PANÓPTICO

El panóptico

Confesiones de un aprendiz

El Panóptico crece

De ser un artículo pasa a ser una mini revista quincenal. Unipersonal, como fue una admirada hermana mayor, ya lejana en el tiempo, El Espectador de Ortega. Los títulos indican que estamos en la misma onda. Se trata de intentar ver con claridad.

Este proyecto hubiera podido llamarse también El mundo visto a los ochenta años, copiando a Ramón y Cajal, porque la edad está en su núcleo. Lo expondré de una manera provocativa: solo desde la memoria -lo más amplia posible- puede comprenderse el presente. Y solo habiendo dedicado mucho tiempo al estudio, a la comparación de los hechos, a la reflexión, al conocimiento de otras culturas, se puede tener la suficiente memoria. La edad puede convertirse en una ventaja, si se permanece alerta, si se considera uno un aprendiz. Cuando a los 91 años preguntaron a Pau Casals por qué seguía ejercitándose, dijo: Porque si no, no progreso. Pues de eso se trata. Aun así, no voy a copiar la cuquería de Ronald Reagan -73 años- cuando en un debate antes de las elecciones de 1984, en las que arrasó, dijo a su oponente: “No voy a sacar a relucir el tema de la edad en esta campaña. No voy a explotar, por razones políticas, la juventud y la inexperiencia de mi oponente“.

Confesiones de un aprendiz

¿Es tan importante comprender?

Sí, porque es un requisito imprescindible para tomar buenas decisiones. Este es el centro de la cuestión. En una democracia, los ciudadanos deben decidir acerca de una cantidad enorme de temas muy complejos. Para hacerlo responsablemente, cada uno de nosotros tendría primero que comprender de qué se trata y, en segundo lugar, evaluarlo según los criterios adecuados. Puesto que la suerte de cada uno de nosotros depende del voto de los demás, dada la ley de mayorías, a todos nos conviene que todos decidamos de manera sensata.

“Comprender” es incluir un hecho, un dato o una experiencia, dentro de un modelo del mundo, integrarlo en una narración. Solo cuando ocupan su lugar en el puzzle las piezas adquieren su sentido. Pero esos marcos de comprensión tienen que estar permanentemente sometidos a revisión porque pueden estar equivocados y, en consecuencia, equivocarnos.

A mi edad, lo más cómodo sería refugiarme en mis certezas, en el sistema de ideas que he ido construyendo a lo largo de mi vida de investigador, pero creo que la filosofía es un servicio público y que quienes tenemos la suerte de poder investigar debemos hacerlo en representación de quienes no tienen esa posibilidad. Se acercan tiempos en que la humanidad va a tener que tomar grandes decisiones -ya se habla de transhumanismo, de la posibilidad de “mejorar la especie”- y debemos estar preparados para tomarlas. La fascinación por el presente conduce a un cierto adanismo, a pensar que lo pasado ya no existe y no tenemos por qué ocuparnos de él. Pensar que el presente se ilumina a sí mismo es una ingenuidad, porque todos pensamos desde la cultura en que vivimos, y en ella está actuando su genealogía entera. Por eso quiero reivindicar el pasado como herramienta para entender el presente.

Pondré como ejemplo un tema que me interesa mucho: la Inteligencia Artificial. Quien trabaje en sus últimos desarrollos estará justamente fascinado por sus logros, y sin duda los conoce mucho mejor que podría conocerlos yo por más que me esforzase. Pero voy a rondar la chulería. La archiespecialización necesaria para avanzar exige estar obsesivamente pegado al terreno, sin tiempo para echar una mirada a su alrededor salvo para mirar lo que hacen los competidores. El ingeniero que está diseñando un nuevo alarde técnico sabe a la perfección lo que está haciendo, pero tal vez yo entienda mejor el sentido de lo que está haciendo, porque he seguido la evolución de la IA desde que emergió en la Conferencia de Dartmouth (1956), asistí a los encendidos debates entre la teoría fuerte y débil de la IA, al fracaso de las lógicas formales, a su travesía del desierto, al intento de ampliarla con bancos gigantescos de memoria, y, por fin, al desembarco de los modelos estadísticos, del cálculo de probabilidades y de la matemática difusa. Los técnicos y científicos actuales parten del saber consolidado, pero olvidan que esos conocimientos son soluciones a problemas que pueden ya resultarles desconocido. Mi tesis es que tanto en el campo científico como en el social y político, desconocer la génesis de lo que ahora nos parece evidente, impide comprender la marcha de la humanidad.

Es probable que mi proyecto fracase. Que me convenza de que no puedo comprender lo que pasa y que he de resignarme a dejarme llevar por fuerzas que no entiendo. Tal vez no se pueda comprender un mundo VICA (volátil, incierto, complejo y ambiguo), cuando además es global y acelerado. Entonces, tendremos que refugiarnos en algún tipo de fe, como han hecho los sapiens a lo largo de su evolución, y pensar que los ilustrados se habían equivocado al creer que habíamos llegado a la mayoría de edad. De hecho, hay un retroceso en el pensamiento crítico. Ante la dificultad de comprender la complejidad, la tentación de refugiarse en certezas blindadas es muy fuerte. Por ejemplo, en los campus universitarios americanos la defensa de la identidad se antepone a la búsqueda de la verdad. Las posturas ideológicas tranquilizan, pero a costa de simplificar la realidad. No es buena solución porque, como dicen que dijo Einstein, “todas las cosas deben hacerse lo más sencillas posibles, pero no más”.

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