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PANÓPTICO

El panóptico

Napoleón y las herramientas del poder político

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Francia ha recordado el bicentenario de la muerte de Napoleón con gran cautela. La unanimidad acerca de su figura ha desaparecido, y los franceses no saben qué hacer con su historia. No es un caso excepcional, porque todas las naciones tienen problemas con su pasado. España también, por supuesto. Hace unos años, Lionel Jospin, ex primer ministro francés publicó, Le mal napoléonien. Escribe: “Si me pregunto si los quince años fulgurantes del gobierno de Napoleón han servido a Francia, o han sido beneficiosos para Europa, la respuesta es no”. Apelar a la “gloria nacional” ya no es suficiente.

Distintos movimientos sociales han recordado que Napoleón fue un dictador, que restableció (la esclavitud, y que llevó a la muerte, -según los cálculos sin duda exagerados de Chateaubriand- a cinco millones de franceses. En pleno auge revisionista de la historia, era lógico que se pasara de puntillas sobre el aniversario. El diputado Alexis Corbiére, de “La France insoumise”, (el partido creado por Melénchon) ha expresado esas reservas: “La República no tiene que homenajear a su enterrador”. Al final se ha organizado un acto discreto, en el que Macron ha dado un discurso muy medido, con la tesis de que “conmemorar” no es “celebrar”. Interesante enfoque, que permite una ampliación: “conmemorar” puede ser también “lamentar”. Todos los países tienen muchos cadáveres en el armario.

La fascinación del poder

La figura de Napoleón nos sirve para precisar el objetivo de la Panóptica (la Ciencia de la evolución de las culturas). Ante ella se extiende el inagotable saber histórico. Igual que hace Google Maps con la geografía, podemos hacer zoom desde la historia de un continente a lo que sucedía en un año determinado en un pueblecito de la campiña francesa. Pero el objetivo de la Panóptica no es conocer la Historia, sino aprender de ella. La primera enseñanza es que la vida de los humanos está trenzada de éxitos y fracasos, de episodios admirables y de episodios atroces. Constantemente nuestra especie se ha enfrentado a los mismos problemas, planteados en diferentes contextos, y resueltos de diferentes maneras. Un personaje tan colosal como Napoleón puede servirnos de campo de prueba para comprobar la fecundidad de mi propuesta. Podría aprovecharlo para estudiar la influencia en la marcha de la historia de los “energúmenos del poder”, entendiendo etimológicamente la palabra energúmeno, derivada de energeia, como el poseedor de una fuerza excesiva. Hegel, al estudiar la figura del “gran hombre”, que define como el que “hace girar la historia”, admite que su capacidad de innovación es tan grande que frecuentemente tienen que apelar a la violencia para ejercerla. No es de extrañar que cuando el filósofo vio al emperador la víspera de la batalla de Jena, pensó que había visto “el alma del mundo”.

El poder es un fenómeno que fascina al que lo desea, al que lo ejerce y al que lo contempla, y que por su ubicuidad resulta difícil de aprehender. Lo esencial en el “poder” es que amplía las posibilidades de actuar y, en este sentido, es una motivación común a todos los humanos no deprimidos. Es la capacidad de realizar un proyecto. Spinoza, el discreto pulidor de lentes, ya lo dijo: “Quien siente que su propio poder aumenta, se alegra”. Esa facultad realizadora lleva implícito el deseo de dominar, es decir, de ser dueño (dominus) de mis actos o de los actos ajenos, de controlar mi actividad o la de otros. Y aquí empiezan las cosas a ponerse más torvas, porque ese afán se bifurca en lo que los psicólogos llaman “motivación de logro” y “motivación de poder”. La dirigida al logro aspira al dominio sobre sí mismo o sobre alguna facultad propia. El asceta hindú que pasa la vida aislado en un bosque sometiéndose a una dura disciplina, también quiere alcanzar poder, pero sobre su mente. El artista que trabaja para crear una obra, también tiene voluntad de poder. Basta leer los diarios de cualquier gran artista para darse cuenta de que está obsesionado por dominar su arte. Nietzsche lo vio con claridad: “el arte es el fenómeno más transparente de la voluntad de poder”. La “motivación de poder” se dirige hacia fuera: pretende dominar la naturaleza o dominar a otras personas. A este último tipo de poder pertenece el “poder político”, sobre el que vamos a proseguir la labor de disección.

La “motivación de poder” se dirige hacia fuera: pretende dominar la naturaleza o dominar a otras personas.

Caja de herramientas

Desde el Panóptico podemos comprobar que el poder político se ha ejercido siempre utilizando las mismas herramientas.  Para conocerlas bien tenemos que volver a hacer una distinción: el ejercicio del poder puede ser consentido o no consentido por los dominados. En este último caso, tiene una forma de imponerse: la fuerza. Durante milenios, la fuerza se legitimó a sí misma. Napoleón se adueñó de Italia porque podía, y en una Europa que aceptaba el “derecho de conquista”, nadie argumentó que era ilegal. Todos los imperios coloniales se basaron en él. En la conferencia de Berlín (1884-1885) convocada por Bismarck para repartirse África, se reconoció como regla de Derecho Internacional el principio romano de “uti possidetis iure” (principio de ocupación efectiva), por el que un estado europeo podía reclamar derechos de soberanía sobre un territorio africano, si previamente había conseguido una ocupación real de este.

El poder impuesto por la fuerza es la forma más primitiva y también la más inestable de ejercer el poder. Maquiavelo sabía bien que “un príncipe, aunque tenga fuerza, necesita el favor y la benevolencia de los habitantes para entrar y mantenerse en el país adquirido”.  Napoleón lo corrobora: “Nada importante puede mantenerse solo mediante las bayonetas”. El poder siempre ha buscado legitimarse porque necesitaba de alguna manera ser aceptado por los sometidos. De hecho, Napoleón quiso ser entronizado emperador por el Papa, porque buscaba una legitimación que transcendiera la decisión del Senado. El poder político para ejercerse duraderamente necesita aprovechar la obediencia, para lo que intenta legitimarla por cualquier medio. Este es el punto más misterioso del poder. Necker, el ministro de Luis XVI, escribió: “Semejante subordinación no puede menos de sorprender a los hombres capaces de reflexión. Esta obediencia de un gran número a un pequeño número es un hecho singular, una idea casi misteriosa” (Du Pouvoir exécutif dans les grands États” (1972, 20.) A Rousseau, el espectáculo del Poder le recordaba a Arquímedes sentado tranquilamente en la orilla y sacando a flote sin esfuerzo una gran nave, (Contrato l.III, c.VI). Un prodigio natural. Analizando los modos y maneras del poder consentido, encontramos cuatro herramientas para conseguirlo: dar premios, infligir castigos, cambiar las creencias y manejar los sentimientos.

Esta es la situación. Después de revisar la Historia, de adelante para atrás y de atrás para adelante, después de estudiar a los teóricos del poder y leer las biografías de los poderosos, llego a la conclusión de que alguien lo es si tiene en sus manos estas cinco herramientas: la fuerza, la capacidad de premiar, de castigar, de cambiar las creencias o de manipular los sentimientos

Cuantas más herramientas tenga a su disposición, más poderoso será.

La fuerza, el odio y el amor

Es evidente que Napoleón dispuso de todas ellas, y las manejó con enorme habilidad y total falta de escrúpulos. “El oficio de emperador -dijo al barón Fain, su secretario de despacho- tienen sus propias herramientas, como todos los oficios”. La fuerza la utilizó en todas sus campañas guerreras, en la dictadura policial ejercida, en las expropiaciones o conquistas.  Advierto al lector que hay que distinguir entre la fuerza y la capacidad de infligir castigos. En aquel caso, la víctima carece de libertad: se le mata o se la mete en la cárcel. En el segundo caso, el siervo puede elegir: solo si no se somete recibirá el castigo. El código penal o la disciplina militar funcionan así. La capacidad de premiar fue exquisitamente cuidada por Napoleón. El citado barón Fain cuenta el enorme interés del emperador por dar premios, donaciones, prebendas, títulos, honores. (Mémoires, cap. IX). La creación de la “Legión d’honneur” lo demuestra. Por cierto, las memorias de Fain describen minuciosamente lo que tal vez fue el gran recurso de Napoleón: su talento como administrador, como burócrata genial, como organizador eficiente e hiperactivo, y como un obsesivo consumidor de información. Aspiraba a saber lo que ocurría en toda Europa y organizó un sistema para conseguirlo.

Respecto a cambiar las creencias de la gente, Napoleón fue un precursor. Según él, “para ser justo no basta con hacer el bien. Es preciso que los administrados estén convencidos de ello. La fuerza se funda en la opinión. ¿Qué es el gobierno? Nada sin la opinión”. Ya durante la campaña de Italia creó dos periódicos: Le Courrier de l’Armée d’Italie (1797) y más tarde La France vue de l’Armée d’Italie (1798), que llevaba el subtítulo de Journal de politique, d’administration et de litterature Française et étrangère). Mediante ellos dirigía la opinión pública, en beneficio suyo. Durante la expedición a Egipto creó con sus propios fondos personales Le Courrier de l’Egypte con análogas funciones. La utilización de la prensa fue una constante de su gobierno. Napoleón escribió personalmente a su hermano José para que aumentase la tirada de la Gaceta de Madrid hasta 15.000 ejemplares para mejor servirse de ella como instrumento de propaganda y difundirla por todo el reino.

La manipulación afectiva fue ejercida hábilmente por Napoleón. Siguió las indicaciones de Maquiavelo, cuya obra El príncipe, anotó minuciosamente. Se puede gobernar mediante el odio y mediante el amor. Bonaparte dirá a Las Casas que quiso imponer la “autoridad del miedo”, para evitar ser apuñalado por la espalda: “No se trata de ser amado, sino de ser temido”. Pero supo manejar el amor del pueblo hacia él y hacia Francia. Más aún, consiguió que se identificaran ambos en el imaginario colectivo. Sabía que un político debe ser un proveedor de esperanza: “Sólo se puede gobernar a un pueblo ofreciéndole un porvenir. Un jefe es un vendedor de esperanzas”.

Supo enlazar la suerte de cada uno de sus súbditos con la gloria de Francia.  El juramente antes de la subida al trono imperial decía. “Juro gobernar teniendo solo en cuenta el interés, la felicidad y la gloria del pueblo francés”. El vínculo emocional que el pueblo francés mantuvo con Napoleón, está hecho de admiración ante sus hazañas, el boato de su corte, el sentimiento de que se trataba de un ser casi divino.

Como escribe Natalie Petiteau,

“Poco a poco se prepara para sí mismo una casi divinización, orquestada sobre todo por el catecismo imperial, cuya séptima lección está consagrada a los deberes hacia el emperador, colocado en el mismo plano que Dios Padre. Además, los sermones del domingo en las iglesias hacen de él el representante de Dios en la tierra”. (Napoléon: De la mythologie a l’histoire).

Hay dos importantes aspectos del poder que se manifiestan también en Napoleón. Uno es la insensibilidad, que ya he tratado en el Panóptico 22. Otro, el carácter expansivo del poder, su carencia de sistemas de frenado, que estudiaré en otra ocasión.

El ejemplo de Napoleón me sirve para corroborar que la teoría de las cinco herramientas del poder funciona. Son las que se han utilizado a lo largo de la historia. Cambian los modos de ejercerlas, su diseño, su intensidad, su potencia, pero son las mismas. Biden va a retirar las tropas americanas que quedaban en Afganistán. Lo sucedido allí da la razón a Napoleón: las bayonetas no son suficientes. No se consiguió cambiar las creencias ni los sentimientos afganos. Acabo de recibir un interesante libro de Thomas Rid, Desinformación y guerra política (Crítica)- que estudia la importancia de las campañas de desinformación en la política internacional. Son prácticas ancestrales. Tenemos que dar una vez más la razón a Voltaire: “La Historia nunca se repite, pero los seres humanos siempre”.

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