El responsable del sistema electoral en Georgia ha pedido que frene la agresividad de los partidarios de Trump, antes de que haya un asesinato. En el Parlamento canario un diputado amenaza a otro con arrancarle la cabeza. Unos exmilitares quieren fusilar a 26 millones de ciudadanos. La Oficina Nacional de Lucha Contra los Delitos de Odio, reconoce un aumento de los delitos por odio ideológico. En Francia, el primer ministro habla del “salvajismo” de una parte de la sociedad francesa. El odio ha sido un poderoso motor de la historia. Es un sentimiento movilizador, que desea la desaparición del otro. La manera más fácil de afirmar la identidad de un grupo o de una nación es fomentando el odio político contra alguien.  Es fácil de provocar, es fácil también de alimentar, pero es muy difícil de frenar. Se alimenta a si mismo en una versión políticamente activa que es el resentimiento. Conviene detectarlo a tiempo porque adopta eficaces modos de autolegitimación. Al ser una emoción muy primitiva, todos somos vulnerables.

El artículo inicial de este Panóptico se publicó en EL MUNDO el día 13 de diciembre de 2020.

EL PANÓPTICO 15

En los años 60, Lucien Febvre, uno de los fundadores de Annales, señaló la necesidad de emprender una “historia del odio”, porque es un importante fenómeno histórico. Hace menos tiempo, Peter Sloterdijk ha pedido una historia de la ira política. Ambas emociones están relacionadas y, en efecto, están en el origen de muchos movimientos sociales, y ambas son políticamente utilizados porque son emociones elementales y poderosas. El odio es el sentimiento que lleva a desear la aniquilación del odiado. Ante un daño percibido, la respuesta automática, la que tenemos de fábrica, la que compartimos con nuestros parientes animales, es la furia. Un movimiento agresivo contra el ofensor, una respuesta explosiva. En los sapiens ese sentimiento se complica, como indica sabiamente el castellano al inventar la palabra “rencor”.  Si la furia puede desahogarse destruyendo lo que la desencadenó, la emoción se aplaca. Pero si no puede hacerlo la memoria del agravio se mantiene, la ira se estanca, se reconcome, se enrancia, y de la palabra “rancio” deriva “rencor”, que en los diccionarios antiguos se definía como “ira envejecida”. Posteriormente se inventó la palabra “resentimiento” con un significado parecido.

El diccionario recoge un tipo especial de furia importante para mi argumento: la ira justa- a la que denomina “indignación”. Quiero insistir en que estas emociones agresivas están profundamente instaladas en nuestro cerebro, de tal manera que aparecen con mucha facilidad y se pueden suscitar y manipular también con suma facilidad. La literatura también ha aprovechado este hecho. Entre agosto de 1844 y enero de 1846 muchos franceses vieron crecer dentro de ellos un fuerte deseo de venganza. Durante esos meses habían estado leyendo El conde de Montecristo, y todos esperaban complacidos la venganza del maltratado Edmundo Dantès. Menciono esta anécdota como ilustración de la facilidad con que puede suscitarse ese deseo de revancha.

El odio es el sentimiento que lleva a desear la aniquilación del odiado.

La furia es una de las emociones universales. Por ello, todos somos vulnerables a sus impulsos. De ahí la conveniencia de conocer sus mecanismos, para evitar ser sus marionetas. Tenía razón el viejo Spinoza al decir que la libertad es “la necesidad conocida”, es decir, la aplicación del conocimiento de la necesidad para intentar alterar esa necesidad. También en física necesitamos conocer cómo funciona la fuerza de la gravedad, para poder librarnos de ella y volar.

Desde el Panóptico se ve el poder político y social del odio. Tal vez Herodoto exageró al decir que “la Historia es una sucesión de venganzas”, pero es indudable su papel en muchos acontecimientos históricos. La importancia del resentimiento en las guerras del siglo XX (Chirot), el resentimiento islámico (Fattah y Fierke), el nacionalismo (Greenfeld). Pero también se observa que este odio es un fenómeno cultural. Depende de la construcción del “objeto odiado”.  Un ejemplo paradigmático es la construcción en Europa del “judío” como objeto odiado. Lo mismo podríamos decir del “negro”, el “homosexual”, el “hereje”, o, de una manera más compleja, el resentimiento contra la mujer que está en el fondo de muchos comportamientos machistas.

En Alemania y en Francia se han promulgado leyes contra los delitos de odio en Internet porque las redes sociales están sirviendo de transmisión del virus del odio.

La construcción del “objeto odiado” forma parte de la “pedagogía del odio” que ha estudiado David Hamburg, de la Universidad de Stanford. Klaus Fischer ha hecho lo mismo con el sistema de adoctrinamiento educativo del sistema nazi. Los asesinatos masivos en Ruanda (1994) fueron inducidos por una campaña de los medios de comunicación incitando al odio y al asesinato. Y las atrocidades de la antigua Yugoslavia estuvieron azuzadas por los predicadores del rencor, que lo disfrazaban de amor a la patria. Amin Maalouf y Amartya Sen se han referido a la construcción del “objeto odiado” en los movimientos identitarios, que como solución fácil y eficiente utilizan el odio o la hostilidad hacia el “otro” como medio de afirmar la identidad nacional, religiosa o grupal. El terrorismo de ETA estaba movido por el odio a los supuestos agresores, a los que previamente se había demonizado. El partido Podemos por su parte, asumió, a través de Laclau, la idea de Carl Schmitt de que la esencia de la política es la distinción “amigo”- “enemigo”. La ultraderecha ha montado toda su retórica bélica en la estigmatización política. En Alemania y en Francia se han promulgado leyes contra los delitos de odio en Internet porque las redes sociales están sirviendo de transmisión del virus del odio.

Desde el Panóptico no vemos a la humanidad dividida entre buenos y malos. Lo que percibimos es nuestra vulnerabilidad, la facilidad con que podemos engañarnos o engañar. Lo que lanzo desde aquí son advertencias. ¡Cuidado con las emociones porque dependen de la construcción del “objeto emocional! Diseñarlos es la tarea de los expertos en manipulación emocional. Una vez despertada una emoción -por ejemplo, el odio- nos deslizamos por un tobogán emocional que resulta difícil de parar. La antipatía al judío terminó en los hornos de gas. La antipatía al hereje en las hogueras de la inquisición. La antipatía al homosexual en su condena a muerte en algunas naciones. Sófocles decía que el ser humano es deinos, admirable y terrible. Por eso, debemos tratarnos con sumo cuidado.

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