Mesa de argumentaciones y no mesa de negociaciones

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Mesa de argumentaciones y no mesa de negociaciones. “Negociar” forma parte del conjunto de palabras mágicas, que invocamos ante una dificultad. Otras son “diálogo”, “pacto”, “innovación”, “creatividad”. Presentan un seductor paquete sin desvelar su contenido. Negociar es una técnica para que las partes implicadas coordinen sus intereses al máximo. Es imprescindible. Pero para que una negociación sea satisfactoria tiene que basarse en tres supuestos: la legitimidad de las partes negociadoras, la legitimidad del tema a negociar, la legitimidad de los elementos con los que se negocia. Ejemplo: la familia de un secuestrado negocia con el secuestrador. Es un medio de solucionar el problema, pero no es una actividad elogiable, sino el mal menor. El secuestrador no tiene legitimidad para negociar, porque es un criminal. El tema no es lícito (reclama dinero por la libertad de la víctima), y los medios tampoco son decentes (amenaza de muerte). Conociendo los límites de una negociación, me gustaría que, en el tema catalán, antes de una mesa de negociación, hubiera una mesa de argumentación. En ella todas las partes están en igualdad de condiciones, porque las únicas fuerzas en liza son los argumentos. Necesitamos escuchar los argumentos -no las emociones- de los independentistas y de los constitucionalistas. Expongo un posible índice en el blog.


HOLOGRAMA 27

Para llamar a la argumentación, recordaré una vez más la máxima de Karl Popper:Conviene que combatan los argumentos para que no tengan que combatir las personas”. Aun siendo consciente de que las posiciones políticas son inmunes al razonamiento, insistiré de nuevo en la necesidad de la argumentación, para intentar que los tormentosos tiempos que vivimos no se conviertan en atormentados.

Todo el mundo habla de fakenews, pero también habría que hablar -siguiendo con los anglicismos- de fakeconcepts y de fakeargumentations. Hay, en efecto, conceptos engañosos, porque parecen designar realidades cuando solo se refieren a “entes de razón”. En lógica y teoría del conocimiento, se conoce con este nombre aquellas creaciones mentales que sólo tienen existencia en el pensamiento. El concepto “sierra de Gredos” representa un objeto real. El concepto “raíz cuadrada de uno” o “Blancanieves” sólo existen en el pensamiento. Son entes de razón. La filosofía se ha empeñado siempre en separar unos de otros, los entes reales de los meros entes ideales. Así sucede, por ejemplo, con el concepto “Dios”. ¿Designa un ente real o un ente de razón? Afinando más, los lógicos distinguían entre “entes de razón con fundamento en la realidad” y “sin fundamento en la realidad”. La “raza aria” como realidad superior, dotada  del derecho a imponerse a otras razas, es un mero “ente de razón”, que buscaba su fundamento real en supuestas características esenciales de una comunidad de individuos. La “batalla de Waterloo” es un ente de razón que convertía en una idea miríadas de experiencias individuales de sangre, sudor y lágrimas.

Hago esta breve introducción filosófica porque creo que es pertinente para tratar los temas políticos, como el conflicto catalán. En esa “mesa de argumentación” que  imagino deberían debatirse los siguientes temas:

1.- La nación -sea española o catalana-, o el “Pueblo” -sea catalán o español -¿qué tipo de entidades son?

a) Son entes reales.

b) Son entes de razón sin fundamento en la realidad

c) Son entes de razón con fundamento en la realidad.

2.- ¿Qué tipo de entidad es el Estado?

a) Es una realidad

b) Es un ente de razón sin fundamento en la realidad

c) Es un ente de razón con fundamento en la realidad

Creo que debemos considerar la nación, el Pueblo, o el Estado como “entes de razón con fundamento en la realidad”. En cada caso, ese fundamento es distinto y, puede cambiar de unas personas a otras. La “nación” puede fundarse en la tradición cultural, en el idioma, en el territorio, en la historia política, en la voluntad de sus miembros, etc. El “Pueblo” es claramente un colectivo de personas, que comparten alguna característica externa, por ejemplo, vivir en el mismo lugar. El Estado es la organización política de una colectividad de individuos. Harari, en Sapiensrecomienda que para saber si el protagonista de algún relato es real o imaginario nos preguntemos si el protagonista puede sufrir. Se refiere a los poemas de Mickiewicz sobre el dolor de Polonia. ”¿Puede sufrir una nación? Es una ficción. Sólo en la imaginación de algunos seres humanos puede aparecer esa idea. En cambio, considérese el destino de una mujer de Varsovia a las que las tropas rusas violaron o robaron. A diferencia del sufrimiento metafórico de la nación polaca, el sufrimiento de aquella mujer fue muy real”. Podía haber puesto como ejemplo el comienzo del poema de Bernardo López que recitábamos en la escuela: “Oigo, patria, tu aflicción”. Los retóricos antiguos llamaban “prosopopeya” a la figura de ficción que consistía en atribuir sentimientos a cosas que no podían tenerlos. Deberíamos eliminar de la política ese recurso retórico.

Distinguir los seres reales de los meramente pensados es importante, porque nos plantea una pregunta decisiva: ¿Puede tener derechos un ente de razón?

Los derechos dependen de la inteligencia humana, que puede conferir derechos a lo que quiera: las personas, los animales, los bosques, el planeta tierra o los entes de razón. Sin embargo, la experiencia de la humanidad ha aconsejado limitar los derechos fundamentales a los individuos de la especie humana. En el caso que nos ocupa, porque reconocer derechos a esas entidades irreales puede acabar volviéndose contra los individuos. Si la raza aria tiene derechos, los ejercerá contra las personas. Si el Estado tiene derechos acabará ejerciéndolo contra los ciudadanos.

Entonces, ¿no están protegidos por derechos la lengua española, vasca, catalana, la catedral de Burgos, las Meninas de Velázquez, los toros de lidia, los bosques de la Amazonia? Sí, están protegidos, pero no por derechos propios, sino por el acuerdo de los individuos humanos de protegerlos. Blancanieves no tiene derechos.

Sin embargo, parece evidente que un Estado tiene derecho a promulgar leyes, ejercer el monopolio de la fuerza o firmar tratados con otros Estados. En efecto, pero es importante recordar que no los tiene como entidad separada, no es una persona, como el Leviatán que describió Hobbes, sino que los recibe del conjunto de ciudadanos miembros de ese Estado. Ellos son los únicos seres reales, y los únicos que poseen realmente derechos. Si lo olvidamos, caeremos en el Estado totalitario, que anula los derechos del individuo. Por otra parte, conviene recordar que la “soberanía” que ahora atribuimos al Estado, era en su origen un derecho personal del monarca, del “soberano”.

Una nación no tiene derecho a la autodeterminación ni a nada, porque es un ente de razón. Sus ciudadanos, en cambio, sí tienen derechos: a decidir sobre su forma de gobierno, sobre su cultura, sobre su propiedad. Derechos a tener hijos o a no tenerlos, a ser religiosos o a no serlo. El derecho de autodeterminación política es, como los demás derechos fundamentales, individual. Cada uno de nosotros tenemos derecho a organizarnos como queramos. Lo que ocurre es que ese derecho a la autodeterminación política, como todos los derechos, no trabajan en el vacío, sino en situaciones en las que compiten con otros derechos, y donde entran en liza compromisos de una larga historia. Todos tenemos el derecho de propiedad. Si estuviéramos en el origen de los tiempos, ese derecho podría ejercerse partiendo de cero. Ese ha sido el sueño de muchos dictadores – Robespierre, Hitler, Mao, Pol Pot- , empeñados en crear el mundo de nueva planta, con los terribles resultados que conocemos. En este momento, el ejercicio del derecho individual de los catalanes a la autodeterminación los divide en dos grupos: los que quieren ejercer su autodeterminación para independizarse y los que quieren ejercer su autodeterminación para no independizarse. Por otra parte, dado el carácter histórico del ejercicio de los derechos, y de los compromisos adquiridos, por ejemplo al votar la Constitución, el resto de los españoles también tiene derechos a intervenir en una posible separación que les afecta. Hay pues, como he dicho tantas veces, tres derechos en conflicto, pero tres derechos individuales, de las personas, no de los entes de razón. Eliminar el quen os moleste, no es buena solución. Lo importante es pensar cómo se pueden hacer compatibles.

También niego que el Pueblo tenga derechos, lo que parece ir en contra de la Constitución, que hace residir en él la soberanía nacional. Me refiero al Pueblo como ente de razón, por eso lo escribo con mayúscula. El pueblo con minúscula es un nombre colectivo, y sus componentes, los ciudadanos reales, tienen todos derechos individuales. El politólogo Yves Charles Zarka ha llamado la atención sobre el hecho de que toda la política de la edad moderna se ha construido sobre ficciones. A la vista de los problemas que ha causado, conviene insistir en que los únicos protagonistas reales son las personas concretas, de carne y hueso, que, en efecto, pueden sufrir.

Estos son los primeros temas que me gustaría que se trataran en esa “mesa de negociación” que, por desgracia, creo que quedará en el mundo de los entes imaginados.

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