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El enfoque heurístico de la historia

La cultura es un gigantesco dispositivo que permite al hombre afrontar los problemas concretos que se le plantean.

Bronislaw Malinowski

Los primeros estados se fundaron para «solucionar» los múltiples problemas que se creaban en estas co­munidades tan densamente pobladas.

David ChristianMapas del tiempo2

Creo que deberíamos fomentar una «actitud heurística», un talento para resolver problemas. No se trata de un prag­matismo de vía estrecha, sino de un impulso expansivo y ascendente. Para animar a ese cambio de actitud, en este capítulo quiero demostrar que todas nuestras actividades, incluidas las más creadoras, se comprenden mejor cuando se detecta en ellas un esquema común: un problema blo­quea el impulso hacia una meta y el agente busca una sali­da, una solución. De esto se ocupa el enfoque heurístico de la historia. Comenzar nuestro curso en la Academia con esta introducción sirve para situar la Gran Política (ya sa­ben, la que incluye la ética, es decir, la que se preocupa de la felicidad pública y personal) dentro del campo de las actividades creadoras.

La historia del arte como ejemplo

Al parecer, la obra de arte es el resultado de la espontanei­dad creadora del autor. Afirman que Picasso dijo: «No bus­co, encuentro», pero creo que se comprende mejor esa ac­tividad si se la considera una permanente resolución de problemas. Intenté este enfoque embrionariamente en la Historia de la pintura, que escribí con Antonio Mingote. Quería contarla como el despliegue de una «pulsión por crear imágenes» más bellas, más expresivas, más nuevas, más poderosas, lo que lleva al pintor a aprender del pasado para prolongarlo, aunque sea rechazando lo anterior. En su ya clásica La historia del arte, E. H. Gombrich expresa la mis­ma idea: el autor siempre encuentra problemas «en la solu­ción de los cuales puede desplegar su maestría, incluido el problema de cómo ser original».3

Los artistas también actúan movidos por un fin. ¿Qué pretendían los sapiens que pintaron las grutas prehistóri­cas? No pintaron para que sus obras se vieran, porque con frecuencia se encuentran en cuevas de muy difícil acceso. Debieron de tener un significado mágico, tal vez propicia­torio de la caza. En este caso, el problema sería cómo con­seguir esos fines. Getzels y Csikszentmihalyi escribieron The Creative Vision: A Longitudinal Study of Problem Finding in Art,4 donde resaltan la importancia que tiene para un artista encontrar el problema al que quiere enfrentarse. Saco de mi archivo textos de un libro que me impresionó cuando lo leí, a principios de los noventa, mientras escri­bía Teoría de la inteligencia creadora. Me refiero a Modelos de intención de Michael Baxandall.5 Estos son los textos que había copiado:

Digamos que el creador de un cuadro u otro artefacto his­tórico es un hombre que aborda un problema cuya solución concreta y terminada es el producto. Para entenderlo intenta­remos reconstruir tanto el problema específico, para cuya solución estaba diseñado, como las circunstancias específicas a partir de las cuales lo habrá abordado.

El autor estudia desde este punto de vista tres obras: Dama tomando el té, de Jean Siméon Chardin; El bautismo de Cristo, de Piero della Francesca, y el Retrato de D. H. Kahnwei­ler, de Picasso. Luego, cita un texto del libro que escribió Kahnweiler sobre el pintor:

¡El comienzo del cubismo! El primer ataque. Desesperada lucha titánica con todos los problemas a la vez. ¿Con qué pro­blemas? Con los problemas fundamentales de la pintura: la re­presentación de la tridimensionalidad y de lo coloreado sobre la superficie plana, y su comprensión dentro de la unidad de esa superficie plana. Pero «representación» y «comprensión» en el sentido más estricto, más alto […]. Osadamente, Picasso empieza a intentar resolver todos los problemas a la vez.6

La historia de la pintura debe contar esos problemas. Unos son técnicos: cómo conseguir reproducir más fielmen­te la realidad, cómo independizar la pintura de esa misma realidad, cómo ampliar los confines del arte. O bien, cómo conseguir los colores, o los aceites para fijarlos, asunto que interesó mucho a Velázquez. Otros problemas son persona­les: cómo diferenciarse de sus colegas y sobresalir entre ellos, cómo conseguir medios económicos para poder crear, cómo ser original, cómo vencer el desánimo o la envidia, etc. Esa historia heurística habría de contar la conquista de la perspectiva, el interés impresionista por pintar el juego de la luz sobre el objeto, el deseo de los cubistas de resolver el problema de representar un objeto tridimensional sobre una superficie plana. Van Gogh cuenta a su hermano Theo sus esfuerzos por conseguir resolver el problema que le preocupa:

En mis nuevos dibujos comienzo las figuras por el torso y me parece que así adquieren más amplitud y grandor: en el caso de que cincuenta no bastaran, dibujaré cien, y si esto no fuera suficiente todavía, haré más aún, hasta que obtenga plenamente lo que deseo, es decir, que todo sea redondo y no haya de ningún modo ni principio ni fin en la forma, sino que haya un conjunto armonioso de vida.

¿Cómo debería, pues, ser una historia heurística de la Gran Política?

La creación literaria y los problemas

Concebir la creación como la solución a un problema es válido en todas las artes. García Márquez contó que, mien­tras escribía Cien años de soledad, se encontró con el proble­ma de hacer desaparecer a Remedios la Bella, que ya había cumplido su papel en la narración. Al oír contar que la abuela de una muchacha que había huido con un carabine­ro decía que había subido al cielo, García Márquez pensó que era una buena solución. Remedios la Bella subiría al cielo. Esto le planteaba otro problema: ¿cómo contar esa ascensión? Plinio Apuleyo Mendoza, en la entrevista a Gar­cía Márquez que publicó con el título «El olor de la guaya­ba», le dice: «Has contado en alguna parte que no fue fácil hacerla subir». El escritor contesta:

No, no subía. Yo estaba desesperado porque no había ma­nera de hacerla subir. Un día, pensando en ese problema, salí al patio de mi casa. Hacía mucho viento. Una negra muy gran­de y muy bella que venía a lavar la ropa estaba tratando de tender sábanas en una cuerda. No podía, el viento se las llevaba. Entonces tuve una iluminación. «Ya está», pensé. Remedios la Bella necesitaba sábanas para subir al cielo.

Un proceso parecido vemos en la redacción de El otoño del patriarca. A finales de enero de 1958, estando en Vene­zuela, García Márquez asistió a la huida del dictador Pérez Jiménez. Pocos días después le vino la idea de escribir la novela del dictador latinoamericano. Este proyecto plantea­ba el problema de cómo definirlo y resolverlo.

Durante muchos años — comenta— tuve problemas de es­tructura. Una noche en La Habana, mientras juzgaban a Sosa Blanco, me pareció que la estructura útil era el largo monólo­go del viejo dictador sentenciado a muerte. Pero no, en primer lugar, era antihistórico: los dictadores aquellos se morían de viejos o los mataban o se fugaban. Pero no los juzgaban. En segundo término, el monólogo me hubiera restringido al úni­co punto de vista del dictador y a su propio lenguaje.

No era una buena solución. En 1962 suspendió la narra­ción cuando llevaba escritas trescientas páginas, porque «no sabía aún cómo era y, por consiguiente, no conseguía meter­me a fondo». Seis años después la retomó, pero volvió a sus­penderla.

Como dos años después, compré un libro sobre cacerías en África, porque me interesaba el prólogo escrito por Hemingway. El prólogo no valía nada, pero seguí leyendo el capítulo sobre los elefantes, y allí estaba la solución de mi novela. La moral del dictador se explicaba muy bien por ciertas costum­bres de los elefantes.

Para Paul Valéry, un gran poeta francés que estudió muy perspicazmente la creación poética, la poesía también es una heurística, una búsqueda de soluciones.

El proyecto de un poema suscita las operaciones de búsque­da: es un «esquema vacío». Por ejemplo, el poema «El cemente­rio marino» no fue al principio más que una figura rítmica vacía, o llena de sílabas vanas que me obsesionó durante algún tiempo.

Esto es un claro ejemplo de lo que se denominan «pro­blemas mal definidos» (ill problems), es decir, cuando ni el inicio ni el fin están bien definidos.

Quizá lo más extraordinario del trabajo artístico — conti­núa Valéry— es ser un trabajo esencialmente indeterminado. Se es de tal forma libre que la parte más laboriosa de la tarea es prescribirla de tal y tal manera: crear el problema mucho más que resolverlo.

Es lo más importante no en sí mismo, sino porque va a dirigir la búsqueda de la solución. Un ejemplo. En un mo­mento del poema, escribe:

En la fuente del llanto larvas hilangritos, entre cosquillas, de muchachas,sangre que brilla en labios que se rinden.

Estos versos le parecen «sensuales y demasiado huma­nos», y se le plantea el problema de «compensarlo con una tonalidad metafísica que, además, determine con más preci­sión la persona que habla: un aficionado a las abstraccio­nes». La solución que encuentra es introducir un verso fa­moso y extravagante, que no viene a cuento:

¡Zenón, cruel Zenón, Zenón de Elea!

Este verso no tiene ningún sentido si no se conoce el pro­blema que intentaba resolver.8

Podría multiplicar los ejemplos, pero creo que con esto basta para justificar mi afirmación de que la creación literaria es una continua solución de problemas y que para desci­frar una obra debemos hacer lo mismo que Baxandall apli­caba a la pintura: reconocer los problemas a los que el artista se enfrenta.

Repetiré, como si fuera un estribillo, la misma pregunta. ¿Cómo debería, pues, ser una historia heurística de la Gran Política?

Los problemas y el derecho

Continúo mi búsqueda para confirmar la hipótesis de que el enfoque problemático nos permite comprender mejor las creaciones humanas. Karl Popper pensaba lo mismo.

Para comprender una teoría — escribe— primero hemos de comprender el problema en vista de cuya solución se ha inven­tado la teoría, a fin de ver si esta funciona mejor que cualquie­ra de las soluciones más obvias.

Siempre me interesó su obra, pero volví a repasarla en 1997 cuando escribí la introducción a la edición que hizo Paidós de su libro El cuerpo y la mente: escritos inéditos acerca del cono­cimiento y el problema cuerpo-mente. De esa época hay en mi archivo muchas notas sobre el tema que nos ocupa. Popper pensaba que la vida de los organismos es una constante bús­queda de soluciones a los problemas; tal es el sentido de so­brevivir:

De la ameba a Einstein, el desarrollo del conocimiento es siempre el mismo; intentamos resolver nuestros problemas, así como obtener, mediante un proceso de eliminación, algo que se aproxime a la adecuación en nuestras soluciones provisionales.9

En La sociedad abierta y sus enemigos, señala que los siste­mas morales son ante todo soluciones. Lo mismo sucede con el derecho. Desde su aparición, trató de resolver me­diante leyes los conflictos, problemas y aporías de la con­vivencia humana.10 Reviso en mi archivo las notas recien­tes sobre el libro de Fernanda Pirie Ordenar el mundo: cómo 4.000 años de leyes dieron forma a la civilización. La enorme pluralidad de leyes y de sistemas jurídicos tienen, sin embar­go, un elemento común.

Las leyes — escribe— proporcionan los medios para orde­nar la vida social. Los sistemas legales de todo el mundo casti­gan el asesinato, establecen indemnizaciones por daños, regu­lan los matrimonios y las herencias, ayudan a los acreedores y contemplan la manutención de los niños. Son problemas que surgen siempre que la gente vive junta

Los códigos son gigantescos breviarios de soluciones. Ru­dolf von Ihering lo explicó brillantemente en dos obras que me fascinaron y que incitaron mi acercamiento al derecho: El espíritu del derecho romano y El fin del derecho. La tenacidad y sutileza en la resolución de los infinitos problemas que pueden surgir muestran la brillantez de la inteligencia hu­mana. Copiaré un caso, como ejemplo, de lo que entiendo como esfuerzo por encontrar una solución justa.

Alguien ha utilizado en la construcción de los cimientos de su casa piedras ajenas que tomó por suyas. Después de estar la casa terminada, el propietario de las piedras las reivindica. ¿Cómo ha de proceder el juez? Si se hubiese de dejar libre curso a las consecuencias de la propiedad, tendría que des­truir toda la casa para extraer las piedras en litigio; o el acusa­do habría de tratar de llegar a un acuerdo con el acusador, pagando quizá mil veces el valor de las piedras en considera­ción a la situación de fuerza. Según el derecho romano, el juez falla a favor del acusador el doble del valor de las piedras; in­cluso si el acusado ha robado las piedras, no reconoce el juez la restitución, sino una indemnización más crecida.

Aunque la finalidad heurística (solucionadora) del dere­cho ha sido conocida siempre, según mis notas fue Theodor Viehweg quien, en su libro Tópica y jurisprudencia, elaboró una teoría más articulada sobre el tema. Según él, toda la estructura jurídica se explica por la necesidad de resolver problemas. Por eso, sus elementos constitutivos (conceptos y proposiciones) permanecen ligados a ellos, y solo a partir de los problemas podrán ser comprendidos y articulados ló­camente.13

Al final de este apartado no voy a repetir la pregunta «¿Cómo debería, pues, ser la historia heurística de la Gran Política?»: lo explicado aquí forma ya parte de ella.

Los problemas y las religiones

No sabemos cómo surgió la religión. Suponemos, no obstan­te, que es una creación espontánea de la capacidad simbóli­ca adquirida por nuestros antepasados, que fue aceptada, perfeccionada y expandida porque proporcionaba alguna satisfacción o resolvía algún problema.14 En primer lugar, explicar. No nos basta con conocer la realidad que tenemos delante: necesitamos saber de dónde viene. Pues bien, una de las tareas universalmente emprendidas por la religión ha sido inventar mitos sobre los orígenes. Otra fue intentar hacer comprensible la muerte, los sueños, las experiencias de éxtasis o de intoxicaciones, que han ocurrido siempre. También, mitigar la existencia del mal y del dolor. Ya sabe­mos cómo explica la Biblia la entrada del mal en el mundo: por el pecado de los primeros hombres.

La segunda gran función de las religiones es salvar. ¿De qué? De muchas cosas. Del terror, de la impotencia, de los poderes oscuros, del caos, del sinsentido. Las religiones han sido siempre caminos de salvación, de liberación y de con­suelo. Para comprobarlo, basta hacer un rápido inventario: concepto judío de liberación del pueblo de Dios, redención cristiana del pecado, liberación budista, realización advaita de la identidad con Brahman, salvación islámica, abolición de la tiranía y la pobreza en la teología de la liberación, justifi­cación por la fe en el protestantismo.

La tercera gran función es la de ordenar. Ordenar signifi­ca introducir un orden y normas. Ambas cosas hicieron los dioses y la religión. Así se evita el caos cósmico y el caos civil. El universo necesita leyes y las naciones también. Los prime­ros códigos eran promulgados en nombre de la divinidad. De ella recibían la fuerza que imponía su cumplimiento. Pero previamente los dioses ataron el mundo — como dice el poema de Parménides— con ajustadas cadenas, para que no se desmorone. Los hititas creían en Telepinu, un dios que desaparece, tal vez porque los hombres le habían enoja­do. La consecuencia de su ausencia es que el orden de las cosas comienza a quebrarse. El fuego se extingue en los ho­gares, los hombres se sienten abatidos, la oveja abandona al cordero y la vaca al ternero, la cebada y el trigo no maduran, y el agua no calma la sed

Hay una función que interesa especialmente a nuestro proyecto, en la que hizo énfasis Émile Durkheim: la cohesión social. En las sociedades primitivas jugó un papel decisivo a la hora de posibilitar formas de organización social más com­plejas. Resulta difícil imaginar cómo habrían evolucionado los seres humanos más allá de las pequeñas agrupaciones, sin la religión.16 David Sloan Wilson, en su brillante libro Darwin’s Cathedral: Evolution, Religion, and the Nature of Society, escribe:

Algo tan complejo y que requiere tanto tiempo, energía y pensamiento como la religión no existiría si no tuviera una utilidad laica. Las religiones existen ante todo para que los se­res humanos logren unidos lo que no pueden alcanzar de for­ma aislada.17

Y Peter Sloterdijk acaba de defender que eran ante todo sistemas prácticos para educar el comportamiento humano.

Sin duda fueron necesarias pedagogías potentísimas — y po­siblemente crueles— para humanizar a nuestra especie, como expliqué al hablar de la autodomesticación de los sapiens.19 Al respecto, el historiador Yuval Noah Harari escribe:

Puesto que todos los órdenes y las jerarquías sociales son imaginados, todos son frágiles, y cuanto mayor es la sociedad, más frágil es. El papel histórico de la religión ha consistido en conferir legitimidad sobrehumana a esas frágiles estructuras.20

Esto hace que la historia de las religiones forme parte de la historia heurística de la Gran Política. Su relación con el poder ha sido constante y enrevesada, y continúa siéndolo. La cultura laica de Occidente ha surgido de la propia evolu­ción de las religiones, pero convirtiéndose en vástago parri­cida. En 2002, el Pew Forum on Religion and Public Life encontró que el 65 por ciento de los estadounidenses creían que la religión contribuía a la guerra. Los ejemplos que pro­porciona la historia de guerras sagradas favorece esa idea. Sin embargo, no se puede olvidar la función humanizadora y pacificadora que han tenido las religiones.

La sociología y los problemas

Hay una corriente sociológica que en vez de contentarse con describir la sociedad o quejarse de sus males, intenta resolver problemas sociales. Es, pues, una sociología heurís­tica, y como tal tiene cabida en los programas de la Acade­mia. Por ejemplo, Peter Evans se hace una pregunta prácti­ca: ¿cómo han conseguido algunos países muy pobres llegar a ser ricos, mientras que otros no lo han conseguido? No pierde el tiempo describiendo lo que es la pobreza, sino in­tentando resolverla.22 Otro objetivo de la sociología heurísti­ca es estudiar las causas que producen los fenómenos, y pro­poner nuevas soluciones en vez de limitarse a criticar las anteriores. Monica Prasad considera que este enfoque pue­de ampliar el campo científico porque «plantea nuevas cues­tiones, sugiere nuevos caminos de investigación y demanda nuevos métodos».

Un caso curioso es la investigación de Margo Mahan so­bre la violencia doméstica. Comenzó entrevistando a agre­sores que golpeaban a sus mujeres, pero al estudiar las leyes que condenaban esos malos tratos se encontró con una anomalía. Se solían atribuir las leyes contra las agresiones domésticas al auge del movimiento feminista, y, sin embar­go, donde primero se habían promulgado esas leyes era en Alabama y en otros estados del sur, donde el feminismo no tenía apenas presencia. Mahan llegó a la conclusión de que, como la violencia física era más frecuente en las familias negras, castigarlas legalmente era un modo de control blan­co, que podía llegar incluso a privar del voto a los afroame­ricanos.

Espero que la conveniencia de contemplar todas las activi­dades creadoras como la búsqueda de soluciones haya que­dado suficientemente explicada.

Historia Universal de las Soluciones

Capítulo segundo
Ed. Ariel, Barcelona, 2024