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José Antonio Marina: “Buscar la felicidad individual es complicado, la social no lo es tanto”

En Biografía de la inhumanidad, el filósofo aborda de nuevo la evolución del ser humano. Pero ahora se centra en la crueldad: ¿qué lleva a las sociedades avanzadas a caer en el horror?

 EDUARDO BRAVO

El filósofo José Antonio Marina (Toledo, 1939) ha publicado Biografía de la inhumanidad (Ariel), un ambicioso ensayo en el que repasa el progreso de la humanidad con sus avances éticos y sus retrocesos marcados por la crueldad, a través de una disciplina, la Historia, y una herramienta, el panóptico. “En mi caso, el panóptico es una metáfora metodológica que me permite suponer que estoy en un punto suficientemente elevado como para tener debajo toda la Historia y ver las relaciones que conectan una cosa con otra. A diferencia de la connotación negativa del panóptico de Bentham o Foucault, el mío es positivo porque no busca controlar, sino dar libertad”, explica Marina.

Mujerhoy. Siendo filósofo, ¿por qué eligió la Historia para su investigación?

JOSÉ ANTONIO MARINA. Como yo la entiendo, la Historia es la crónica de la experiencia humana. La humanidad siempre se ha enfrentado a los mismos problemas, solo que los ha resuelto de maneras distintas. Eso da lugar a una nueva ciencia, la ciencia de la evolución de las culturas, que muestra la evolución humana como la de una gran familia, la familia humana.

¿El fin de solucionar esos problemas sería lograr la felicidad?

La búsqueda de la felicidad es un impulso constante con un objetivo muy vago: uno no sabe qué está buscando. Pero aunque uno no sepa qué es ser feliz, lo va averiguando en esa búsqueda y, mientras, va construyendo el arte, la ciencia, las organizaciones sociales o los sentimientos, que también son una invención.

Usted diferencia entre felicidad subjetiva y felicidad social. ¿Existe una felicidad compartida?

Buscar la felicidad individual es complicado, pero buscar la felicidad social no lo es tanto. Si en una sociedad se quitan cinco obstáculos –la pobreza extrema, la ignorancia, el fanatismo, el miedo al poder y el odio al vecino–, la inteligencia por sí sola busca cómo ser feliz. Es lo que yo llamo ley del progreso ético, que daría lugar a una sociedad que respeta derechos individuales, permite la participación en el poder político, rechaza las desigualdades –no todas, solo las no justificadas–, soluciona los problemas de manera racional –sin supersticiones ni fanatismo– y da garantías jurídicas de defensa. En ese mundo de felicidad objetiva hay más oportunidades de lograr la felicidad personal.

“Buscar la felicidad individual es complicado; la social no lo es tanto.”

Por lo que cuenta, la felicidad objetiva surgiría de la colaboración, no de la competición.

La inteligencia como facultad individual es una abstracción. Toda inteligencia se desarrolla en un contexto social. Tenemos dos tipos de genomas: uno biológico, heredado de nuestros padres, y otro cultural, asimilado del entorno. La Ciencia de la evolución de las culturas nos enseña que procedemos de familias de primates grupales de los que hemos recibido la agresividad y la colaboración. La inteligencia procura frenar la agresividad y fomentar la compasión y, aunque no desaparece, el equilibrio entre ambas crea la cultura, que es la que frena la agresividad.

¿Cómo lo hace?

Todas las civilizaciones tienen tres diques. El primero, afectivo, fomenta sentimientos pro-sociales como la compasión o el altruismo. Como las emociones son difíciles de controlar, surge la segunda presa: los sistemas morales, que buscan que se interioricen las normas. Pero, ¿qué pasa si sé lo que debo hacer pero no lo hago? Para eso está el tercer dique: instituciones sociales que obligan a hacerlo porque, si no, hay un castigo. El problema es que, aunque se progrese en el control de la agresividad, siempre hay un momento de colapso que hace que regrese el horror.

En el libro abundan ejemplos de esos rebrotes de horror, pero destaca la violencia contra las mujeres.

Las violaciones masivas a mujeres es uno de los capítulos más turbios de la crueldad. Son organizadas por mandos del ejército que usan a la mujer para atacar al enemigo. Se tardó mucho en considerarlo crimen contra la humanidad. Además, tiene el añadido machista de que las víctimas no lo contaban porque una mujer violada quedaba manchada de por vida. Un disparate fruto de creencias antiquísimas y perversas que diferencian entre lo puro e impuro y que han machacado a la mujer.

Aunque el libro no está escrito pensando en la pandemia, ¿puede ayudar a afrontar la situación actual?

Una de las enseñanzas es que, de la experiencia sin más, no se aprende nada. De vivir la pandemia no se aprenderá nada, salvo que se quiera sacar alguna enseñanza. La primera, que todos dependemos de todos, que es importante la felicidad social y que hay que ser críticos con los que la atacan. La segunda, ser conscientes de que somos vulnerables, en la salud, en el cambio climático o la economía. Hay que reflexionar sobre qué mundo queremos y saber que los sistemas políticos o el mercado no tienen sistema de frenada. Los ciudadanos somos los que, con responsabilidad crítica, hemos de actuar y decir “hasta aquí hemos llegado”.

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