El desdén o la animadversión hacia la Unión Europea, que es la máxima creación hasta el momento de la Gran Política, me parece una insensatez ideológica. Mi elogio no es fruto de un entusiasmo ingenuo, sino del estudio de la Historia. Hay una política viejuna y una Gran Política. La política viejuna es la de siempre, la Realpolitik, la que trata del poder y acaba apelando a la fuerza para dirimir los enfrentamientos. Previamente los ha formulado en formato de conflicto y lo que busca no es la solución, sino la victoria. Concibe la política como un juego de suma cero. Trump lo ha definido con una frase: «El que gana se lo lleva todo». En cambio, la Gran Política plantea el enfrentamiento en formato de «problema». Lo que busca no es la victoria, sino la solución. Se compromete en un juego de suma positiva, porque intenta que todos los intereses legítimos sean atendidos, hasta donde se pueda. ¿Quieren que les defina lo que es un gran político? El que es capaz de convertir un conflicto en un problema y de solucionarlo.
La historia de Europa ha sido un sangriento combate de todos contra todos. La Unión Europea supone un cambio radical. Los diferentes intereses, los inevitables enfrentamientos, se formulan como problemas a resolver. En realidad, es la aplicación a las relaciones internacionales de las normas políticas aplicadas a nivel nacional. Dentro de las naciones hay ideologías, intereses y posturas diferentes que durante toda la historia se han resuelto con guerras civiles; afortunadamente, en los países democráticos ya no sucede así. Por desgracia, las relaciones internacionales continúan rigiéndose por la ley de la fuerza, a pesar de los esfuerzos del derecho internacional por evitarlo.
”¿Quieren que les defina lo que es un gran político? El que es capaz de convertir un conflicto en un problema y de solucionarlo
Es difícil, pero no imposible, ampliar ese modelo estatal a escala global. Las Naciones Unidas y todos los organismos internacionales lo intentan. Europa es una decidida defensora de ellos. Este comentario viene a cuento de la concesión del Premio Nobel de la Paz a la jurista sudafricana Navanethem Pillay, experta en derecho penal internacional, presidenta de la comisión de la ONU que denunció el genocidio en Gaza y exjueza de la Corte Penal Internacional. Esta concesión ha irritado a Trump, contumaz enemigo de los organismos internacionales (y de Europa), cuyo Gobierno ha sancionado a esa corte pocas horas después.
No quiero ser grandilocuente diciendo que Europa es la solución, pero sí quiero afirmar con toda rotundidad que hay que desconfiar de los políticos que quieren destrozar la gran idea de Europa. Como defendió el sociólogo y economista estadounidense Jeremy Rifkin en El sueño europeo: cómo la visión europea del futuro está eclipsando el sueño americano, es el laboratorio ideal del futuro de la humanidad. En 2003, Robert Kagan publicó Poder y debilidad: Europa y Estados Unidos en el nuevo orden mundial, un libro que tuvo gran repercusión. Desarrollaba la tesis de que las diferencias ideológicas entre Europa y Estados Unidos nacen de su disparidad de poder militar. Resume su tesis en una frase que tuvo éxito: «Los estadounidenses son de Marte y los europeos son de Venus». Según el autor, Europa defiende con tanto énfasis los derechos humanos, las leyes internacionales y la diplomacia multilateral precisamente porque carece de poder militar para imponerse por la fuerza. El título en inglés de la obra era muy revelador: Of Paradise and Power. Para Kagan, el paraíso era Europa, y EE. UU., la muralla que lo protegía y que también impedía entrar en él.
Habermas, Derrida, Vattimo, Savater y otros intelectuales europeos criticaron la postura de Kagan. Habermas cuestionó la efectividad de ese poder puramente militar. Señaló que los conflictos modernos complejos (como el terrorismo internacional o la inestabilidad de Oriente Medio) no se solucionan arrojando bombas ni provocando «cambios de régimen» por la fuerza. Defendió que el enfoque europeo —que combina diplomacia, ayuda al desarrollo, justicia internacional y poder blando (soft power)— es mucho más inteligente, pragmático y efectivo a largo plazo para atajar las causas de raíz de la violencia global.
La oposición entre ambos modos de entender el poder sigue viva, aunque el modelo americano atrae a una parte de los europeos que ven en la fuerza la única solución. Esto me hace recordar a Madame de Staël, un personaje fascinante que habló en plena Revolución francesa del «penser à l’européenne». Deberíamos practicarlo.
Para saber más
- Pensar a la europea: el artículo donde Marina recupera la expresión de Madame de Staël y la propone como forma de pensar.
- Crisis en la idea europea: «Hemos hecho Europa, pero no hemos hecho a los europeos». Una reflexión sobre cómo educar en la cultura europea.
- Felicidad pública: la competencia que convierte los conflictos en problemas con solución, que es la base de la Gran Política.
- Academia del Talento Político: el espacio para desarrollar la inteligencia política de los gobernantes y de los gobernados.
- La guerra y el poder político: sobre la vieja política que acaba apelando a la fuerza.
- ¿Cuál es el concepto más extraordinario que ha inventado la inteligencia humana?: Zoom sobre los derechos subjetivos, el fundamento de la Europa de los derechos humanos.






