Sentimientos Catalanes

(La Vanguardia)

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Hace unas semanas les pedí que me ayudaran a elaborar un léxico de sentimientos catalanes. Su respuesta ha superado mis expectativas y siento no poder mencionar a todos los que me han enviado información.

Ha pasado la moda de la psicología de los pueblos porque tenía referencias raciales insostenibles científicamente, pero está en auge la psicología cultural, que estudia el modo en que las culturas favorecen la aparición de determinados perfiles emocionales. Hay culturas pacíficas y culturas belicosas. Hay culturas cuya motivación principal es el triunfo, mientras que para otras es la vinculación social. En EE. UU. se impulsa más la actitud emprendedora que en Europa. E incluso su modo de enfocar la psicología como ciencia es optimista, en cambio la nuestra es pesimista. Los esquimales no se enfurecen nunca, mientras que los mundugumor están cabreados el día entero. Es evidente la influencia que tiene la educación sobre estos estilos afectivos. Desde este punto de vista puede elaborarse un catálogo de sentimientos catalanes parecido al que hizo Zeldin en su monumental obra sobre las pasiones francesas. Pero este asunto supera mis capacidades. Mi interés era puramente lingüístico.

A finales de los años sesenta, en la Universidad de Berkeley, Brent Berlin y Paul Kay comenzaron una investigación muy ambiciosa sobre el léxico de los colores. Partían de un hecho sorprendente. El ojo humano es capaz de ver los mismos colores –tal vez dos millones de variaciones– y, sin embargo, el léxico de los colores varía mucho de unas lenguas a otras. Algunas tribus africanas sólo tienen dos palabras para designarlos. Algo así como “claro” y “oscuro”. Bien, pues algo así sucede con las emociones. En teoría todo ser humano puede sentirlas todas, pero en la práctica cada lengua ha hecho un organización peculiar de su mundo afectivo. Cualquiera puede sentir alegría por el mal ajeno, pero los alemanes tienen, además, una palabra:  schadenfreude. Lo que me interesa es descubrir aquellos términos catalanes que tienen difícil traducción, que es necesario describir cuidadosamente. Han aparecido con mucha insistencia seny y rauxa, que tienen unas connotaciones difíciles de traducir. La palabra rauxa es muy interesante porque, aunque deriva del latín, traduce muy bien una compleja palabra griega: thymos. El thymos señalaba el ímpetu, la energía básica, que podía manifestarse en la furia, en el coraje, en la pura expansión de energía. Me ha interesado mucho la palabra capteniment, que interpreto como “obrar con cabeza”, y que resulta a la vez sinónima y opuesta al castellano cordura, que significa “la sensatez del corazón”.

Josep M. Plana me envía tres bellas palabras: recança, desfci y deler. Las tres muy interesantes por su etimología. Por ejemplo, deler (pasión, deseo intenso) procede de delirium. Eugenia Codina me envía: neguitós, llepafls y ensopit. Rafael Bizquerra, un gran experto en psicología de los sentimientos, me informa de variaciones muy interesantes sobre el miedo: basarda, un miedo a lo misterioso, por ejemplo, a atravesar un bosque; feredat, un tipo de horror; y esglai, un miedo cercano al susto. Me ha interesado mucho la palabra fellonia, que pertenece a la familia de la ira, y sobre la que me gustaría tener más información. Y un tipo de tristeza, marriment. Hay una preciosa palabra catalana, enyorança, que ha pasado al castellano como añoranza. Procede del latín ignorare, pero no sé cómo ha llegado a significar echar de menos. Les animo a que me envíen más información al correo jamarina@movilizacioneducativa.net.

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