para ganar puntos en internet, pero… práctica-mente era por eso». El asunto no paró allí. Tras la condena, comenzaron de nuevo las amenazas para vengar a los herma-nos caídos. Procesaron a los culpables. Uno de ellos confesó:

«Había muchos mensajes. Me dije que superaría a los demás». Por supuesto, en agresividad. Hace falta ser más radical si se quiere llamar la atención. Así observamos lo que algunos han calificado como «salvajismo creciente en la red».

En un mundo cada vez más polarizado, ¿es viable un sistema político funcional que pueda respetar al cien por cien la diversidad ideológica?

No. Ni debe intentarse, porque no todas las opiniones son respetables y, por lo tanto, no hay que pensar en integrarlas todas. El derecho a la libertad de pensamiento y de expresión protege a las personas, pero no al contenido de sus opiniones,

que pueden ser falsas, destructivas, violentas o simplemente estúpidas. Cada una debe someterse a los criterios de evalua-ción adecuados a su contenido. Si es una opinión matemáti-ca, a criterios matemáticos; si es científica, a criterios cientí-ficos. Un terraplanista tiene derecho a expresar sus opiniones, pero no a ser profesor de Geografía en una escuela.

Pero ¿qué pasa con las opiniones políticas? Parece que en este campo es imposible encontrar vías de encuentro. Las dis-putas sobre hechos, suele decirse, pueden resolverse, pero no las disputas sobre valores. ¿Es esto verdad? No, aunque nos hemos acostumbrado a creerlo por la acción de uno de esos virus men-tales que he estudiado en La vacuna contra la insensatez. Citan-do una vez más a El Roto: «Para que alguien quiera permanecer en el infierno solo hay que convencerle de que no hay otro sitio donde ir». Y ese es el convencimiento que se ha extendido.

Históricamente, los regímenes políticos han tolerado muy mal la diversidad porque necesitaban fomentar la cohesión interna. Las guerras de religión tuvieron esa finalidad: era una cuestión de poder más que de verdad lo que se dirimía en ellas. La Paz de Augsburgo, en 1555, selló esas guerras esta-bleciendo el principio Cuius regio, eius religio. La religión del rey debía ser la religión de su pueblo. Ahora hemos pasado al extremo contrario y nos parece que toda diversidad es buena y que la riqueza de perspectivas tiene forzosamente que enri-quecer siempre el debate. Esto es verdad siempre que el en-frentamiento de pareceres esté sometido a un marco ético co-mún: buscar la verdad, escuchar las razones ajenas, reconocer las pretensiones legítimas, y estar dispuesto a aceptar las evi-

dencias más fuertes. En temas políticos, la búsqueda de las mejores soluciones no es una exigencia cognitiva, es un pre-cepto ético. Estoy afirmando una tautología: debemos buscar siempre la solución ética, porque la ética es la que se encarga de encontrar soluciones del máximo nivel. Lo más inteligen-te es seguirlas porque son las mejores, por la misma razón que si se padece una enfermedad infecciosa lo más inteligente es tomar antibióticos. Para hacerlo es preciso querer curarse, y en el caso de la política parece que no queremos hacerlo, es decir, que preferimos la competición a la cooperación. Nues-tros sesgos cognitivos y afectivos, nuestras «chapuzas evoluti-vas» pueden hacernos rechazar las soluciones. Desde Maquia-velo se da por sentado que la política debe separarse de la ética. Así lo hace la Realpolitik o la Machtpolitik, que han re-gido casi siempre la historia. La «razón de Estado», uno de sus criterios, justifica cualquier atrocidad en defensa del poder. Pero es posible otra política. Como he mostrado en la His-toria Universal de las soluciones, la política es la encargada de buscar soluciones. Para ello, puede plantear los enfrentamien-tos en formato conflicto o en formato problema. «Conflicto» etimológicamente procede del verbo fligo, que significa «cho-que». En este enfoque, una fuerza se opone a otra. Lo que se busca es la victoria. Es un juego de suma cero, donde uno gana y el otro pierde. En cambio, en el formato problema, el enemigo no es el oponente, el enemigo de ambos es el pro-blema, con el que hay que acabar. Esta política heurística bus-ca ser un juego de suma positiva. Sería la política más inteli-gente, pero, como he dicho, tiene en contra numerosos sesgos

cognitivos y afectivos. El objetivo de mis libros y de la Aca-demia del Talento Político abierta en mi web (joseantonio-marina.net) es acercarnos a la Gran política heurística, cen-trada en la resolución de problemas.

¿Estamos asistiendo al fin de la hegemonía estadounidense y al ascenso de una nueva era liderada por China?

Parece haber un consenso en la idea de que la hegemonía es-tadounidense ha acabado, porque ha surgido otro coloso eco-nómico y político: China. Estados Unidos, en la era Trump, oscila entre un aislacionismo defensivo, que se desinteresaría de su posición mundial, preocupado solo por su grandeza in-terior, y un intento de recuperar un protagonismo basado en la fuerza militar y económica, prescindiendo e incluso ridicu-lizando el soft power. En cambio, China, al tiempo que forta-lece su economía y su fuerza militar, ha lanzado al mundo una propuesta ideológica que está resultando atractiva a mucha gente. Se basa también en el debilitamiento del sujeto, en el desdén por su libertad, y lo aprovecha utilizando las técnicas de Skinner sobre condicionamiento social, pero utilizando una potente y sofisticada tecnología digital. El modelo polí-tico lanzado por Xi Jinping enfrenta dos modelos de demo-cracia. Según él, la occidental tiene como valor principal la libertad, y eso, a su juicio, conduce al egoísmo, la confronta-ción y la anarquía. En cambio, el modelo democrático chino no se basa en la libertad, sino que tiene como valor supremo

la armonía. Lo importante es conseguir la justicia. Los medios no son importantes. Como dijo Deng Xiaoping, no importa el color del gato, lo importante es que cace ratones.

Xi Jinping, con su propuesta del «sueño chino», está re-cuperando una idea tradicional de la filosofía política china: tianxia. Significa «todo bajo el cielo», y es un intento de uni-ficar a todo el planeta en el respeto a unos valores universales. Se basa en la idea de que la paz no será posible mientras no convirtamos la actual realidad fragmentada en un mundo donde no haya nada exterior. No se trata de unificarlo en un gobierno mundial, que conduciría a la tiranía, sino en un sis-tema que asegure a todos los Estados que las ventajas de for-mar parte de él son mayores que las de mantenerse fuera. Debe ser capaz de configurar entre los distintos Estados una situa-ción de interdependencia de intereses y unas relaciones mu-tuamente provechosas, garantizando así un orden mundial de seguridad universal.

«El sueño del pueblo chino —ha escrito Xi Jinping— está íntimamente ligado al de los demás pueblos del mundo, por lo que en la materialización del sueño chino no podemos permi-tirnos prescindir de un entorno internacional pacífico y de un orden internacional estable. Debemos considerar tanto la situa-ción nacional como la internacional con una visión de conjun-to […] aplicar inmutablemente la estrategia de apertura basada en el beneficio mutuo y el “ganar-ganar”; insistir en la concep-ción correcta de la justicia y de los intereses». (Xi, Informe pre-sentado en el Congreso Nacional del PCCH, 2017, p. 12)

Según Parag Khanna, de la Universidad de Singapur, nom-brado por la revista Squire en 2008 una de las 75 personali-dades más influyentes del siglo xxi, China defiende una de-mocracia libre de debates políticos y de elecciones, gobernada por la tecnología. Las democracias no funcionales serán sus-tituidas por tecnocracias mejor diseñadas, lo que probable-mente redundará en grandes beneficios para los ciudadanos. La conclusión es: «China ofrece una ruta para la gobernanza que las democracias occidentales no ofrecen; se trata de tener tecnócratas con mandatos limitados». (Khanna y Kahnna, Hybrid reality: thriving in emerging human technology Civili-zation, TED Books, versión Kindle, 2012)

Sin embargo, para Xu Jilin, un respetado politólogo chi-no, la idea de tianxia no es compatible con el modelo chino actual, que está contaminado por el nacionalismo importado de occidente en el siglo xix. «El nacionalismo —escribe—siempre ha sido parte integrante de la modernidad, pero cuan-do se convierte en el valor supremo del Estado, puede traer calamidades destructivas al mundo, como en las guerras mun-diales europeas». Por eso propone una «nueva tianxia». ¿Qué tiene de nuevo? Su naturaleza descentralizada y su capacidad para crear un sentido nuevo de universalidad.

Tianxia es un proyecto atractivo, que tiene a mi juicio un punto oscuro. No considera importante la libertad de los in-dividuos, sino solo su bienestar. Aspira a imponer una demo-cracia del mérito, dentro de un partido único que asegure la buena conducta del ciudadano mediante sistemas de control basado en alta tecnología, como el modelo de «crédito social»,

que premia el buen comportamiento y castiga los malos. Es una aplicación de las técnicas de Skinner, lo que nos propor-ciona una conclusión sorprendente. Tanto el modelo tecno-lógico occidental como el modelo político chino han acabado siendo skinnerianos. Su punto de encuentro es el debilita-miento de la autonomía del sujeto. Recuerden que Skinner es autor de dos libros sobre esta cuestión: Más allá de la liber-tad y la dignidad y Walden 2.

Lo que se plantea supone un tipo de condicionamiento que pone al ciudadano absolutamente en manos del poder. Es la abdicación total de la libertad, la aceptación voluntaria de convertirse en un animal doméstico, dócil y, con suerte, eso sí, satisfecho. Tal como destaca el investigador científico Xiao Qiang: «Una vez que funcione plenamente, el Sistema de Crédito Social (SCS) (sobre la premisa de una invasión masiva a la privacidad de los ciudadanos a través del control a gran escala) proporcionará al Estado una variedad de meca-nismos nuevos mediante los que pueda ejercer el control so-bre la población de China».

Una vez establecido, el SCS puede automatizarse y no ne-cesitar la intervención personal, de modo que los ciudadanos experimenten el castigo por «desviarse» de conductas sin si-quiera ver a un agente estatal y sin recurso alguno. El perio-dista Liu Hu narra sus experiencias después de haber sido in-cluido en una lista negra de personas deshonestas: «No había un archivo, no había una orden policial, no había una noti-ficación oficial previa. Simplemente me privaron de las cosas a las que había tenido derecho en algún momento. Lo que en

verdad me atemorizó es que no hay nada que se pueda hacer al respecto. No es posible presentar una denuncia. Estás per-dido en el medio de la nada».

El Partido Comunista Chino se ha alejado de Marx para acercarse a Confucio. Afirma que su modelo de «democracia de partido único» es mejor que la democracia liberal. Reivin-dica que el valor principal para una sociedad no es la libertad, sino la armonía y una «modesta prosperidad». Es su oferta política al mundo. El presidente Xi Jinping, al inaugurar la reunión de la Organización de Cooperación de Shanghái (2018) apeló a Confucio para transmitir su mensaje: «El con-fucianismo, que es una parte integral de la civilización china, piensa que “se debe buscar una causa justa por el bien común”, y promueve la armonía, la unidad y la comunidad comparti-da para todas las naciones». Frente a la competitividad desal-mada de la cultura occidental, defiende una cooperación so-cialista, basada en una «democracia del mérito», no en los partidos. Esta idea ya está calando en el mundo occidental. Daniel A. Bell, autor de The China Model: Political Meritocra-cy and the Limits of Democracy, defiende esa «meritocracia de-mocrática vertical». «Los fundamentos del sistema chino son buenos —escribe— así que, a nivel ideal, creo que deberían ser implementados en el resto del mundo». Piensa que este sistema aún no encaja en los contextos occidentales, pero se pregunta si es mejor «dejar elegir a las personas» o confiar en las «ciencias sociales y las lecciones de la historia» para selec-cionar a los líderes. Lee Kuan Yew, «padre» de Singapur, y una de las principales inspiraciones del modelo meritocrático de

Bell, expresó el mismo dilema de manera más arrogante: «¿Di-cen que las personas pueden pensar por sí mismas? ¿De ver-dad creéis que […] saben las consecuencias de su elección cuando responden a una pregunta de manera visceral, pen-sando en su lenguaje, cultura y su religión? Nosotros sabemos las consecuencias: moriríamos de hambre, sufriríamos distur-bios raciales. Nos desintegraríamos». John Micklethwait, ex-director de The Economist, sostiene que Occidente superó a China gracias a tres revoluciones: la del Estado-nación, la re-volución liberal y el Estado del bienestar. Hoy, según él, ha comenzado una cuarta revolución para diseñar la mejor for-ma de Estado y el mejor sistema de gobierno. Aún no está claro si se inspirará más en la democracia liberal o en nuevas formas de poder autocrático. «China se halla en el centro del debate sobre el futuro de la gobernanza global». (Micklethwait, The global race to reinvent the State, p. 252)

¿Cómo afecta la desinformación impulsada desde el poder político al funcionamiento de los mercados globales?

Como señaló Friedrich Hayek, premio Nobel de Economía, el mercado es más eficiente que las economías socialistas cen-tralizadas porque aprovecha la información proporcionada por los consumidores, el conocimiento disperso en la socie-dad. Los economistas clásicos suponían que el equilibrio del mercado era posible si todos los participantes tenían la infor-mación adecuada, pero esto no sucede. Uno de los fallos del

mercado es la información asimétrica. El que tiene más infor-mación puede negociar mejor. Por ello, toda desinformación altera la buena marcha económica. Pero hay otro aspecto que no ha sido suficientemente tratado en economía: el papel de la publicidad, y de los sistemas de persuasión del comprador. Los economistas empiezan a comprender que distorsionan el mercado porque dirigen las decisiones y alteran los precios. Estos no son el resultado del limpio juego de la oferta y la de-manda, sino un juego de la oferta amañada y de la demanda manipulada (Dan Ariely).

El influjo de la desinformación puede verse en el papel de la publicidad en el mercado, en el funcionamiento del siste-ma financiero, y en su utilización como arma política. Como señaló Herbert Simon, un mundo rico en información es un mundo pobre en atención. Demasiados estímulos impiden la concentración y la elección racional. La lucha por la atención se ha convertido en objetivo prioritario. Lo que no capta la atención, no existe. La publicidad, en sus múltiples formas, se encarga de ello. Como comentó Patrick Le Lay, director de TF1 (Télévision Française 1), su tarea es «vender a una marca tiempo disponible del cerebro de los espectadores». La eco-nomía de mercado no tiene como último fin la producción, sino la venta, que es la que va a realizar el beneficio. Se aca-baron los tiempos en que el sistema productivo tenía que sa-tisfacer las necesidades humanas. En la «sociedad opulenta»

—que, según Galbraith, ha desorientado nuestra actividad productiva—, la producción cae en una exuberancia irracio-nal que tiene que desplegar sus redes de seducción para que

los consumidores sientan la necesidad de comprar. El negocio publicitario es parte esencial de la economía de mercado. Sin embargo, introduce un elemento distorsionador en su buen funcionamiento. El asunto es tan patente que el economista Josef Falkinger, de la Universidad de Zúrich, ha defendido que si se quiere garantizar la racionalidad y la libre competen-cia de una economía rica en información se debería imponer una tasa sobre la publicidad demasiado poderosa, ya que esta sesga la distribución óptima de recursos atencionales, tasa que después habría que repartir a los consumidores víctimas de esa polución publicitaria. Si el papel de la publicidad se to-mara el serio, escribe Yves Citton, «todos los economistas neo-clásicos se convertirían en intervencionistas a ultranza».

En este momento, la producción se puede organizar ma-nipulando la demanda. «Hay muchas posibilidades de que los algoritmos amplifiquen la mediocridad de nuestras elecciones y nos encierren, más que ayudarnos a emanciparnos y a am-pliar nuestro horizonte», dice Bronner. La desregulación del mercado cognitivo nos ha abandonado a unos bucles adicti-vos profundamente arraigados en nuestra naturaleza. Reed Hastings, presidente y CEO de Netflix, hizo durante una con-ferencia una broma —o tal vez no lo era—, que ilustra muy bien el pensamiento con que los líderes de las big tech y las plataformas globales conciben las vidas de sus usuarios. Para Hastings, los humanos tienen un defecto: son humanos y, por eso, necesitan dormir. «El sueño de los humanos es nuestra competencia», llegó a declarar. Si por él fuera, con tal de ga-nar más dinero, los usuarios de su plataforma deberían estar

siempre despiertos y en perpetuo consumo, en una especie de eterno binge-watching (‘atracón de series’). Y afirmó: «El bin-ge-watching es genial porque te da el control». ¿Control sobre qué? Pues, evidentemente, sobre la voluntad de los millones de usuarios de su plataforma, que, para satisfacer su incansa-ble ánimo de lucro, deberían caer en un estado «natural» in-ducido de consumo perpetuo, como espectadores de Netflix, atrapados ante la pantalla.

Pasemos al sistema financiero. La crisis del año 2008 fue producida por una codicia desmedida y por una falta de conocimiento. La captación por la banca de matemáticos al-tamente cualificados para diseñar sofisticadas ingenierías fi-nancieras supuso que los directivos confiaran en unos instru-mentos que no estaban capacitados para entender. Eso es lo que más tarde reconoció Greenspan, expresidente de la Re-serva Federal, y corroboró el presidente del Lehman Brothers después de quebrar. Habían creado los «derivados financieros» que, según Warren Buffet, eran «un arma de destrucción ma-siva social». Andy Haldane, director de Estabilidad del Bank of England, llevó a cabo un estudio de las modernas transac-ciones derivadas y descubrió que algunas contienen millones de líneas de códigos informáticos, una información que su-pera lo humanamente comprensible. Nadie puede entender un instrumento financiero tan complejo. Lo único que pode-mos hacer es confiar en que los cálculos estén bien hechos. Y, como demostró la crisis financiera, no lo estaban.

La Unión Europea, con una ingenuidad o una perversidad increíbles, está lanzando la idea de que los ciudadanos tienen

que ocuparse de adquirir «educación financiera» para poder to-mar decisiones responsables sobre sus finanzas. Es una clara maniobra para responsabilizar al pobre cliente de las irrespon-sabilidades de sus banqueros. Le pondré un ejemplo del tingla-do jurídico financiero en que consistían las hipotecas basura, unos productos tóxicos que a partir de 1994 empezó a lanzar la banca J. P. Morgan y que acabaron por poner en peligro el sistema financiero mundial. Hicieron paquetes de hipotecas y los vendieron con el engañoso nombre de mortgage-backed se-curities (MBS, títulos respaldados por hipotecas). Observe la jugada. Se vendía como activo un papel garantizado por una deuda cuyo acreedor era el propio banco. La oferta era: cóm-prame lo que me deben. ¿Y si no me pagan? El riesgo es tuyo. Empezaba así una carrera para endosar el riesgo a otros deriva-dos como los credit default swap (CDS, permutas de incumpli-miento crediticio) y los denominados collateralized debt obliga-tion (CDO). En 2005 aparecieron otros dos tipos de derivados de riesgos de crédito muy importantes. Los asset-backed securi-ties (ABS) y los collateralized loan obligation (CLO) para prote-ger a los bancos y a los inversores del riesgo de incumplimien-to. Para actuar en ese mercado cada vez más desregulado, los principales bancos de inversión crearon los special purpose vehi-cle (SPV), los structures investment vehicle (SIV) y los asset-bac-ked comercial paper conduits (ABCP). Estas instituciones finan-cieras operan fuera de las estructuras bancarias y de las regulaciones contables tradicionales. Este peloteo del riesgo me recuerda el «teorema del más tonto»: puedes comprar a cual-quier precio si hay alguien más tonto a quien se lo puedas ven-

der más caro. ¿Quién acababa pagando el pato si algo salía mal? En todo este proceso, los genios financieros no dieron impor-tancia a un pequeño detalle: comprobar si las hipotecas que es-taban en el origen de toda esa arquitectura fantasmal eran de fiar, si valían algo. Esta fue una desinformación criminal, por-que paralelamente a esto, como elemento fundamental del «mar-co de insensatez», se estaban concediendo hipotecas a gente insolvente. Eso sí, a un interés muy elevado, con la peregrina idea de que esos altos intereses podrían compensar los impagos que se produjeran. A esta indecente utilización de la desinfor-mación colaboraron las grandes agencias de rating (Standard & Poor, Moody’s y Fitch), porque dieron a estos productos que tenían hasta el 50 % de hipotecas basura la calificación máxima de AAA.

Por último, en el contexto de la política internacional se está utilizando sistemáticamente la intoxicación informativa, apoyándose en el poder de la tecnología digital. Eso provoca perniciosos efectos económicos. Solo mencionaré alguno de ellos: inestabilidad y volatilidad de los mercados, distorsiones en las decisiones económicas, reducción de la confianza en las instituciones, competencia desleal e impacto en la formula-ción de las políticas.

¿Qué tipo de ciudadanía necesitamos formar para enfrentar los retos del siglo xxi?

Este problema —en el que confluyen la política y la educa-ción— me ha preocupado y ocupado los últimos años. ¿A qué

tipo de ciudadano confiaría mi futuro? Ha de ser una persona bien informada, pero no es sensato pensar que los ciudadanos puedan saber lo necesario para tomar decisiones políticas con el suficiente conocimiento en un mundo tan complejo y ace-lerado. Este déficit de información no es el único obstáculo para la competencia política del ciudadano, también hay que tener en cuenta los sesgos cognitivos y afectivos que he estu-diado en La vacuna contra la insensatez. No conseguiremos un ciudadano capaz de tomar decisiones políticas adecuadas si primero no conseguimos que desarrolle sus funciones eje-cutivas personales, de las que ya he hablado. Un sujeto mol-deable, dócil, crédulo y aislado está a merced de los sistemas de poder. El ciudadano ideal debe desarrollar su competencia heurística, es decir, su capacidad de identificar los problemas y buscar la solución. Esto implica una inteligencia ilustrada, activa y valiente, que encuentra su máximo desarrollo en el pensamiento crítico y en la acción ética justa.

Para tomar buenas decisiones es necesario comprender lo que sucede. El inventor de la sociobiología, E. O. Wilson, ha escrito en su libro El sentido de la existencia humana: «Nuestra supervivencia a largo plazo radica en que nos comprendamos a nosotros mismos con inteligencia». Sin embargo, como ha señalado Daniel Dennett —filósofo estadounidense bien in-formado en temas de neurología y de inteligencia artificial—, está dejando de interesarnos «comprender». Esto plantea un serio problema a la educación. Deberíamos enfocarla a com-prender nuestra situación, para después identificar los proble-mas e intentar resolverlos. Pero ¿cómo podemos comprender

un mundo tan complejo? En este punto conviene incluir la noción de «niveles de comprensión». Pondré el caso de las matemáticas: no todo el mundo puede ser matemático, pero todo el mundo debería comprender las matemáticas hasta un cierto nivel. Y lo mismo sucede con las ciencias, la historia, la economía. Lo importante es determinar cuál debe ser ese ni-vel mínimo de comprensión que debe tener todo ciudadano. En lo que respecta a la política, esto se concreta en adquirir la comprensión necesaria para tomar decisiones políticas. Fi-jar este nivel y diseñar los currículos necesarios para alcanzar-lo es una tarea urgente para grandes pedagogos, que ahora andan perdidos en asuntos menores. Deben tener en cuenta que cuanto más alto sea el nivel de comprensión ciudadana, mejor será la calidad democrática. Necesitamos un «huma-nismo de tercera generación», que nos permita integrar los enormes avances de la ciencia y de la tecnología dentro de un proyecto orientado a alcanzar la felicidad pública. Mi pro-puesta educativa se concreta en la elaboración de un Ciencia de la evolución de las culturas que nos permita entender nues-tros éxitos y nuestros fracasos, que integre los conocimientos de la psicología con la experiencia de la historia.

Esta ciencia nos permitiría comprender que la democra-cia funciona cuando se convierte en un potente sistema de aprendizaje. Sin embargo, esto no está sucediendo porque la polarización lo impide. Cada facción se enroca en su ideolo-gía, se autoconvence de que posee la verdad, y se esfuerza en imponerla prescindiendo de cualquier información que la con-tradiga. El ciudadano ideal debe saber que el pensamiento

colectivo podría ser más potente que el pensamiento indivi-dual, pero que con frecuencia no lo es. Solo cuando el grupo esté compuesto de individuos deseosos de aprender, dotados de la humildad y de la altanería que caracterizan al pensa-miento crítico, la democracia podrá cumplir su destino.

¿Qué escenario le parece más probable para los próximos veinte años: un mundo más cooperativo o más fragmentado?

Si las tendencias actuales permanecen y el ser humano conti-núa perdiendo facultades ejecutivas y replegándose a un nicho de «impotencia confortable», facilitado por la ciencia y la tec-nología, creo que veremos el auge de sistemas autoritarios aceptados voluntariamente. En ese caso, la «caja de Skinner» en la que se ha convertido la sociedad contemporánea —una máquina de intercambiar pequeños premios a cambio de li-bertad— se fortalecerá. Las grandes plataformas tecnológicas apuestan por proporcionar una felicidad fácil y sin pretensio-nes: un hedonismo virtual, que aísla y satisface. Es interesan-te que los grandes magnates de lo digital sean partidarios de una renta básica universal. Tal vez piensen en un mundo ideal en el que los humanos tengan sus necesidades básicas resuel-tas con la renta básica y puedan dedicar su tiempo a estar co-nectados y distraídos. Todos seremos esclavos felices.

Hay, sin embargo, otra posibilidad. Es lo que he deno-minado humanismo de tercera generación, capaz de integrar los admirables avances de la ciencia y de la tecnología en un

marco heurístico de nivel superior, encargado de proteger el deseo individual de felicidad creando un marco de «felici-dad política». En este momento, esta propuesta carece de músculo teórico y práctico. La presencia hegemónica en los sistemas educativos de las STEM (science, technology, engi-neering, mathematics), la poca convicción con que el huma-nismo se defiende, la crisis de la filosofía y del pensamiento crítico, parecen augurar una victoria del modelo tecnocien-tífico. ¿Tiene esto algo de malo? Sí. La ciencia y la tecnolo-gía solo tienen sistemas internos de evaluación: en un caso la verificación y en otro la eficiencia. Pero ninguna tiene nada que decir acerca de su uso o de los fines del compor-tamiento humano. Reducir a ellas nuestra concepción del mundo supone despreciar la experiencia humanizadora de la historia humana. Pondré un ejemplo. Estamos intentan-do organizar nuestro modo de convivencia sobre un peque-ño conjunto de conceptos fundamentales: dignidad huma-na, derechos, justicia. Pero estos no son conceptos científicos ni técnicos. Pertenecen a otro ámbito que está siendo debi-litado por el poderío —sin duda magnífico— de la ciencia y la tecnología. Al carecer de los sistemas orientadores del humanismo de tercera generación, será el Poder, en su for-ma más cruda, quien decida los fines.

Antonio Machado escribió: «Hoy es siempre todavía». Añadiré: pero no por mucho tiempo. Ese sentimiento de ur-gencia es el que me fuerza a escribir.

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