Vacaciones y Felicidad

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HOLOGRAMA 16.


El libro de Marino Pérez AlvarezJosé Carlos Sánchez González y Edgar Cabanas –La vida real en tiempos de la felicidad– me ha interesado  porque estudia  un “sistema oculto”: el de la felicidad según la entiende la “Psicología positiva”.

Ya saben que la teoría de los sistemas ocultos proporciona un buen método para entender los movimientos sociales. Fenómenos como las modas, los cambios de creencias, las decisiones políticas, las preferencias electorales, no surgen por casualidad, sino que responden a motivaciones con frecuencia desconocidas. En ellos convergen factores muy diferentes, que parecen desconectados. La teoría de los sistemas ocultos sostiene que no lo están, que forman parte de una estructura, de un sistema, y que si se acepta uno de los eslabones, se está aceptando sin saberlo la cadena entera. Por lo tanto, para evitar ser colaboracionistas inconscientes conviene conocerlos.

Los autores piensan que la Psicología Positiva (PP) ha contribuido a extender una “ideología de la felicidad” e incluso una “industria de la felicidad”, que ha convertido un deseo universal (ser feliz) en una obligación. El “sistema oculto” de la Psicología Positiva enlaza, a través de las emociones, la ideología optimista americana, con el neoliberalismo más conservador. La PP define la felicidad como un estado emocional dependiente del sujeto. Cada uno de nosotros es responsable de su propia felicidad, porque las posibilidades del ser humano le permiten ser lo que quiera. En el centro de su sistema están, pues, palabras muy nobles, la tribu entera del self.  Autonomía, autodeterminación, autogestión, autoconfianza, autoestima.  Es la glorificación del individualismo. El ser humano no necesita de nadie para ser feliz, solo su voluntad para serlo, para desarrollar su mindfulness, para florecer. Los cambios sociales no son necesarios, porque, como dijo el estoico Epicteto –un esclavo- “No nos hacen sufrir las cosas, sino las ideas que tenemos acerca de las cosas”. Si cambiamos nuestras creencias, cambia la realidad. La psicología cognitiva, ya acusada de conservadurismo, se une a la inteligencia emocional. Por lo tanto, los cambios sociales no son necesarios para la felicidad. Bárbara Fredrickson, una de las “científicas de la felicidad” más reputadas, lo dice con contundencia: “Todo el mundo dispone de la posibilidad de ser feliz, porque dispone de las emociones básicas  que le permiten serlo”. El papel del Estado no debe ser promover cambios sociales o económicos, sino invertir en gestión emocional. Lo importante es desarrollar el pensamiento positivo (N.V.Peale), las emociones positivas, las acciones positivas. Ya en 1984, el Estado de California había implantado la enseñanza de la autoestima en las escuelas primarias y secundarias, con malos resultados porque favoreció un narcisismo exagerado, que ha sido amplificado en la actualidad por las “tecnologías del narcisismo” (Facebook, Instagram, etc,). En el terreno económico, esta ideología del neoliberalismo emocional predica la empresarialidad como gran solución. Todos debemos sentirse empresarios de su propia vida, gestionar su marca personal. Al final eso lleva a una utopía engañosa: la libertad y la felicidad personal está en ser empresarios autónomos. En 2008, la Governement  Office for Science, publico un informe titulado Mental Capital and Wellbeing Projectutilizando el concepto de “capital mental” que incluye el “capital emocional” para diseñar las políticas públicas en los próximos años. Todo esto tiene una consecuencia desagradable: el que no es feliz es culpable de su infelicidad. Esta es la razón de que las encuestas sobre el sentimiento de felicidad den resultados falsos. Una parte de los encuestados finge ser feliz, porque reconocer que es desgraciado sería una confesión de torpeza o de estupidez emocional

Los autores critican el feroz individualismo y conservadurismo de la PP. Por ello, reclaman una nueva teoría de la felicidad que reconozca que el individuo abstracto, aislado, absolutamente independiente, no existe. Para elaborarla, consideran que deben hacer una investigación histórica, que permita conocer los complejos laberintos de la felicidad. Estoy de acuerdo, en general, con sus tesis, y de hecho en Biografía de la humanidad intentamos estudiar la historia de los sapiens como una tanteante, espontánea y confusa búsqueda de la felicidad. Esa historia recomienda distinguir dos tipos de felicidad. Hacerlo aclara y ordena mejor lo expuesto en el libro que comento. Hay una felicidad subjetivaque puede definirse como una experiencia agradable, intensa, en la que no echo nada gravemente en falta, y que me gustaría que durara siempre. Cada persona encuentra esa experiencia en  actividades diferentes. En su autobiografía, el alpinista Ueli Steck declaraba que su felicidad estaba en escalar las montañas más difíciles en situaciones extremas, a la máxima velocidad, sin oxígeno, sin anclajes. Poco después de escribirla, se despeño en una ascensión y murió. Esa era su felicidad privada y la disfrutó, pero no se puede pensar que sea universalizable. En general, podemos decir que la felicidad subjetiva es la armoniosa satisfacción de nuestros tres grandes deseos: (1) pasarlo bien, disfrutar de los distintos placeres, de la comodidad, de la seguridad (2) mantener relaciones sociales estimulantes, cordiales, alegres. (3) ampliar nuestras posibilidades vitales, sentirnos más capaces, más libres, dar sentido a nuestras vidas. La satisfacción de estos tres grandes deseos con frecuencia provoca conflictos, y de ahí la dificultad de conseguirlos.  Nada de eso sucede en el vacío, sino en una circunstancia social que lo entorpece o lo facilita.

Por eso hay que hablar también de una felicidad objetivaque no es una experiencia, sino una situación: aquella en que deseo encontrarme porque es la que hace posibles mis proyectos privados de felicidad. No los asegura, pero puede impedirlo. Imaginen la situación de un judío en un campo de concentración, privado de sus derechos, alejado de sus familias, torturado. Cuando pensara en su situación en la república de Weimar, ¿no sentiría que aquella era una situación feliz?

Y, sin embargo, podía ser privadamente desdichado, porque estuviera enfermo, hubiera sufrido un fracaso amoroso o la muerte de una persona querida. Esta distinción entre dos tipos de felicidad ya la vió el perspicaz Aristóteles. De la felicidad subjetiva  se encargaba la “ciencia del buen carácter”, la Ética. La felicidad objetiva era el objeto de la Política. Por eso la situaba en un nivel jerárquico superior.

En el modelo de felicidad objetiva, podemos ponernos de acuerdo. De hecho, la historia muestra una convergencia hacia un modelo compartido, que se va consolidando con altibajos, derrapes y colapsos. En La lucha por la dignidad,  María de la Válgoma y yo nos atrevimos a enunciar una Ley del progreso ético de la humanidad, que dice: “Toda sociedad, toda cultura, toda religión, cuando se libera de cuatro obstáculos –la pobreza extrema, la ignorancia, el dogmatismo, el miedo al poder y el odio al vecino- se encamina convergentemente hacia un modelo definido por la defensa de los derechos individuales, el rechazo de discriminaciones no justificadas, la participación en el poder político, las seguridades jurídicas y las políticas de ayuda”. La felicidad objetiva es la que intentan medir índices como el del Plan de Naciones Unidas para el desarrollo, basado en la obra de Amartya Sen, premio Nobel de Economía. Conseguirlo impone el establecimientos de normas morales y jurídicas, y de niveles mínimos de prosperidad. Mientras que la “razón individual” puede justificar el egoísmo, la “razón compartida”, el “uso público de la razón” conduce a modos de vida universalizables.

Continuar sería excesivo para un artículo que pretendía ser vacacional.

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