300 maestros piden al rey que ‘vuelva’ a la escuela

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Siempre me ha fascinado el modo de ejercer el poder. Desde Roma, se distingue entre poder y auctoritas. El poder es coactivo. En las tiranías se ejerce por la fuerza y, en los estados democráticos, por el imperio de la ley. La autoridad es más difícil de describir. Se ejerce mediante el respeto suscitado por la capacidad o el conocimiento. «Es una autoridad en medicina», decimos. El emperador Augusto afirmó: «Pude hacer por autoridad lo que no podía hacer por poder». En España, el rey tiene muy poco poder en lo que respecta a la educación formal. Son los gobiernos los que pueden decidir las políticas educativas. Pero me gustaría que el rey se ganara la autoridad en este tema, y la utilizara para mejorar la educación.

¿Qué debería saber el nuevo rey sobre la escuela? Ésta es la pregunta que me ha hecho Crónica. De la escuela voy a hablar, no de la universidad ni de la investigación, que merecen artículo aparte. Lo que voy a decirle lo sabe ya y por eso este artículo es un simple memorial. Un recordatorio. En primer lugar, aconsejaría al rey que no se deje convencer por el discurso «políticamente correcto» que afirma continuamente que la educación es fundamental para el progreso de una nación. ¡Claro que lo es! Pero basta ver las encuestas del CIS para comprobar que nunca está entre las principales preocupaciones de los españoles.

Nos acordamos de la educación como de santa Bárbara, cuando truena, es decir, cuando hay malas noticias. PISA, por ejemplo.

La preocupación por la educación debe ser continua, cordial, atenta, omnipresente. Para educar a un niño hace falta la tribu entera, y, por lo tanto, todos debemos sentirnos responsables. Hace unos días estuve en Granada reunido con más de 300 maestros pertenecientes a la asociación que preside Francesco Tonucci, un pedagogo ejemplar. Aproveché la ocasión para preguntarles qué pedirían al rey. Me dijeron -incluido Tonucci- que se acercara a los niños, a su educación y, a través de ella, a sus familias. ¡Ésa es la gran revolución! Y que recordara algo importante: los malos estudiantes no son los «enemigos del sistema educativo». Son los que tienen más necesidad de la escuela. Sería magnífico que el rey les protegiera.

También me gustaría que supiera que los ciudadanos tienen un deseo profundo de paz educativa, de que se deje de utilizar la educación como arena de rivalidades ideológicas y políticas. La educación -igual que la medicina- tiene un nivel técnico que debe estar a salvo de interpretaciones sectarias.

La educación en España está ideologizada desde el siglo XIX. Es muy probable que nunca se dé un pacto de Estado a nivel político, pero el rey podría influir para que hubiera un pacto a nivel social. Debemos iniciar una «movilización educativa de la sociedad», despertar la «pasión por aprender», porque ese es el camino hacia la modernidad o, mejor aún, hacia el futuro. Me consta que la Fundación Príncipes de Girona ha trabajado eficientemente en temas tan actuales como la formación para el emprendimiento. Me encantaría que esa fundación se convirtiera en Fundación Felipe VI para la Educación.

Igualmente me gustaría recordarle la importancia de la educación infantil y primaria, incluso desde el punto de vista económico, porque, como ha mostrado, entre otros, James Heckman, premio Nobel de Economía, la inversión en educación infantil es la que más retorno económico proporciona a un Estado. Sin embargo, la relación entre nivel educativo y futuro laboral no funciona en España.

Decimos que tenemos la generación más preparada, pero está sin trabajo. Se ha roto el pacto social implícito entre jóvenes y sociedad, que aseguraba: si cumplís vuestra parte (formaros bien), la sociedad cumplirá la suya (proporcionaros un trabajo adecuado). Necesitamos restaurar ese pacto para que la educación recupere su prestigio.

Entre el estruendo del discurso educativo, que se ha vuelto dramático, me gustaría que el rey escuchara un mensaje positivo y exigente: la mejora de nuestro sistema educativo es posible, y no necesita gigantescas inversiones. Lo que necesita es mejor gestión. Los estudios internacionales que tenemos sobre el desarrollo de las reformas educativas son contundentes: el éxito depende de los docentes. Por ello, le pediría al monarca que se acercara a ellos. Para ser más preciso, a los mejores. Me reúno con cientos de ellos todos los años, los veo trabajar, inventar, esforzarse en sus aulas. Son personas que piensan que la educación, que sus alumnos, están por encima de las ideologías. Son una energía regeneradora que necesita también reconocimiento.

Y como una de las funciones del rey es dar prestigio o relevancia a las personas o a sus actividades, le pediría que tomara como gran objetivo la dignificación de la enseñanza profesional. Llevamos décadas diciendo que hay que mejorarla, sin conseguirlo, y sin reconocer siquiera su importancia. Una investigación hecha por el gran sociólogo Víctor Pérez Díaz reveló que el número de patentes registradas en un país no correlacionaba con el número de doctores, sino con el de alumnos de enseñanza profesional.

Conozco la escuela, los centros de primaria y secundaria. Son la estructura básica de nuestra educación, el escenario humilde de cosas maravillosas. También de actuaciones desastrosas que debemos erradicar. No podemos permitirnos docentes mediocres. Necesitamos, por el bien de nuestros niños, por el futuro de nuestros adolescentes, una escuela que lance a todos a la excelencia. A los que nos esforzamos por conseguirla nos gustaría saber que el nuevo rey es uno de nosotros.

El Mundo. Domingo 15 de junio de 2014

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