Icono holográfico del estado promotor

HOLOGRAMA 2.


En Algo va mal, Tony Judt refiriéndose al presente hace una desolada afirmación: “Nuestra incapacidad es discursiva: simplemente ya no sabemos cómo hablar de todo eso”. En efecto, no sabemos cómo pensar nuestra situación política, social y económica. Lo hacemos con conceptos inventados hace mucho tiempo, que se mantienen gracias a deslizamientos en su significado que los permiten sobrevivir, pero a costa de provocar graves confusiones. Así sucede con “Estado”,”Nación”, “soberanía”, “mercado”, “dinero”, “valor económico”, “capitalismo”, “socialismo”, “feminismo”, “género”, “identidad”, “representación”, etc. No tener ideas claras nos lleva a tomar decisiones confusas. Pero, ¿a quien le importa eso?

Pues debería importarnos a todos. Las redes sociales están propiciando una ingenuidad arcangélica. Sus fans piensan que como todo está en la red, la red es sabia y que pueden apropiarse de esa sabiduría con solo tener una buena y rápida banda ancha para conectarse. Admitir sin más análisis que el “conocimiento colectivo”, la “collective intelligence”, la “crowd wisdom”, la “inteligencia distribuida”, los “big data” superan y sustituyen a la inteligencia individual, es una afirmación improcedente, lo que llamaba Aristóteles “metàbasis allos genos”, un salto de nivel. La red plantea el mismo problema que obsesionó a Platón. Este creía que todo el conocimiento estaba en el “mundo de las ideas” (equivalente mítico de la nube o de internet) y necesitaba explicar cómo el ser humano conecta con ese mundo ideal. Es un problema muy actual, como veremos frecuentemente en estos “hologramas”. Ya lo comprendió el perspicaz Antonio Machado: “Nadie sabe ya lo que se sabe. Aunque sepamos todos que de todo hay quien sepa”. Esto nos sitúa ante una diabólica alternativa: o deciden los expertos en vez de los ciudadanos; o deciden los ciudadanos, sin el conocimiento necesario, como en el Brexit.

Esta debilidad disfrazada de omnipotencia me preocupa. Frecuentemente, cuando pensamos, no sabemos del todo lo que estamos pensando. Lo hacemos utilizando los conceptos y las palabras que tenemos a nuestra disposición, pero con ellos sucede lo mismo que con los medicamentos. Tragamos una píldora sin conocer los principios activos que contiene, y estos hacen su tarea sin que sepamos como la hacen.

“Las redes sociales están propiciando una ingenuidad arcangélica”

Por ejemplo, seguimos pensando las posiciones políticas mediante la oposición “derechas/izquierdas” (conservadores/progresistas; republicanos /demócratas). Es muy antigua, y a pesar de que se ha firmado muchas veces su acta de defunción, no parece que vaya a desaparecer. El bipartidismoespañol se ha convertido en un bibloquismo, lo que no introduce ninguna novedad. Los intentos de transversalidad no han tenido fuerza para romper la polarización unidimensional. Las nuevas tecnologías, con su facilidad para organizar “tribus coyunturales” pueden cambiar el panorama, pero no lo han hecho hasta el momento. ¿Tenemos conceptos adecuados para pensar el futuro político y económico, o estamos encerrados en los límites que nos imponen viejos conceptos? Cuando estalló la crisis económica de 2008, Alan Greenspan, considerado durante décadas máximo gurú en economía financiera, confesó: “No entiendo lo que ha pasado”. Ahora estamos viviendo el auge de las “democracias iliberales”. Y no acabamos de entender lo que está pasando. Y, por poner un ejemplo más, la potencia cultural china –no solo la económica- está despertando. Y dentro de poco seguramente tendremos que decir: “No entendemos lo que ha sucedido”.

Volviendo a la dicotomía de partidos o de bloques me intriga saber cuál podría ser el papel de un “partido de centro”. George Lakoff considera que la oposición entre conservadores y progresistas se da en un continuo y que no hay unas “ideas centristas”, sino tan solo una zona de moderación, o, a lo sumo, lo que denomina “sistema biconceptual”, es decir, un cóctel coyuntural de ideas tomadas de cada tendencia.

Creo, sin embargo, que hay una posibilidad de salir de ese pensamiento unidimensional. Una de los aspectos que articulan las diferentes posturas políticas es la concepción del Estado. En un extremo están los partidos estatalistas, que consideran que el Estado ha de intervenir de forma contundente en la organización económica, social y política. Su máxima expresión es el Estado totalitario. En el otro extremo están los partidarios de un Estado mínimo, que en su extremo llevaría a un sistema anárquico. Entre uno y otro están los partidos democráticos. Esta dimensión –Estado máximo/Estado mínimo-se trenza con otra dimensión: la existente entre libertad e igualdad. Los partidarios del Estado máximo afirman que la justicia no puede depender de la libertad individual. En cambio, los partidos liberales piensan que, además de un bien en sí, la libertad es fuente de prosperidad y de justicia.

Frente al Estado interventor, o al Estado mero defensor de la autonomía individual, propongo un Estado promotor, que estimule la creatividad de la sociedad civil –compuesta por individuos- para conseguir la prosperidad y la justicia. Parto de una idea de libertad basada en el funcionamiento de la inteligencia, que justificaré en el Holograma de la próxima semana. El Estado no es por esencia ni mangoneador ni espectador, aunque puede ser ambas cosas y con mucha frecuencia lo sea. Pero puede ser también un motor de la creatividad individual. En la polémica sobre el Estado, algunos participantes juegan con cartas marcadas. Sostienen que el Estado es torpe, burocrático, despilfarrador, inerte, expropiador, tiránico y corrupto. Es cierto que la historia proporciona datos suficientes para justificar esas afirmaciones, pero también lo es que olvida la parte beneficiosa de la historia. Si esa versión se repite suficientemente se convertirá en una “profecía que se autocumple por el hecho de decirla”.

Me anima a tratar este tema la aparición en castellano de El valor de las cosas (Taurus, 2019)un libro de Mariana Mazzucato, directora del Institute for Innovation and Public Purpose, del University College de Londres. Ya comenté su libro El Estado emprendedor, (RBA, 2014). Mazzucato admite que la innovación tecnológica es el gran motor del progreso económico, pero se niega a admitir que la capacidad innovadora sea monopolio de la empresa privada y pone como ejemplo la influencia que ha tenido en el éxito de las industrias de la información, la nanotecnología o la biotecnología americanas la investigación básica hecha con fondos estatales. He puesto como “icono holográfico” un Iphone porque es uno de los ejemplos que pone la autora. Apple ha concentrado su ingenio no en desarrollar nuevas tecnologías y componentes, sino en integrarlas en un producto innovador. Aprovecha con gran talento tecnologías que se han inventado a menudo con el apoyo de fondos públicos, por ello Mazzucato reivindica la importancia del Estado en la innovación tecnológica. Desde el pensamiento liberal se ha criticado duramente su postura, como, por ejemplo, en el estudio elaborado por el Instituto Juan de Mariana en agosto de 2016, titulado: Mitos y realidades del Estado emprendedor. Todo su afán es mostrar que el Estado es malo y el mercado es bueno, lo que impide a sus autores reconocer la participación del Estado en la creación del mercado, de la innovación, y de los sistemas normativos que favorecen (o impiden) la creatividad. Están de acuerdo con Friedman cuando afirmaba en Capitalism and Freedom que nunca los grandes creadores necesitaron del Estado para crear, cosa es que solo es cierta cuando se considera al artista como una mónada autosuficiente, lo cual es falso.

¿Hay alguna razón para que la administración del Estado sea ineficaz? Me llama la atención el poco interés que los partidos tienen en definir como debe ser la Administración del Estado. En Biografía de la humanidad, he estudiado el avance que supuso en la antigua China la implantación de una burocracia por méritos, y la importancia que esa tradición está teniendo en la ideología del Partido comunista chino, un tema sobre el que tenemos que estar alerta. Necesitamos aumentar la “inteligencia social” en sus dos grandes sectores: la sociedad política” y la “sociedad civil”. Una de los elementos fundamentales de la sociedad política es la administración. En España hemos carecido de buenos organizadores de la actividad pública. El “servicio público” no puede competir con el sector privado en la atracción de talento, y eso es una tragedia social.  No podemos atribuir a la “administración en general” los defectos que tiene la administración española.

Como estudioso de la inteligencia me ha interesado mucho su función organizadora. Recién salido de la adolescencia me fascinó la neonata Inteligencia Artificial, en especial la obra de uno de sus padres: Herbert A. Simon. Cuando años más tarde le concedieron el Premio Nobel de Economía, pensé que era por su contribución a la informática, y quedé un poco decepcionado al saber que había sido por sus estudios sobre la organización de empresas. Ahora valoro mejor sus investigaciones sobre el “comportamiento organizativo”, incluido el político, y por su teoría sobre la decisión.

Un “partido de centro” que no fuera una simple moderación de los extremos se basaría en una “idea del Estado promotor”, y en una consecuencia suya:la necesidad de aprender continuamente. Los “Grupos de investigación” de los actuales partidos –y en el mundo los hay muy potentes- no quieren aprender: quieren demostrar que tienen razón. El mundo va por otro lado, como ha expuesto Joseph Stiglitz en Creating a Learning Society. El crecimiento no se basa en el conocimiento, sino en la capacidad de aprender. Y esa capacidad, que debe permear todos los niveles –individuos, escuelas, municipios, empresas, administración, gobierno- debe estar promovida, estimulada y financiada por el Estado, y realizada por los talentos individuales. Un “partido de centro” debería por ello incorporar una “cultura del aprendizaje continuo”, humilde y poderosa.