LA VOLUNTAD DE CREAR
LAS PINTURAS MURALES DE JESÚS MATEO
MADRID, 2002
OBERTURA
“¿Qué ha pasado en Alarcón?”, se pregunta Gustavo Bueno en su estudio sobre los murales de Jesús Mateo. Pues que un artista decidió pintar, está pintando, ha pintado el interior de una iglesia desacralizada, bello ejemplar de lógica herreriana, en una pequeña población, recogida como un rebaño al lado del río, en la laderaa blanquecina, a la sombra de un imponente castillo.
¿Es eso todo?
Los filósofos siempre nos sentimos inclinados a pasar de la anécdota a la categoría. Nos parece que, si miramos con la suficiente perspicacia, el caso individual se convierte en un paradigma, en una clave para comprender realidades más amplias. Las pinturas murales de Alarcón, la impresionante obra de Jesús Mateo, ofrecen un ejemplo tan claro, documentado y poderosos de actividad creadora que si consiguiera analizar con rigor su proyecto, las fases de su realización, la tenacidad y la flexibilidad en el empeño, estoy seguro de que comprendería mejor el misterioso dinamismo de la creación, la fuente de que brotan las invenciones, las formas, las ideas.
Siempre me ha fascinado la emergencia de las obras de arte. Con frecuencia nos detenemos en ellas -en un cuadro, una escultura, una sinfonía-, atrapados por su encanto, cautivados por su propia seducción. Son el reino de la apariencia perfecta y autosuficiente. Pero, al actuar así, creo que nos perdemos una parte del espectáculo. Las obras artísticas , como todas las realidades culturales, guardan un último secreto en su genealogía, A mí, al menos, y no creo ser en esto excepcional, la contemplación estética me produce un inevitable sentimiento de euforia, y no solo por su belleza, sino por el pasmoso hecho de que ese cuadro o esa sinfonía o ese poema que tanto dilata la realidad sea fruto de la actividad de un artista, capaz de hacer con cosas minúsculas –un lápiz, una brocha, un cincel- obras tan poderosas. Sin atender a las actividades de donde proceden podemos resbalar en su brillante superficie, como patinadores extasiados.. Es como si al ver las extrañas formas de un paisaje de lava olvidáramos la explosión volcánica de la que proceden.
El estudio de la genealogía de una obra sirve también para establecer una pedagogía de la mirada. Contemplar no es una actitud inerte, meramente receptiva, sino que exige la postura adecuada, la recta dirección de la mirada, la activación de saberes dormidos. Aquí, en Alarcón, me gustaría dirigir al visitante que se adentre en esta arquitectura renovada como un guía dispuesto a conducirle por selvas fantásticas e incendiadas. He de comenzar advirtiendo que no es lo mismo ponerse frente a un cuadro que mirar estos murales. En este caso, el espectador tiene que introducirse forzosamente en el ámbito de luz y colorido definido por las pinturas. Se le exige que se interne en los túneles del color y en las frondas de las líneas. Es cierto que los murales deben verse paseando frente a ellos, fijando la mirada, pero siempre va a estar presente una visión marginal, un escorzo visto a hurtadillas, con el rabillo del ojo, que va a delatar la presencia de lo ya visto o de lo todavía no enfocado. Es un gigantesco efecto de acorde: múltiples notas sonando a la vez, interactuando, modificándose.
Los murales de la iglesia de Alarcón son un proyecto de gigantesca ambición, elaborado por un hombre no ambicioso, que se sitúa frente a su obra en una actitud humilde, servicial, de aprendiz, como si estuviera a la escucha, dispuesto a ejecutar el mensaje de la obra, de la cual es, sin embargo, autor. Mateo comenzó su proyecto cuando era extraordinariamente joven, casi un artista adolescente, y ha entregado a él más de siete años de su vida. Puede decirse que el artista ha ido haciéndose al mismo tiempo que la obra, hasta tal punto que la biografía de ambos se confunde.
Así lo recoge Fernando Arrabal, en el largo poema que le dedicó hace años en París, y del que me sirvió para trazar un retrato apresurado del personaje. Lo define con “un fanático de la pintura”. Veámoslo. Subido en un andamio, está pintando. La concavidad de la iglesia le rodea y hace que su proyecto entero también e acoja , encerrándole como una gran burbuja impredecible y, a la vez, sujeta a una logística estricta. Siempre me ha intrigado esta característica de las obras de arte. Siendo fruto de la libertad creadora, parece que tienen su propia necesidad. Wordsworth reprochaba a la poesía de Goethe el “no ser suficientemente inevitable (not inevitable enough)”. Una de mis críticas a las vanguardias del siglo XX, es que glorificaron el azar, la caprichosidad, lo inmotivado. Volvamos a Alarcón. Es artista está, decía, dentro de su proyecto, recibiendo las llamadas, los reproches, las incitaciones de una totalidad, de muros y bóveda que dialogan entre sí, en lenguajes visuales que el autor ve de lejos, desprendidos, como si no fuera él quien los está profiriendo.
Frente al mural, su cabeza no se comunica
con la realidad, sus pasiones están separadas
de la melancolía por una barrera
infranqueable.
Ya veremos, al estudiar la evolución de las formas dentro de este proyecto, que ha habido un desandar desde la figuración a la prefiguración, desde el ser a su embrión. “Lo visible -dice Arrabal- nace de lo qye no tiene forma, y lo invisible del pánico”. Conviene recordar que “pánico” era la experiencia que se tenía de la presencia del dios Pan. Imaginar a Jesús Mateo trabajando solo, durante años, en una nave que supera la escala cotidiana, me recuerda uno de esos rituales de transfiguración y renacimiento que se daban en las religiones arcaicas. Supongo que a esto se refería también Arrabal al escribir:
Cuando Jesús Mateo pinta
Refleja el aliento del recién nacido.
¿Y qué esta haciendo el pintor? Antes de analizar la obra, transcribiré, como adelanto poético, para que despierte el interés y avive la intriga, la descripción de Arrabal:
Si el “mural” de jesús mateo fuera una
epopeya,
contaría la vida de las primeras fieras
del Paraíso Terrenal.


