Violencia

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Con frecuencia las soluciones que aplicamos a problemas complejos no funcionan porque no hemos un análisis correcto de la situación. Así sucede con el fracaso escolar, el consumo de drogas, los fanatismos religiosos o políticos, los nacionalismos exacerbados o la violencia de género. Necesitamos comprender sus causas, que suelen ser múltiples, interconectadas y, a veces, aparentemente inconexas. Acabo de leer El nazi perfecto de Martin Davidson, en la que el autor intenta comprender por qué su abuelo, un anciano tranquilo, dentista jubilado, pudo ser un nazi insensible. Acaba descubriendo una terrible convergencia de presiones sociales y debilidades personales. Johan Galtung ha hablado de tres niveles de violencia:

  • Violencia directa, visible, que se concreta en actos de violencia.
  • Violencia estructural el conjunto de estructuras sociales, económicas, políticas, que impide el ejercicio de derechos
  • Violencia cultural, el marco que justifica o fomenta acciones violentas.

Esos tres tipos de violencia existen, sin duda, pero es la conducta violenta, directa, la que mantiene las estructuras y las culturas, al tiempo que se alimenta de ellas. Para salir de ese círculo, hay que centrarse en el análisis de la acción humana. La acción tiene su inicio en el sistema motivacional (impulsos, deseos, expectativas, anticipación de premios y de castigos, etc.). Los motivos mueven la conducta, pero no de una manera automática. Los deseos, en circunstancias normales, no pasan directamente a la acción. Los humanos hemos desarrollado sistemas de control social y de autocontrol para evaluar los impulsos e inhibirlos si es necesario. Si queremos evitar un comportamiento determinado tenemos que intentar cambiar el sistema de motivación y fortalecer los sistemas de control.

Para comprender la violencia de género conviene comprender primero la violencia en general. Puede confundirnos el hecho de que antecedentes diversos pueden dar lugar a un mismo resultado: la conducta que daña a otra persona. La acción violenta puede tener como antecedentes motivacionales: un sistema de creencias que la fomenta, un modo de conducta aprendido, una impulsividad que no controla las respuestas, un carácter colérico que interpreta todo como una ofensa, una incapacidad para resolver conflictos de forma no violenta, o, simplemente, la experiencia de que la violencia se sale con la suya y produce satisfacción. Cada una de estas variantes necesita un tratamiento especial y diferentes estrategias preventivas.

Lo que caracteriza a la “violencia de género” es que su objetivo es la mujer. Puede estar motivada por factores variados: estructurales y culturales que se transmiten mediante sistemas de creencias. Timothy Beneke, en su libro Los hombres y la violación, enumera algunas de las ideas que los violadores tienen sobre sus víctimas:

A todas las mujeres les gusta ser violadas.

No se puede violar a una mujer contra su voluntad.

A las mujeres no hay que creerlas.

Cuando una mujer dice “no” en realidad está diciendo “sí”.

Las mujeres están llenas de mensajes contradictorios, esto produce frustración en los hombres.

Las mujeres se exhiben y tienen poder sobre uno.

Ellas provocan, ellas se la buscan.

Ellas se ríen de uno y eso provoca humillación.

Estas creencias sobre las mujeres van acompañadas por otras creencias acerca de los hombres.

La sociedad marca cómo debe ser un hombre de verdad: debe hacer el amor muchas veces y debe ser agresivo con las mujeres.

La violación es un acto de venganza contra las mujeres que envían mensajes contradictorios.

El tema de la violación, por su especial crueldad, me parece relevante. El antropólogo Donald Brown incluye la violación en una lista de universales humanos. Lo más inicuo es que no se reconocía el sufrimiento de la víctima de una violación.  La Biblia hebrea habla de un tiempo en que los hermanos de una mujer violada podían venderla al violador; los soldados tenían derecho, por decreto divino, a violar a las cautivas núbiles. También las violaciones en masa han sido habituales en las invasiones militares, como en el caso de los alemanes en Bélgica durante la primera guerra mundial, los japoneses en China y los rusos en Europa oriental, en la Segunda guerra mundial o los pakistaníes en Bangladesh durante su guerra de la independencia. La violación no era una ofensa a la mujer, sino al hombre (el padre, el esposo, el hermano). Aunque en la edad media se castigaba la violación, a veces los jueces y los abogados afirmaban que no era posible obligar a una mujer a mantener relaciones sexuales contra su voluntad.

Es evidente que estas creencias proceden de un modelo cultural tradicional, que en todo el mundo ha devaluado, recluido, sometido a la mujer, y al que simplificando llamamos “patriarcal” o “machista”. El objetivo es la dominación, uno de los impulsos básicos de los humanos. Pero en las creencias señaladas por Beneke hay dos que me llaman la atención, porque hace referencia al supuesto “poder” de la mujer sobre el hombre, a su capacidad para humillarlo. Esta es una sutil artimaña tradicional para culpabilizar a la mujer, afirmando que el varón es un monigote en sus manos. A mediados del siglo XVII, San Carlos Borromeo escribe sus Instrucciones a los confesores, un tratado muy difundido que ejerció gran influencia durante más de dos siglos. Consideraba que los confesores eran tan vulnerables ante los encantos femeninos que debían tomar muchas precauciones. Las penitentes deben acercarse a confesar “con la cara cubierta por un velo que no sea demasiado transparente. No podrá hacerse la confesión sino durante el día, en un lugar descubierto de la iglesia. Además, no podrá confesarlas un sacerdote de menos de treinta años”. Este mito del poder de la mujer merece ser estudiado, porque puede interpretarse como un halago…envenenado. Ese es el sentido de refranes como “Más tiran dos tetas que dos carretas”. Pero hay elementos emocionales que no conviene olvidar. Por ejemplo, que, como recordó Daniel Goleman, las discusiones de pareja afectan más a los hombres que a las mujeres.

Atribuir toda la responsabilidad de la violencia contra la mujer al modelo patriarcal, simplifica el problema e impide tomar medidas educativas efectivas. Es necesario, por supuesto, cambiar ese sistema de creencias, pero hay que afinar más en la descripción del fenómeno. Por ejemplo, la violencia sexual a una persona desconocida es diferente a la violencia sexual sobre una persona con la que se mantiene una relación íntima. Volvamos al tema de la violación. Durante milenios se consideró que la violación era siempre a una extraña y que en un matrimonio no podía existir violación. Así ocurrió en España hasta 1992.

Este aspecto es interesante porque una parte importante de la violencia se da en la pareja, es decir, en un tipo de relación tupida e íntima, en la que aparecen creencias que, siendo culturales, o son específicamente patriarcales, como “el amor todo lo puede” o “los celos son una demostración de amor”. Hasta 1975, en España el código Civil afirmaba que la mujer casada por naturaleza tenía que estar sometida al marido. Las relaciones íntimas pueden ser una fuente de conflictos que favorezca la violencia, lo que recomienda algún tipo de educación, que ni se reduce a la sexual. Lo estudié en Escuela de parejas.  El momento de hacerlo es durante la adolescencia, porque muchos estudios muestran que la violencia se da entre gente muy joven, durante el noviazgo, con mas frecuencia que entre parejas adultas o matrimonios. Y añaden un dato llamativo, la violencia es bidireccional, es decir, no es sólo del varón a la mujer, sino de la mujer al varón. Otro dato importante es que las parejas del colectivo LGTBI+ tienen un índice de violencia igual o superior a las heterosexuales, aunque los estudios sobre el tema son escasos. ¿Se reproduce en ellas el modelo patriarcal o intervienen otros factores? Un breve resumen de la situación actual puede verse en el artículo de Isabel Vicario-Molina y Andrés Avelino Fernández: “Comportamiento agresivo en las relaciones de pareja de adolescentes y jóvenes. ¿Qué elementos son útiles para su identificación y prevención”, en La salud afectivo-sexual de la juventud en España, Injuve 2019. Hay que advertir que la violencia femenina suele ser más psicológica y la masculina más física.

Si no educamos para soportar la frustración, las inevitables decepciones provocarán depresión o agresividad.

Cambiar el sistema motivacional -lo que significa cambiar sistemas muy profundos y renovados de creencias, entre ellos el patriarcal- es imprescindible, y la educación tiene un papel importante, sobre todo porque vemos que en la adolescencia se están reproduciendo modelos muy tradicionales y peligrosos. Pero esto no es bastante, porque, como había indicado antes, las motivaciones no pueden controlar completamente la conducta, ya que eso eliminaría la libertad. Para controlar los comportamientos agresivos, todas las culturas han creado sistemas de control. Uno social: normas legales, morales, aceptación o rechazo de conductas, etc. Y también se ha fomentado los sistemas de autocontrol, de regulación de las propias emociones, de inhibición de los impulsos inadecuados, de la toma deliberada de decisiones. En parte, tanto los sistemas normativos como los de autocontrol están debilitados concretamente con lo que tiene que ver con las relaciones de género.

Una de las características de la cultura actual es que el deseo está de moda. Se considera que la libertad consiste en la expansión de los deseos, cuando en realidad consiste en tomar decisiones sobre ellos. El “sistema oculto del deseo”, que estudié en Las arquitecturas del deseo, fomenta la impulsividad y la poca resistencia a la frustración. Un caso llamativo de la acción de este sistema oculto sobre la mujer lo ha descrito muy bien Pascal Bruckner: “Mayo del 68 es una revolución antiautoritaria, antitradicionalista, en la cual la sexualidad actúa como un faro. Sin darse cuenta se pasó de un dogma a otro, del placer prohibido al placer obligatorio. Había un ambiente de intimidación. Se instaló un nuevo tribunal: no solo hay que hacer el amor de todas las maneras, con todo el mundo, sino que hay que conseguir que el placer sea adecuado. Cualquiera que se sustrae a él es visto como una especie de residuo reaccionario. Cuando las muchachas se negaban a acostarse, ya había un medio para culpabilizarlas:” No estás liberada”. Poco a poco se estableció lo que llamamos la dictadura del orgasmo obligatorio. El sexo se convirtió en coacción” (Bruckner, P. El nuevo desorden amoroso; anagrama, 1979). Con razón, los movimientos feministas acabaron tildando de machista a ese movimiento revolucionario.

Si estamos haciendo permanentemente un canto al deseo, cosecharemos comportamientos impulsivos difíciles de frenar.  Si no educamos para soportar la frustración, las inevitables decepciones provocarán depresión o agresividad. Los estudios de Baumeister y su equipo muestran que la educación de los mecanismos psicológicos de autorregulación son los antídotos más eficaces para evitar conductas nocivas (Vohs, K. Y Baumeister, R. Handbook of Self-Regulation)

Los sistemas morales también están en decadencia. Nadie se toma en serio la educación ética, sin darse cuenta de que es la gran protectora de la libertad. Cada vez que se producen actos de violencia hay previamente una quiebra de la capacidad de autocontrol (como en el caso de la furia incontrolada, o de la desinhibición provocada por el alcohol y otras drogas) o por la “desconexión moral”. Este proceso, estudiado por Albert Bandura, consigue desactivar en al sujeto todo control moral, por ejemplo, quitando importancia al hecho o deshumanizando previamente al objeto de la agresión. Esto sucede mediante la desaparición de todo sentimiento compasivo hacia la víctima (la compasión es un gran antídoto contra la violencia) o mediante la conversión de la víctima en un objeto. La noticia de que la juventud actual reconoce que adquiere la información sexual a través de la pornografía es preocupante, porque una de las características de la pornografía es que convierte en objeto de uso a la mujer. Lo mismo sucede con la prostitución cuyo consumo aumenta entre los jóvenes españoles.

Al estudiar la evolución de la humanidad comprobamos que la sexualidad humana -herencia animal- se ha moralizado conforme ha aumentado el respeto por la dignidad de todas las personas. Pero los sistemas de control social y moral no han eliminado impulsos muy primitivos, que cuando se produce la desconexión moral -como ocurre en los genocidios o en las guerras o en situaciones de odio- emergen de manera destructiva.  Como ha escrito un neurólogo: “La civilización es un conjunto de técnicas mediante las cuales el cerebro del cazador-recolector aprende a reorganizarse a sí mismo. Y este frágil equilibrio entre funciones cerebrales “altas” y “bajas” se rompe cuando estallan guerras fratricidas en las que salen a la luz los instintos más brutales y primitivos, y el robo, la violencia y el asesinato se convierten en algo cotidiano. Puesto que el cerebro plástico siempre puede hacer que funciones que ha unido se vuelvan a separar, la regresión a la barbarie siempre es posible, y la civilización siempre será algo frágil y vulnerable que debe enseñarse con cada generación, como si de algo nuevo se tratara” (Doidge, N.: El cerebro se cambia a sí mismo, Aguilar, Madrid, 2008, p.295).

La conclusión de este artículo, demasiado breve para la complejidad del tema, es que la violencia de género no desaparecerá mientras no tengamos en cuenta la cantidad de factores que intervienen en ella. Unos son de carácter social, otros caracterológicos, otros de mero interés, otros culturales, y otros éticos. Dada la fuerza del “sistema oculto” que lo alimenta, tratar simplemente los síntomas es insuficiente.

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