No pongas tus sucias manos en Twitter

(El Mundo)

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La publicación de tuits ofensivos y violentos con motivo del asesinato de la presidenta de la Diputación de León ha planteado de nuevo el tema de la censura en Twitter. Hay que ser cauteloso. Valores fundamentales pueden entrar en conflicto, con lo que las soluciones han de ser ponderadas en cada caso. Por ejemplo, ¿qué es más importante, defender el derecho a la información o el derecho a la intimidad? ¿El derecho a la libertad o el derecho a la seguridad? ¿El derecho a la libertad de expresión o el derecho al honor? ¿El derecho a la propiedad o el derecho a la igualdad? Todos son derechos fundamentales y, por lo tanto, no pueden darse normas generales excluyentes, sino «ponderar» en cada caso concreto el derecho que debe prevalecer. Esto hace que las discusiones éticas sean difíciles y no puedan solventarse con la primera convicción que se le pase a uno por la cabeza.

Toda innovación tecnológica plantea dilemas éticos. Es evidente, por ejemplo, en la ingeniería genética. Las tecnologías de la información también plantean problemas morales. Muchos de sus grandes avances fueron hechos por gente con gran preocupación social. Hace unos años, Pekka Himamen publicó La ética del hacker, con un prólogo de Linus Torvalds (el inventor de Linux) y un epílogo de Manuel Castells. Los valores principales de esa ética son la libertad, la conciencia social, la verdad, la lucha contra la alienación del hombre, la igualdad social, el libre acceso a la información, la accesibilidad, la responsabilidad. Los creadores de internet (como Tim Berners-Lee) pensaban que la web haría nacer una era de libertad, al poner la información al alcance de todos. Es evidente que gran parte de esa generosidad inicial ha desaparecido, y que el uso masivo de las redes sociales está planteando muchos problemas psicológicos, sociales, jurídicos y éticos. Son tecnologías muy jóvenes, que han crecido con mucha rapidez y que, por lo tanto, no han tenido tiempo de crear sus propias normas de actuación, su moral. Pero no podemos olvidar los grandes beneficios que rinden a la Humanidad. Nadie duda de la utilidad del automóvil. Sin embargo, en 1900 se publicó el Código de Circulación, que decía que «en ningún caso excederá la velocidad de 28 kilómetros por hora, aproximándose a ella solamente en terreno llano y despoblado». En 1924 se hizo obligatorio circular por la derecha. Estos reglamentos limitaban la libertad del conductor, pero al mismo tiempo la hacían posible, porque sin ellos los atascos y los choques impedirían el tráfico. Con Twitter y con internet en general habrá que hacer algo parecido. Una buena regulación aumenta la libertad, no la disminuye.

Además, debemos acostumbrarnos a pensar que la solución de los conflictos sociales tiene un nivel jurídico y otro ético. El jurídico se impone por coacción y por la imposición de penas. El ético, por convicción y presión social. Hemos olvidado que una cosa puede no ser delito, y ser, sin embargo, inmoral. No podemos esperar que la ley las corrija. Tiene que hacerlo la educación y la presión social, que debe ser rigurosa con esos comportamientos. Por eso, necesitamos, más que una nueva legislación correctora, unas normas éticas que regulen el comportamiento en las redes sociales. Quien tuitea está pretendiendo disfrutar de sus cinco segundos de gloria, aparecer por un instante en la pantallita social. Debemos castigar al mal tuitero con el desdén social, con el reproche de quienes creemos que las nuevas tecnologías pueden ser una gran herramienta al servicio de la dignidad. De la misma manera que en un restaurante no dejaríamos que un comensal empezara a orinar en un rincón, o ventoseara mientras come a nuestro lado, «porque eso aquí no se hace», los mismos tuiteros deben despreciar, marginar, a quienes incumplan las normas de convivencia. Sugiero un lema para una campaña de higiene en las redes: «No pongas tus sucias manos en Twitter».

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