El enfoque heurístico de la historia
Creo que deberíamos fomentar una «actitud heurística», un talento para resolver problemas. No se trata de un pragmatismo de vía estrecha, sino de un impulso expansivo y ascendente. Para animar a ese cambio de actitud, en este capítulo quiero demostrar que todas nuestras actividades, incluidas las más creadoras, se comprenden mejor cuando se detecta en ellas un esquema común: un problema bloquea el impulso hacia una meta y el agente busca una salida, una solución. De esto se ocupa el enfoque heurístico de la historia. Comenzar nuestro curso en la Academia con esta introducción sirve para situar la Gran Política (ya saben, la que incluye la ética, es decir, la que se preocupa de la felicidad pública y personal) dentro del campo de las actividades creadoras.
La historia del arte como ejemplo
Al parecer, la obra de arte es el resultado de la espontaneidad creadora del autor. Afirman que Picasso dijo: «No busco, encuentro», pero creo que se comprende mejor esa actividad si se la considera una permanente resolución de problemas. Intenté este enfoque embrionariamente en la Historia de la pintura, que escribí con Antonio Mingote. Quería contarla como el despliegue de una «pulsión por crear imágenes» más bellas, más expresivas, más nuevas, más poderosas, lo que lleva al pintor a aprender del pasado para prolongarlo, aunque sea rechazando lo anterior. En su ya clásica La historia del arte, E. H. Gombrich expresa la misma idea: el autor siempre encuentra problemas «en la solución de los cuales puede desplegar su maestría, incluido el problema de cómo ser original».3
Los artistas también actúan movidos por un fin. ¿Qué pretendían los sapiens que pintaron las grutas prehistóricas? No pintaron para que sus obras se vieran, porque con frecuencia se encuentran en cuevas de muy difícil acceso. Debieron de tener un significado mágico, tal vez propiciatorio de la caza. En este caso, el problema sería cómo conseguir esos fines. Getzels y Csikszentmihalyi escribieron The Creative Vision: A Longitudinal Study of Problem Finding in Art,4 donde resaltan la importancia que tiene para un artista encontrar el problema al que quiere enfrentarse. Saco de mi archivo textos de un libro que me impresionó cuando lo leí, a principios de los noventa, mientras escribía Teoría de la inteligencia creadora. Me refiero a Modelos de intención de Michael Baxandall.5 Estos son los textos que había copiado:
Digamos que el creador de un cuadro u otro artefacto histórico es un hombre que aborda un problema cuya solución concreta y terminada es el producto. Para entenderlo intentaremos reconstruir tanto el problema específico, para cuya solución estaba diseñado, como las circunstancias específicas a partir de las cuales lo habrá abordado.
El autor estudia desde este punto de vista tres obras: Dama tomando el té, de Jean Siméon Chardin; El bautismo de Cristo, de Piero della Francesca, y el Retrato de D. H. Kahnweiler, de Picasso. Luego, cita un texto del libro que escribió Kahnweiler sobre el pintor:
¡El comienzo del cubismo! El primer ataque. Desesperada lucha titánica con todos los problemas a la vez. ¿Con qué problemas? Con los problemas fundamentales de la pintura: la representación de la tridimensionalidad y de lo coloreado sobre la superficie plana, y su comprensión dentro de la unidad de esa superficie plana. Pero «representación» y «comprensión» en el sentido más estricto, más alto […]. Osadamente, Picasso empieza a intentar resolver todos los problemas a la vez.6
La historia de la pintura debe contar esos problemas. Unos son técnicos: cómo conseguir reproducir más fielmente la realidad, cómo independizar la pintura de esa misma realidad, cómo ampliar los confines del arte. O bien, cómo conseguir los colores, o los aceites para fijarlos, asunto que interesó mucho a Velázquez. Otros problemas son personales: cómo diferenciarse de sus colegas y sobresalir entre ellos, cómo conseguir medios económicos para poder crear, cómo ser original, cómo vencer el desánimo o la envidia, etc. Esa historia heurística habría de contar la conquista de la perspectiva, el interés impresionista por pintar el juego de la luz sobre el objeto, el deseo de los cubistas de resolver el problema de representar un objeto tridimensional sobre una superficie plana. Van Gogh cuenta a su hermano Theo sus esfuerzos por conseguir resolver el problema que le preocupa:
En mis nuevos dibujos comienzo las figuras por el torso y me parece que así adquieren más amplitud y grandor: en el caso de que cincuenta no bastaran, dibujaré cien, y si esto no fuera suficiente todavía, haré más aún, hasta que obtenga plenamente lo que deseo, es decir, que todo sea redondo y no haya de ningún modo ni principio ni fin en la forma, sino que haya un conjunto armonioso de vida.
¿Cómo debería, pues, ser una historia heurística de la Gran Política?
La creación literaria y los problemas
Concebir la creación como la solución a un problema es válido en todas las artes. García Márquez contó que, mientras escribía Cien años de soledad, se encontró con el problema de hacer desaparecer a Remedios la Bella, que ya había cumplido su papel en la narración. Al oír contar que la abuela de una muchacha que había huido con un carabinero decía que había subido al cielo, García Márquez pensó que era una buena solución. Remedios la Bella subiría al cielo. Esto le planteaba otro problema: ¿cómo contar esa ascensión? Plinio Apuleyo Mendoza, en la entrevista a García Márquez que publicó con el título «El olor de la guayaba», le dice: «Has contado en alguna parte que no fue fácil hacerla subir». El escritor contesta:
No, no subía. Yo estaba desesperado porque no había manera de hacerla subir. Un día, pensando en ese problema, salí al patio de mi casa. Hacía mucho viento. Una negra muy grande y muy bella que venía a lavar la ropa estaba tratando de tender sábanas en una cuerda. No podía, el viento se las llevaba. Entonces tuve una iluminación. «Ya está», pensé. Remedios la Bella necesitaba sábanas para subir al cielo.
Un proceso parecido vemos en la redacción de El otoño del patriarca. A finales de enero de 1958, estando en Venezuela, García Márquez asistió a la huida del dictador Pérez Jiménez. Pocos días después le vino la idea de escribir la novela del dictador latinoamericano. Este proyecto planteaba el problema de cómo definirlo y resolverlo.
Durante muchos años — comenta— tuve problemas de estructura. Una noche en La Habana, mientras juzgaban a Sosa Blanco, me pareció que la estructura útil era el largo monólogo del viejo dictador sentenciado a muerte. Pero no, en primer lugar, era antihistórico: los dictadores aquellos se morían de viejos o los mataban o se fugaban. Pero no los juzgaban. En segundo término, el monólogo me hubiera restringido al único punto de vista del dictador y a su propio lenguaje.
No era una buena solución. En 1962 suspendió la narración cuando llevaba escritas trescientas páginas, porque «no sabía aún cómo era y, por consiguiente, no conseguía meterme a fondo». Seis años después la retomó, pero volvió a suspenderla.
Como dos años después, compré un libro sobre cacerías en África, porque me interesaba el prólogo escrito por Hemingway. El prólogo no valía nada, pero seguí leyendo el capítulo sobre los elefantes, y allí estaba la solución de mi novela. La moral del dictador se explicaba muy bien por ciertas costumbres de los elefantes.
Para Paul Valéry, un gran poeta francés que estudió muy perspicazmente la creación poética, la poesía también es una heurística, una búsqueda de soluciones.
El proyecto de un poema suscita las operaciones de búsqueda: es un «esquema vacío». Por ejemplo, el poema «El cementerio marino» no fue al principio más que una figura rítmica vacía, o llena de sílabas vanas que me obsesionó durante algún tiempo.
Esto es un claro ejemplo de lo que se denominan «problemas mal definidos» (ill problems), es decir, cuando ni el inicio ni el fin están bien definidos.
Quizá lo más extraordinario del trabajo artístico — continúa Valéry— es ser un trabajo esencialmente indeterminado. Se es de tal forma libre que la parte más laboriosa de la tarea es prescribirla de tal y tal manera: crear el problema mucho más que resolverlo.
Es lo más importante no en sí mismo, sino porque va a dirigir la búsqueda de la solución. Un ejemplo. En un momento del poema, escribe:
En la fuente del llanto larvas hilangritos, entre cosquillas, de muchachas,sangre que brilla en labios que se rinden.
Estos versos le parecen «sensuales y demasiado humanos», y se le plantea el problema de «compensarlo con una tonalidad metafísica que, además, determine con más precisión la persona que habla: un aficionado a las abstracciones». La solución que encuentra es introducir un verso famoso y extravagante, que no viene a cuento:
¡Zenón, cruel Zenón, Zenón de Elea!
Este verso no tiene ningún sentido si no se conoce el problema que intentaba resolver.8
Podría multiplicar los ejemplos, pero creo que con esto basta para justificar mi afirmación de que la creación literaria es una continua solución de problemas y que para descifrar una obra debemos hacer lo mismo que Baxandall aplicaba a la pintura: reconocer los problemas a los que el artista se enfrenta.
Repetiré, como si fuera un estribillo, la misma pregunta. ¿Cómo debería, pues, ser una historia heurística de la Gran Política?
Los problemas y el derecho
Continúo mi búsqueda para confirmar la hipótesis de que el enfoque problemático nos permite comprender mejor las creaciones humanas. Karl Popper pensaba lo mismo.
Para comprender una teoría — escribe— primero hemos de comprender el problema en vista de cuya solución se ha inventado la teoría, a fin de ver si esta funciona mejor que cualquiera de las soluciones más obvias.
Siempre me interesó su obra, pero volví a repasarla en 1997 cuando escribí la introducción a la edición que hizo Paidós de su libro El cuerpo y la mente: escritos inéditos acerca del conocimiento y el problema cuerpo-mente. De esa época hay en mi archivo muchas notas sobre el tema que nos ocupa. Popper pensaba que la vida de los organismos es una constante búsqueda de soluciones a los problemas; tal es el sentido de sobrevivir:
De la ameba a Einstein, el desarrollo del conocimiento es siempre el mismo; intentamos resolver nuestros problemas, así como obtener, mediante un proceso de eliminación, algo que se aproxime a la adecuación en nuestras soluciones provisionales.9
En La sociedad abierta y sus enemigos, señala que los sistemas morales son ante todo soluciones. Lo mismo sucede con el derecho. Desde su aparición, trató de resolver mediante leyes los conflictos, problemas y aporías de la convivencia humana.10 Reviso en mi archivo las notas recientes sobre el libro de Fernanda Pirie Ordenar el mundo: cómo 4.000 años de leyes dieron forma a la civilización. La enorme pluralidad de leyes y de sistemas jurídicos tienen, sin embargo, un elemento común.
Las leyes — escribe— proporcionan los medios para ordenar la vida social. Los sistemas legales de todo el mundo castigan el asesinato, establecen indemnizaciones por daños, regulan los matrimonios y las herencias, ayudan a los acreedores y contemplan la manutención de los niños. Son problemas que surgen siempre que la gente vive junta
Los códigos son gigantescos breviarios de soluciones. Rudolf von Ihering lo explicó brillantemente en dos obras que me fascinaron y que incitaron mi acercamiento al derecho: El espíritu del derecho romano y El fin del derecho. La tenacidad y sutileza en la resolución de los infinitos problemas que pueden surgir muestran la brillantez de la inteligencia humana. Copiaré un caso, como ejemplo, de lo que entiendo como esfuerzo por encontrar una solución justa.
Alguien ha utilizado en la construcción de los cimientos de su casa piedras ajenas que tomó por suyas. Después de estar la casa terminada, el propietario de las piedras las reivindica. ¿Cómo ha de proceder el juez? Si se hubiese de dejar libre curso a las consecuencias de la propiedad, tendría que destruir toda la casa para extraer las piedras en litigio; o el acusado habría de tratar de llegar a un acuerdo con el acusador, pagando quizá mil veces el valor de las piedras en consideración a la situación de fuerza. Según el derecho romano, el juez falla a favor del acusador el doble del valor de las piedras; incluso si el acusado ha robado las piedras, no reconoce el juez la restitución, sino una indemnización más crecida.
Aunque la finalidad heurística (solucionadora) del derecho ha sido conocida siempre, según mis notas fue Theodor Viehweg quien, en su libro Tópica y jurisprudencia, elaboró una teoría más articulada sobre el tema. Según él, toda la estructura jurídica se explica por la necesidad de resolver problemas. Por eso, sus elementos constitutivos (conceptos y proposiciones) permanecen ligados a ellos, y solo a partir de los problemas podrán ser comprendidos y articulados lócamente.13
Al final de este apartado no voy a repetir la pregunta «¿Cómo debería, pues, ser la historia heurística de la Gran Política?»: lo explicado aquí forma ya parte de ella.
Los problemas y las religiones
No sabemos cómo surgió la religión. Suponemos, no obstante, que es una creación espontánea de la capacidad simbólica adquirida por nuestros antepasados, que fue aceptada, perfeccionada y expandida porque proporcionaba alguna satisfacción o resolvía algún problema.14 En primer lugar, explicar. No nos basta con conocer la realidad que tenemos delante: necesitamos saber de dónde viene. Pues bien, una de las tareas universalmente emprendidas por la religión ha sido inventar mitos sobre los orígenes. Otra fue intentar hacer comprensible la muerte, los sueños, las experiencias de éxtasis o de intoxicaciones, que han ocurrido siempre. También, mitigar la existencia del mal y del dolor. Ya sabemos cómo explica la Biblia la entrada del mal en el mundo: por el pecado de los primeros hombres.
La segunda gran función de las religiones es salvar. ¿De qué? De muchas cosas. Del terror, de la impotencia, de los poderes oscuros, del caos, del sinsentido. Las religiones han sido siempre caminos de salvación, de liberación y de consuelo. Para comprobarlo, basta hacer un rápido inventario: concepto judío de liberación del pueblo de Dios, redención cristiana del pecado, liberación budista, realización advaita de la identidad con Brahman, salvación islámica, abolición de la tiranía y la pobreza en la teología de la liberación, justificación por la fe en el protestantismo.
La tercera gran función es la de ordenar. Ordenar significa introducir un orden y normas. Ambas cosas hicieron los dioses y la religión. Así se evita el caos cósmico y el caos civil. El universo necesita leyes y las naciones también. Los primeros códigos eran promulgados en nombre de la divinidad. De ella recibían la fuerza que imponía su cumplimiento. Pero previamente los dioses ataron el mundo — como dice el poema de Parménides— con ajustadas cadenas, para que no se desmorone. Los hititas creían en Telepinu, un dios que desaparece, tal vez porque los hombres le habían enojado. La consecuencia de su ausencia es que el orden de las cosas comienza a quebrarse. El fuego se extingue en los hogares, los hombres se sienten abatidos, la oveja abandona al cordero y la vaca al ternero, la cebada y el trigo no maduran, y el agua no calma la sed
Hay una función que interesa especialmente a nuestro proyecto, en la que hizo énfasis Émile Durkheim: la cohesión social. En las sociedades primitivas jugó un papel decisivo a la hora de posibilitar formas de organización social más complejas. Resulta difícil imaginar cómo habrían evolucionado los seres humanos más allá de las pequeñas agrupaciones, sin la religión.16 David Sloan Wilson, en su brillante libro Darwin’s Cathedral: Evolution, Religion, and the Nature of Society, escribe:
Algo tan complejo y que requiere tanto tiempo, energía y pensamiento como la religión no existiría si no tuviera una utilidad laica. Las religiones existen ante todo para que los seres humanos logren unidos lo que no pueden alcanzar de forma aislada.17
Y Peter Sloterdijk acaba de defender que eran ante todo sistemas prácticos para educar el comportamiento humano.
Sin duda fueron necesarias pedagogías potentísimas — y posiblemente crueles— para humanizar a nuestra especie, como expliqué al hablar de la autodomesticación de los sapiens.19 Al respecto, el historiador Yuval Noah Harari escribe:
Puesto que todos los órdenes y las jerarquías sociales son imaginados, todos son frágiles, y cuanto mayor es la sociedad, más frágil es. El papel histórico de la religión ha consistido en conferir legitimidad sobrehumana a esas frágiles estructuras.20
Esto hace que la historia de las religiones forme parte de la historia heurística de la Gran Política. Su relación con el poder ha sido constante y enrevesada, y continúa siéndolo. La cultura laica de Occidente ha surgido de la propia evolución de las religiones, pero convirtiéndose en vástago parricida. En 2002, el Pew Forum on Religion and Public Life encontró que el 65 por ciento de los estadounidenses creían que la religión contribuía a la guerra. Los ejemplos que proporciona la historia de guerras sagradas favorece esa idea. Sin embargo, no se puede olvidar la función humanizadora y pacificadora que han tenido las religiones.
La sociología y los problemas
Hay una corriente sociológica que en vez de contentarse con describir la sociedad o quejarse de sus males, intenta resolver problemas sociales. Es, pues, una sociología heurística, y como tal tiene cabida en los programas de la Academia. Por ejemplo, Peter Evans se hace una pregunta práctica: ¿cómo han conseguido algunos países muy pobres llegar a ser ricos, mientras que otros no lo han conseguido? No pierde el tiempo describiendo lo que es la pobreza, sino intentando resolverla.22 Otro objetivo de la sociología heurística es estudiar las causas que producen los fenómenos, y proponer nuevas soluciones en vez de limitarse a criticar las anteriores. Monica Prasad considera que este enfoque puede ampliar el campo científico porque «plantea nuevas cuestiones, sugiere nuevos caminos de investigación y demanda nuevos métodos».
Un caso curioso es la investigación de Margo Mahan sobre la violencia doméstica. Comenzó entrevistando a agresores que golpeaban a sus mujeres, pero al estudiar las leyes que condenaban esos malos tratos se encontró con una anomalía. Se solían atribuir las leyes contra las agresiones domésticas al auge del movimiento feminista, y, sin embargo, donde primero se habían promulgado esas leyes era en Alabama y en otros estados del sur, donde el feminismo no tenía apenas presencia. Mahan llegó a la conclusión de que, como la violencia física era más frecuente en las familias negras, castigarlas legalmente era un modo de control blanco, que podía llegar incluso a privar del voto a los afroamericanos.
Espero que la conveniencia de contemplar todas las actividades creadoras como la búsqueda de soluciones haya quedado suficientemente explicada.





