Los cuatro pilares de la educación o aprendiendo de la historia

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En su sentido religioso, la es una celebración de la memoria. Tal vez por ello, durante estas vacaciones he dado vueltas a un tema que me preocupa cada vez más: el desinterés por la historia. Empezamos a admitir, sin discusión crítica, que lo actual es siempre superior a lo pasado, y que hay que confiar en la innovación continua porque todo lo anterior ha rebasado su fecha de caducidad. Es posible que con esta actitud estemos desaprovechando la milenaria experiencia de la humanidad. es un gigantesco banco de prueba para las soluciones dadas a problemas universales y permanentes. La educación es uno de ellos. Según los actuales cánones pedagógicos, mi generación -como muchas otras- fue desastrosamente educada. Sufrimos una educación autoritaria, dogmática, religiosa, represora y muchas cosas más. Sin embargo, ¿fueron tan malos los resultados? Tengo la impresión de que por debajo de ese currículo desastroso, había otro oculto menos criticable. Me gustaría que ustedes confirmaran o desmontaran mi impresión.

Empezamos a admitir, sin discusión crítica, que lo actual es siempre superior a lo pasado, y que hay que confiar en la innovación continua

Les pondré un ejemplo adecuado a estas fechas. Mi familia cumplía, y nos hacía cumplir a los niños, las normas de la ‘abstinencia’. Los viernes de Cuaresma no se tomaba carne, como sacrificio. Esta práctica -que es el currículo superficial- parece un tipo de superstición, que resulta aún más rechazable cuando se recuerda que la Iglesia había organizado alrededor de esa obligación una especie de negocio que ya denunció Lutero: las bulas que había que comprar para poder mitigar las obligaciones del ayuno.

Lo que nos enseña la historia

Pero había otro currículo oculto, o al menos eso pienso. A través de esas prácticas poco justificables, nos enseñaban una cierta resistencia. Había que hacer cosas que no nos apetecían, porque teníamos la obligación de hacerlas. Ahora tenemos cierto reparo en decir a nuestros alumnos que hay actos que tenemos que hacer porque son nuestro deber. Hemos sustituido este concepto por el de ”, que es, en cierto sentido, un concepto de ‘psicología dulce’. ¡Claro que sería estupendo que todo lo hiciéramos motivados, con ganas! Pero ¿qué sucede si nos faltan las ganas?

El examen de conciencia era un requisito para la búsqueda de la excelencia y la psicología lo ha recuperado bajo el nombre de ‘metacognición’

Han hecho falta 50 años de psicología de la motivación para reconocer que la mayor parte de las teorías tenían un cierto carácter hedonista. Según ellas, lo único que mueve a la persona es el disfrute producido por la propia actividad (motivación intrínseca), por una recompensa interior (reconocimiento social, sentido de la propia eficacia) o por una recompensa extrínseca. Mordecai Nisan, Susan Harter, Edward Deci y otros especialistas comienzan a recuperar el concepto de ‘deber’ (lo llaman ‘motivación internalizada’) dentro de la práctica educativa. Simultáneamente, se está llamando la atención sobre la necesidad de fomentar una cierta ‘dureza’ (‘hardiness’), una ‘resistencia mental’ (‘mental toughness’) o la ‘resiliencia’ (capacidad de soportar y reponerse del estrés), a la vista de la dificultad que tienen nuestros niños y jóvenes para soportar la frustración. Los filósofos antiguos incluían todo esto dentro de la virtud de la fortaleza, que nos capacita para emprender y para resistir.

Otra práctica que tal vez merezca ser repensada, y que sintoniza también con estas fechas, es la del examen de conciencia. No creo que mis alumnos lo practiquen nunca. Consiste en reflexionar sobre el propio pasado, para descubrir, fundamentalmente, las cosas incorrectas que hemos hecho, con el propósito de corregirlas. Esto irrita a algunas corrientes de ”, que piensan que solo hay que recordar los acontecimientos que aumenten la autoestima, porque los demás son negativistas y debilitan en vez de fortalecer. Además, el examen de conciencia, piensan muchos, es una práctica piadosa y reaccionaria, impuesta por la Iglesia como antecedente del sacramento de la penitencia, y como tal inaceptable. Tal vez recuerden lo que aprendieron en el catecismo: examen de conciencia, dolor de corazón, propósito de la enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia.

Otra práctica que tal vez merezca ser repensada es la del examen de conciencia. No creo que mis alumnos lo practiquen nunca

Pero el examen de conciencia no es una creación cristiana. Epicuro exigía a sus discípulos que escrutaran sus creencias inconscientes y que confesaran públicamente sus faltas para poder corregirlas. Y Séneca, una vez que habían retirado las luces y su cámara estaba en silencio, examinaba cuál había sido su comportamiento durante el día. El examen de conciencia era un requisito para la búsqueda de la excelencia. La psicología contemporánea lo ha recuperado bajo el nombre de ‘metacognición’, que suena un poco rebuscado. De nuevo, estamos descubriendo el Mediterráneo.

Revisando la historia, creo identificar cuatro pilares de la educación: autoridad, sentido del deber, valoración de la libertad, sentido de los derechos. La  que recibió mi generación insistía en los dos primeros -la autoridad y el deber- y descuidaba los otros dos. Este fue su punto débil. En cambio, la educación que la sustituyó fomentó los dos últimos -valoración de la libertad y sentido de los derechos-. Esta es su debilidad. Ambas estaban cojas. Espero que tendremos el suficiente talento educativo para construir la próxima educación sobre los cuatro pilares.

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