Una derrota para cambiar de derrota

(El Mundo)

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La derrota es una experiencia amarga, ante la que se puede actuar con torpeza o con inteligencia, según se aprenda o no algo de ella. Un comportamiento torpe ante la derrota es negarla, maquillarla, echar la culpa a otro, escurrir el bulto, lo que conduce a la agresividad y al autoengaño. Mala solución. También es torpe pasar al extremo contrario, agrandar el desastre, culpabilizarse en exceso, hundirse en la desesperanza, porque nos lleva a la pasividad y a renunciar a intentarlo de nuevo. El triunfo también puede encajarse estúpidamente. Lleva entonces al engreimiento y a la prepotencia. Por eso, los inteligentísimos romanos hacían que durante la ceremonia triunfal, un esclavo mantuviera la corona de laurel sobre la cabeza del general vencedor diciéndole continuamente Respice post te, hominem te esse memento, es decir, «Mira hacia atrás y recuerda que sólo eres un hombre».

Este artículo está motivado por los Juegos Olímpicos, pero no voy a enjuiciar cómo se hicieron las cosas, porque lo desconozco. Tampoco sé cómo se pudieron generar unas expectativas tan desmesuradas, y menos aún estoy al tanto de las deliberaciones del COI, que son un enigma envuelto en un misterio. Lo único que me interesa es aprovechar la ocasión para reflexionar sobre un asunto que nos interesa a todos, porque nos afecta con frecuencia: ¿cómo hay que enfrentarse inteligentemente a la derrota? Puesto que soy un profe, voy a contarles cómo se lo explicaría a mis alumnos, más aún, cómo me gustaría aprovechar este desagradable suceso en el aula.

Los humanos somos seres competitivos, es decir, nos esforzamos por ganar, porque el triunfo es un placer maravilloso. Sería deseable que fuéramos más colaboradores que competitivos, pero somos ambas cosas a la vez, y prescindir de uno de estos impulsos limita nuestras posibilidades. Siempre que se pueda, se debe aspirar a la estrategia del win-win, del «todos ganamos», pero a veces no es posible. Competir es aspirar a lo mismo que desea otro. Exige un esfuerzo y se somete a un riesgo. Cuando se pierde en una competición, se experimenta decepción, frustración, y tal vez desánimo. Podemos «desmoralizarnos», y esto es grave, porque significa que nos falta la energía necesaria para comportarnos adecuadamente. Una expectativa no se ha cumplido y experimento una carencia dolorosa. El castellano tiene una opinión muy pesimista sobre estos temas. El fracaso produce una «desilusión», un «desencanto». En teoría, estos sentimientos deberían considerarse buenos, porque nos indican que nos hemos liberado de una ilusión o un encantamiento, es decir, de ficciones, pero para nuestro diccionario todas las expectativas parecen ilusiones, por eso digo que es pesimista. Lo mismo le sucede cuando habla de «novedad». En el primer diccionario de la lengua castellana, el de Sebastián de Covarrubias (1674) se la define así: «Cosa nueva y no acostumbrada. Suele ser peligrosa por traer consigo mudanza de uso antiguo». Nuestra cultura tiene un poso estoico, muy cauteloso y pasivo. La manera de no ser nunca derrotado es no desear nada, no aspirar a nada. Sin duda, muerto el perro del deseo, se acabó la rabia de la frustración. Parece, sin embargo, que lo sensato es aspirar a lo máximo razonable, y estar dispuesto a soportar el fracaso. A esto es a lo que llamamos «valentía».

Durante los últimos decenios, uno de los problemas que ha tenido la educación es que no ha educado a nuestros niños para la experiencia de la frustración, lo que les ha hecho extraordinariamente vulnerables, porque inevitablemente alguna decepción van a tener en la vida. Por eso, necesitamos educar para soportar el fracaso, si queremos educar para conseguir el éxito. Esto sucede también a los adultos. En España tenemos una concepción ontológica del fracaso. Quien fracasa una vez es un fracasado. Y es mejor que no lo intente de nuevo. Esta idea disuade a mucha gente de emprender nada. «Yo para eso no valgo», es una profecía que se realiza a sí misma por el hecho de enunciarse. Uno de los vicios mentales que debemos intentar eliminar es esa alergia al riesgo. De nuevo aparece la valentía, que tradicionalmente ha sido la encargada de indicarnos la buena actitud ante los obstáculos. En sentido amplio, valiente es el que no abandona un proyecto por las dificultades o esfuerzos que comporte su realización. Hemingway dio una definición que me encanta: Courage is grace under pressure. El coraje es mantener la gracia, la agilidad, la soltura, en un palabra, la libertad, cuando se está sometido a presión. Los filósofos antiguos, que desde los griegos afinaron mucho en este tema, consideraban que la valentía tiene dos aspectos: atreverse, que, era el momento del inicio, y resistir, que era el momento de persistir en la tarea, de no ceder al desánimo, de no desmoralizarse. Uno es la virtud del inicio, del despegue, del emprendimiento; el otro, la virtud de la acción mantenida, de la constancia.

Es evidente que esta valentía para emprender, perseverar y recuperarse en la derrota es necesaria para la vida personal y social fecunda. Por eso, están de moda palabras que indican ese recurso vital. Resiliencia, por ejemplo, que es la capacidad de soportar las dificultades y reponerse con rapidez. Es una virtud tan importante, que el ejército norteamericano ha encargado a Martin Seligman, un afamado psicólogo especialista en estos temas, que imparta cursos sobre resiliencia a un millón de soldados americanos. Para que sepan arrostrar el peligro, la victoria y la derrota. Creo que es una enseñanza que necesitamos todos, porque la capacidad de enfrentarse a situaciones difíciles, la valentía, no es una virtud guerrera, sino una imprescindible virtud pacífica. El justo medio entre la temeridad irresponsable y el miedo paralizante.

La inteligencia puede aprovechar la derrota para reflexionar sobre dos cosas: sobre si había elegido bien la meta, y sobre si se había elegido bien el camino para alcanzar la meta. Es curioso que el lenguaje castellano me permite hacer un juego de palabras: El momento de la derrota es el momento adecuado para fijar nuestra nueva derrota, es decir, nuestro rumbo. En náutica, «derrota» significa «el camino correcto», la vía que «rompe» en la buen dirección. La memoria no es el órgano del recuerdo nostálgico o arrepentido. Es el órgano del aprendizaje, es decir, del futuro.

Esto es lo que me gustaría decir a mis alumnos, con motivo de la frustración olímpica. university essays online

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