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Comienzo otro tanteo metodológico. Otro “ensayo GAMMA”. La evolución de las pasiones humanas, sus sutiles tramas, el modo como han ido dirigiendo la historia y plasmándose en instituciones me fascina. El dominio afectivo que voy a estudiar es universal, permanente y poderoso. Su energía ha determinado nuestro pasado y nuestro presente. Forma parte de nuestra herencia biológica pero las diferentes culturas la han utilizado, expandido, formateado a su manera. Me refiero al caudaloso torrente emocional de la fama, la pertenencia a un grupo, la reputación, la gloria, el honor nacional, la necesidad de reconocimiento, la humillación, el resentimiento, la venganza. Vamos a asistir, si tengo el talento necesario, a la evolución de una necesidad primaria que acaba convirtiéndose en una pasión política. Un impulso detectable en los chimpancés, sigue siendo identificable en Internet. Tenemos pues desplegado ante nosotros evolución entera.

La cohesión del grupo es necesaria para la supervivencia.

La raíz biológica

Los humanos somos seres sociales. Frans De Waal ha comprobado que nuestros antepasados primates ya organizan sistemas normativos para regular la convivencia y solucionar los conflictos. Mantienen sistemas jerárquicos muy firmes y mecanismos para reconciliarse en caso de enfrentamientos. La cohesión del grupo es necesaria para la supervivencia. Tienen que hacer compatibles la cooperación y la competencia. Es la necesidad de protegerse mutuamente lo que genera la agrupación. Los primatólogos han comprobado que la dimensión del grupo depende del numero de depredadores que haya en su entorno.

No podemos comprender la evolución humana si pensamos que somos individuos que en un momento dado decidimos hacer un pacto de convivencia. Somos esencialmente sociales. Rousseau no hizo ciencia: escribió una novela.  El mito del hombre natural ha oscurecido nuestra verdadera historia. En toda sociedad, sus miembros poseen un sentimiento de pertenencia y sienten la necesidad de ser aceptados. Las ventajas de la vida en grupo son numerosas, siendo las mas importantes la mayor facilidad para encontrar comida, la defensa ante los depredadores y la fuerza numérica frente a los competidores. De Waal cree descubrir en los primates un embrión de la moralidad humana. En este coincide con E.O. Wilson, para quien ha llegado el momento de sacar la ética de manos de los filósofos y encargar su estudio a los biólogos.

La evolución ha creado los requisitos para la moralidad: la tendencia a desarrollar normas sociales y a reforzarlas, la empatía y la simpatía, el apoyo mutuo y el sentido de la justicia, los mecanismos para la resolución de conflictos, etc. La evolución también ha creado las necesidades y los deseos inalterables de nuestra especie: la necesidad de las crías de ser tendidas, el deseo de prestigio social, la necesidad de pertenecer a un grupo etc. “Lo que nos ha permitido vivir en grandes grupos de individuos no emparentados -escribe Marc D. Hauser-es una evolucionada facultad de la mente humana que genera juicios universales e inconscientes acerca de la justicia y los prejuicios”. (La mente moral, p.88). Esta especie de “Instinto moral” ha sido afinado por la experiencia evolutivo, y en el origen de ella encontramos los deseos y emociones humanos.

La psicología viene en nuestra ayuda

En el pasado siglo hubo una interminable disputa entre los filósofos acerca de si la moral se debía fundar en las emociones o en la razón. El estudio de la evolución de las morales puede ayudarnos a zanjar el debate.  Los humanos somos seres “hipersociales”, esta es una de nuestras principales características. Es una motivación heredada de nuestros antepasados animales, que hemos expandido y enriquecido hasta dar lugar a la aparición de sociedades extensas, ciudades, reinos, imperios, creando para ello un rico repertorio de emocione sociales. Voy a mencionar la explicación que dan tres autores de este proceso. William Wentworth identifica cinco emociones biológicamente heredadas: furia, asco, miedo, odio y tristeza. Piensa que eran medios de comunicación, previos al lenguaje, y que por ello se expresan con gestos reconocibles, comunes a todas las sociedades. Colaboran a la formación de las culturas porque regulan la atención, permiten aprender de la experiencia, capacitan al individuo para recordar información relevante, impulsan la acción, dan poder a las prescripciones culturales. El miedo a la soledad anima a integrarse en el grupo. También Jonathan Turner se pregunta por la “deep sociality” humana. Basándose en el estudio de las relaciones sociales dirigido por Alexandra Mayanski, que pensaba que nuestros ancestros no eran especialmente sociales, cree que la selección natural rediseño el cableado de nuestro cerebro para producir emociones que pudieran crear lazos más extensos.

Encuentra cuatro emociones primarias:

1

Satisfacción/felicidad
2

Asertividad/furia
3

Aversión/miedo
4

Desencuentro/tristeza

La construcción del edificio emocional se culmina con el control cortical de la expresión de las emociones.

Este aspecto me interesa porque corrobora la teoría de la evolución de las funciones ejecutivas, de los sistemas de autocontrol, que la psicología actual estudia, y Norbert Elias elevó a categoría histórica. La aparición de la culpa y la vergüenza favorece la sociabilidad. Como Wentworth, admite que las emociones fueron el primer medio de comunicación. Las sanciones son críticas para el control social. Si no hubiera sentimientos positivos o negativos, nada permitiría guiar la conducta de los individuos. Las sanciones en general son respuestas al hecho de que los comportamientos no se adecúan al código de conducta del grupo (Turner.J. On the Origin oh human emotions: A sociological inquiry into the evolution of human affects, Standfor University Press, Standfor,2000). Un tercer estudioso de la evolución de las emociones es Michael Hammond.  Según él, los humanos no solo buscan las recompensas, sino maximizar esas recompensas.  Pero la habituación reduce la fuerza estimulante de las recompensas, lo que trabaja en contra de su maximización, por lo que tiene que ampliar las fuentes gratificantes. Un modo de hacerlo es multiplicar los lazos afectivos, y establecerlos con diferentes grados de intensidad (Hammond, M.  Affective maximization: A new macro-theory in the sociology of emotions”, en T.D. Kemper (ed) Research agendas I the sociology of emotions” pp. 58-81, State University of New York Press, Albany, 1990. Turner, J.H, y Stets, J.E. The Sociology of Emotions, Cambridge University Press, 2005).

Europa estaba fragmentada. En Francia, por ejemplo, no había conciencia de “nación”, ni lengua compartida, ni fronteras o destinos comunes incuestionables. “Lo que sí había -escribe Robet Fossier-, era un conjunto unificado de creencias: la base de la “cristiandad” (Gente de la edad media, 254). Una de sus características era la creencia en un mundo ordenado por Dios. El medievalista George Duby propone estudiar la sociedad medieval como dividida en tres estratos (semejantes en parte a los de la República platónica): clérigos (sacerdotes, maestros, gobernantes), guerreros y trabajadores. Ya hacia el año 860, Héric d’Auxerre, menciona los “Oratores, Bellatores et Laboratores”. Los que rezan, los que combaten, los que trabajan. En esa jerarquía, dominada por el rey, se funda la armonía del mundo cristiano medieval. El obispo Adalberón de Laon, al principio del siglo XI, escribe: “esas tres partes que coexisten no sufren por estar separadas; los servicios rendidos por una son la condición para la existencia de las otras. Cada una en su turno se encarga de ayudar a las demás” (Poeme au Roi Robert, alrededor de 1030). Esto suponía la aceptación de la inmovilidad social. “Intentar ocupar un puesto que no corresponde sería hacer una elección (haeresis) muy condenable” (Fossier 256). Es decir, convertirse en un hereje. Esto forma parte de la historia de la obediencia y de la resignación, que debería saber contar en este libro. Es posiblemente la fragmentación de los Laboratores, con su llegada a la ciudad, a la industria y a la posibilidad de enriquecerse, lo que acabará resquebrajando el ordenamiento tradicional.

Esta última afirmación merece ser cuidadosamente estudiada. El carácter expansivo de la acción humana se basa en un deseo de nuevos estímulos. Hammond propone una explicación: la habituación hace que los estímulos antiguos pierdan fuerza, sean incapaces de satisfacer nuestra sed de experiencias. Esto se ha comprobado con los experimentos de “privación sensorial”. Cuando se somete a una persona a condiciones artificiales de privación de estímulos, el cerebro protesta creando ansiedad o produciendo alucinaciones. (Ardila, R., “Privación sensorial”, Revista Interamericana de Psicología, 1970). Habría que pensar que los humanos soportamos mal el aburrimiento, somos incansables consumidores de estímulos, lo que nos incita a inventar muchas cosas. Padecemos la cupiditas rerum novaum, la avidez de cosas nuevas.

Esta rápida excursión por la psicología evolucionista nos enseña que las emociones sociales han aparecido y se han mantenido por su utilidad para la supervivencia del grupo que, a su vez, aseguraba la supervivencia de los individuos.

El primer gran deseo social: ser aceptado

Ese impulso social da lugar a tres grandes deseos, difíciles a veces de hacer compatibles. El mas elemental es la necesidad de integrarse en un grupo y de ser aceptado. No se puede vivir fuera de él, fuera de lo que De Waal denomina “la jaula social”. El rechazo, el extrañamiento, el destierro, la excomunión han sido siempre castigos terribles. La nostalgia, la homesick, era la enfermedad del que no podía regresar al hogar, enfermedad que según los diccionarios del siglo XIX podía ser mortal y aquejaba a los desterrados.

La integración en un grupo exige someterse a sus reglas y respetar las jerarquías. Es una necesidad para proteger la cohesión social. Las normas pueden imponerse por la fuerza, la amenaza y el miedo, o pueden imponerse emocionalmente educando el sentimiento de “vergüenza. Se trata de un poderosísimo mecanismo emocional de control moralizador. El castigo social cuando se infringían las normas era la vergüenza, un sentimiento poderosísimo, que depende del juicio ajeno. Es el miedo a ser “mal visto” o “mal mirado”. Cuando alguien no siente vergüenza por nada, es decir, le resulta indiferente el juicio ajeno, es un sinvergüenza, un peligro social. Quiero llamar la atención hacia el carácter “suave” de esta coacción, sobre todo si la comparamos con el sistema fuerte de coacción que es el código penal. El sentimiento de culpa es también un instrumento de moralización del que tendremos que hablar.

La aceptación pública, la buena fama, era y es un bien a proteger mediante el buen comportamiento.

El estudio de dispositivos emocionales, nos permite comprobar dos cosas: la universalidad del fenómeno, la raíz social de la moral y su origen afectivo. La moral no es un fenómeno individual, que busque la perfección personal. Es un fenómeno relacional, que regula el comportamiento social. La” voz de la conciencia” es el reflejo interiorizado del habla de la tribu.

Y, como ha señalado el psicólogo social Jonathan Haidt, estamos equipados con cuatro familias de emociones morales:

1

Heterocondenatorias: desprecio, ira y repugnancia
2

Autoconscientes: vergüenza, pudor, sentimiento de culpa
3

Simpatizadoras: compasión
4

Heteroenltecedoras: gratitud, alabanza.

(Haidt, J. “The moral emotion”, en J.R. Davidson et alt (eds) Handbook of Affective Sciences, Oxford University Press, Oxford.2003, pp.852-870)

Antes que la preocupación íntima por “ser bueno”, lo importante era tener buena reputación, buena fama, para poder disfrutar de las ventajas de vivir en sociedad. En ella se basa la confianza de lo demás, pieza necesaria para la convivencia, como ha estudiado Fukuyama. La pérdida de la reputación equivale a una muerte civil., hasta tal punto que los moralistas medievales consideraban que la “detracción” o la “calumnia” eran pecados cercanos al homicidio. Esto no ha cambiado en nuestra época tecnológica, en la que la reputación en las redes ha dado lugar incluso a una industria para conseguirla. La aceptación pública, la buena fama, era y es un bien a proteger mediante el buen comportamiento. Nuestra enorme susceptibilidad las influencias sociales y religiosas está muy vinculada a la mas importante de las funciones que la reputación tiene en la sociedad humana. La reputación proporciona tanto el palo como la zanahoria para gran parte de nuestra conducta. Los biólogos evolucionistas, como Richard Alexander, relacionan esta circunstancia con los sistemas de apoyo mutuo creados en torno a la confianza. Dentro de estos sistemas los miembros son elegidos en función de su habilidad para establecer compromisos, Dado que cada acción es indicadora de las acciones futuras por parte de una misma persona, vale la pena observar a los demás cuidadosamente y ver lo que podemos esperar de ellos. Esto produce también un constante temor al desprestigio. La reputación es duradera y frágil. En lugar de someterse a las reacciones de los demás o e responder a situaciones inmediatas, para no desviarse de su camino, la gente se basa en un compás interior, consolidada por emociones tan fuertes como la culpa y la vergüenza. El economista americano Robert Frank en Passion within reason, estudia como las personas comprometidas con la integridad y la justicia dejan pasar oportunidades que les resultaría beneficiosas,

La creación de la reputación ha sido tan importante en nuestro pasado evolutivo que se han interpuesto grandes obstáculos a las personas que quieren seguir un camino contrario a la ética, El rubor, por ejemplo. Para Darwin era la expresión humana más característica.

El segundo gran deseo social: distinguirse

Dentro de la gran motivación social, hemos identificado el deseo de pertenencia, del que podíamos seguir su evolución desde las tribus ancestrales hasta los nacionalismos actuales. Pero el corazón humano es contradictorio. Kant decía que somos “sociales insolidarios”. El sapiens quiere asimilarse al grupo y a la vez quiere distinguirse, desea unirse y separarse. No quiere solo la “buena fama”. Eso es lo propio del vulgo. Aspira a la gloria.   El afán de distinguirse también es una constante universal. Es el ideal heroico del que Glauco se hace eco en la Ilíada: «descollar siempre, sobresalir por encima de los demás» (Ilíada, VI 208). Es fácil poner ejemplos de cualquier época histórica.  A partir del siglo XIII comienzan en España las disputas sobre “valer más o valer menos”. Julio Caro Baroja escribe:” Muchos eran los que reputaban que la disputa sobre más o menos valer era, precisamente, la causa de la mayor parte de las acciones humanas. Lope García de Salazar, cronista de los linajes del norte de España y relator de todos los desaguisados que cometieron (desaguisados a los que llamó, sin embargo, “bienandanzas e fortunas!) dice al comenzar el libro XXII de su obra que las guerras de bandos y linajes que tan violentamente sostuvieron los vascos y montañeses tuvieron por causa “a qual valía más, como fue antiguamente por todo el universo Mundo, entre todas las generaciones que en avitaron hasta oy, e serán en quanto el Mundo durase”. Esta sociedad estaba obsesionada por las deshonras que pueden caer sobre los linajes en forma de injurias, agravios y afrentas, acciones que llevan a la venganza para lavar agravios. Valer mas, honra y venganza se hallan estrechamente unidos en la conciencia medieval. Lexicalizan posiblemente un universal afectivo.

En nuestra cultura individualista, el afán de distinguirse puede ser una pasión también individual. Hay una “motivación de logro” o de maestría, que no necesita ser corroborada por otro. Pero esto es muy reciente. Tradicionalmente, la distinción no satisface si no es reconocida por los otros. Este es el tercer gran deseo social.

Ensayo Gamma2 fama, gloria y honor