Los Miedos Infantiles

(Pediatría Integral)

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Los miedos infantiles son un fenómeno universal y complejo que nos va a permitir poner a prueba el modelo educativo UP que les estoy exponiendo en esta serie de artículos. Las emociones se han mantenido a lo largo de la evolución porque colaboran a la supervivencia, al mantenimiento de la homeostasis básica. Evalúan los estímulos, jerarquizan metas, movilizan energías y orientan el comportamiento. Pero las emociones pueden perder su utilidad y resultar nocivas por su intensidad, su frecuencia, o por el tipo de desencadenantes que las movilizan. Por esta razón son un tema educativo o terapéutico.

Conviene advertir que no todas las emociones son conscientes. Los especialistas anglosajones tienen recursos lingüísticos para marcar la diferencia. Llaman emotion al acontecimiento neuroendocrino, y feeling al fenómeno consciente. La fisiología del miedo ha sido estudiada, entre otros, por Le Doux (LeDoux, 1996). En este artículo vamos a ocuparnos del sentimiento de miedo. ¿Qué ventaja supone el hecho de que sean conscientes? Nuestros sentimientos –indica Damasio– se encargan de la lectura consciente de nuestros estados corporales. Son el barómetro que mide la manera en que se gestiona la vida. La ventaja de la conciencia es que mejora la regulación de la vida en entornos que son cada vez más complejos. La mayor parte de la actividad reguladora en el organismo humano se realiza de modo inconsciente, y es bueno que así sea. No creo que nadie desee en serio gestionar de forma consciente su sistema endocrino o inmunitario, porque no habría forma de controlar con la celeridad suficiente las oscilaciones caóticas que experimentan. Sería como pretender que un avión moderno volara manualmente. Cuando los cerebros humanos empezaron a fraguar una mente consciente, nos alejamos de la simple regulación centrada en la supervivencia del organismo para acercarnos a una regulación progresivamente más deliberada, que entonces no solo se dedicó a buscar la supervivencia, sino ciertas variedades de bienestar (Damasio, 2010).

El niño nace con mecanismos neuroendocrinos para experimentar las emociones básicas que, según los especialistas, oscilan entre cuatro y ocho. Panksepp identifica cuatro: expectación, furia, miedo y malestar. Oatley y Johnson Laird, cinco: tristeza, alegría, furia, miedo y asco. Tomkins, ocho: interés/ excitación, alegría, sorpresa/susto, malestar/angustia, asco, ira, vergüenza y miedo. En todas estas listas  gura el miedo como emoción básica (Marina, 1996).

Los fenómenos afectivos son difíciles de definir, por eso en Anatomía del miedo intenté diferenciar conceptos estrechamente relacionados, como miedo, ansiedad, angustia y estrés. Ansiedad es un sentimiento desagradable, aversivo, que produce inquietud, provocado por algo amenazador que activa el sistema nervioso autónomo. Suele ir acompañado de sensibilidad molesta en el sistema digestivo, respiratorio o cardiovascular, y de un sentimiento de falta de control. Este sentimiento de ansiedad puede manifestarse de dos maneras: como miedo, si la amenaza es definida, y como angustia, si la amenaza no es definida. En el caso del miedo se activan sistemas de respuesta y afrontamiento, que pueden ser de cuatro tipos: ataque, huida, inmovilidad, sumisión. En el caso de la angustia, no se activan acciones de afrontamiento, sino que el sujeto permanece encerrado en un bucle retroactivo, de rumiaciones y pasividad. Estrés es la respuesta  fisiológica y afectiva ante situaciones que exigen un esfuerzo que sobrepasa los recursos mentales o físicos del sujeto (Marina, 2006).

 

En este artículo voy a referirme sólo al miedo, es decir, a la ansiedad producida por la presencia, real o imaginaria, de un peligro. Hay miedos innatos y miedos aprendidos. Cada especie tiene sus miedos innatos, su depredador natural, excepto la especie humana que es víctima, además, de depredadores imaginarios. Es innato, por ejemplo, en el caso del niño, el miedo a caer en el vacío. El reflejo de Moro es una respuesta automática a ese peligro. Los miedos innatos son imprescindibles para la supervivencia. Si el conejo tuviera que aprender a huir del halcón, hace mucho tiempo que la especie habría desaparecido. Podemos considerar preprogramados genéticamente aquellos miedos que aparecen con más o menos intensidad en todos los niños en un momento determinado de su desarrollo. El miedo a los extraños aparece universalmente hacia los nueve meses y suele desaparecer a los dos años. El miedo a la oscuridad lo experimenta uno de cada tres niños. Suele comenzar a los dos años y continúa siendo frecuente hasta los 9. A veces se ve agravado con pesadillas y terrores nocturnos. En las pesadillas el niño se despierta asustado, se despabila con rapidez y se acuerda del sueño. Suelen aparecen entre los 3 y 6 años. Los terrores nocturnos son despertares bruscos, que se inician con gritos, llantos y muestras de intenso miedo. Se sientan bruscamente en la cama, con expresión de terror. No reaccionan ante los esfuerzo de los padres.

El niño sufre también, con independencia de su experiencia, miedo a la separación. El temor a la separación de las personas con las que se está afectivamente unido, los padres y especialmente la madre, es uno de los temores mas consolidados de la especie humana. Es frecuente de dos a seis años. En un 4% de los casos no desaparece y constituye lo que se denomina ansiedad por separación. Los monstruos y los fantasmas suelen aparecer a los cuatro o cinco años. El aumento de la imaginación provoca un aumento de los miedos. Los niños de dos o tres años no hablan explícitamente de lo que les preocupa y tratan de evitar los pensamientos o situaciones que le asustan. Suelen, por tanto, manifestar los miedos de forma paradójica. Un niño que tiene miedo de la aspiradora la evita o trata constantemente de explorarla y dominarla. A veces se vuelven cada vez más insistentes en algunos rituales, porque les proporcionan seguridad. Cuando alcanza la edad escolar, los miedos reales sustituyen a los miedos imaginarios. Les preocupa suspender o no ser admitido en el equipo. (Mayes y Cohen, 2003). A los 9-12 años puede aparecer el miedo a la muerte.

El aumento de las facultades intelectuales del niño, su capacidad de imaginar o de anticipar, y también los retos planteados por el desarrollo amplían su capacidad de sentir miedo. La adolescencia, por ejemplo, es una época en la que aparecen numerosos miedos: respecto a la propia identidad, a la imagen corporal, fobias sociales, miedo a la independencia que al mismo tiempo se desea, ansiedad ante la sexualidad.

La mayor parte de estos miedos desaparecen espontáneamente y lo que debemos hacer es ayudar al niño para que los asimile bien. T. Berry Brazelton sostiene que aparecen cuando el niño va adquiriendo nuevas capacidades y ese mismo progreso le sitúa ante demandas más complejas. El miedo fuerza al niño a adquirir nuevas estrategias para aumentar sus fortalezas (Brazelton y Sparrow, 2001). Sólo cuando los miedos duran demasiado tiempo, no evolucionan a mejor con la edad, y limitan claramente las posibilidades vitales, resultan preocupantes. Pueden llegar incluso a patologizarse. La psiquiatría estudia y trata seis tipos de miedo: trastorno de pánico, fobias específicas (animales, sangre, agorafobia, etc.), fobias sociales, estrés postraumático, trastornos obsesivos compulsivos, angustia (trastorno de ansiedad generalizada).

No todos los niños experimentan las emociones con la misma intensidad. En animales se ha comprobado que el miedo se hereda. Hall y Broadhurst utilizaron el método de cruzamiento selectivo para conseguir un linaje de ratas miedosas y un linaje de ratas no miedosas. Las llamaron “Maudsley reactivas” (Hall) o “emotivas” (Broadhurst) y “Maudsley no reactivas” o “no emotivas” (Gray, 1993). Las cepas miedosas son a la vez más sensibles a los miedos innatos de la especie y más receptivas a los miedos condicionados. Por ejemplo, aprende más rápidamente a temer una situación si ha sido asociada varias veces a un shock eléctrico o a un ruido violento. Además, tardan más tiempo en desensibilizarse de sus miedos aprendidos. También parece confirmarse en los humanos la existencia de una predisposición genética hacia la afectividad negativa, que hace a algunos niños más vulnerables a los estímulos negativos. Se ha llegado a hablar de “cerebro tímido” en los niños que presentan una timidez patológica, y Cloninger sostiene que los rasgos de los distintos temperamentos dependen del nivel de un neurotransmisor particular. La serotonina determinaría la evitación del dolor o del peligro; la noradrenalina, la necesidad de recompensa; la dopamina, la búsqueda de la novedad (Cloninger, 1998). Pero, al mismo tiempo, los investigadores más solventes admiten que la afectividad negativa depende a partes iguales de la herencia y el aprendizaje. La epigenética muestra que la expresión genética está determinada por el entorno, y una de las principales tareas de los padres durante la primera infancia es ayudar al niño para que pueda soportar tensiones cada vez más intensas y sepa regular sus propias emociones.

En lo que se re ere al miedo, el proyecto educativo de UP tiene tres objetivos: 1) evitar la aparición de los miedos disfuncionales; 2) desaprenderlos cuando se han adquirido; y 3) fortalecer los sistemas ejecutivos para impedir que los miedos dirijan inadecuadamente el comportamiento.

Evitar la aparición de miedos disfuncionales

Nuestra inteligencia está organizada en dos niveles: inteligencia generadora e inteligencia ejecutiva. La inteligencia generadora trabaja sin que tengamos consciencia de ello. Algunos de los productos de su actividad –ideas, recuerdos, imágenes, sentimientos, deseos– pasan a estado consciente. A partir de esas experiencias, la inteligencia ejecutiva organiza la acción (Marina, 2012). Nuestra idea es que podemos educar parcialmente la fuente de nuestros sentimientos. Cada niño nace con un temperamento distinto, y la tarea de los primeros años va a consistir en paliar aquellas respuestas que vayan a limitar las posibilidades vitales del niño. Una de ellas es el temperamento excesivamente vulnerable. Jerome Kagan ha estudiado los niños “miedosos”. Considera que tienen una hiperreactividad a nivel de la amígdala. Sin embargo, escribe, “los genes no son omnipotentes, y comparten necesariamente el poder con la experiencia. Una tercera parte de los niños altamente reactivos no son tímidos o miedosos al segundo año. La observación nos indica que el comportamiento de las madres influye en la probabilidad de que esa alta reactividad sea inhibida. Si los padres protegen sistemáticamente a sus hijos de cualquier estrés, aumentan su estrés en vez de disminuirlo” (Kagan, 1994). La primera tarea educadora, pues, es ayudar al niño a que supere bien esta etapa de los miedos propios del desarrollo. Es decir, que no se quede atrapado por ellos. Aunque el temperamento puede ser estable, una educación adecuada puede cambiarlo. Un bebé inhibido no llegará a ser un adolescente extrovertido, pero, sin embargo, su timidez puede desaparecer o mitigarse. Los casos en que los niños cambiaron en el primer año de vida de una emocionalidad negativa baja a una alta son aquellos cuyos padres habían mostrado una menor sensibilidad con sus necesidades, o sufrieron mayores problemas conyugales. Thomas y Chess llamaron “bondad de ajuste” a esta importante tarea educativa. Señalaban que las interacciones pueden tener resultados positivos o negativos (Thomas y Chess 1977, 11). La relación con la madre (o cuidador principal) puede reforzar o debilitar las predisposiciones temperamentales. La sobreprotección aumenta la reactividad, la inhibición y el miedo infantil, mientras que poner límites  firmes a los niños ayuda a disminuirlos (Kagan, 1998). Una armonía entre las prácticas de crianza de los padres y el temperamento del niño produciría un desarrollo óptimo de éste y, en el caso de un niño propenso temperamentalmente a sufrir problemas de ajuste, le ayudaría a alcanzar funcionamientos más adaptativos. Una conducta materna muy estimulante ayuda a los niños inhibidos a explorar el entorno. El temperamento y las pautas de crianza paterna predicen el equilibrio afectivo y la adaptación en el paso del niño a la adolescencia (Lengua, 2006).

Hay un factor que puede dificultad la buena educación del miedo. Los niños propensos al miedo suelen ser más obedientes, aprenden con más facilidad las normas de comportamiento, y desarrollan antes la conciencia moral (Kochanska, 1996). Son, por lo tanto, niños fáciles de educar, lo que tal vez fomente o al menos mantenga la vulnerabilidad innata al miedo. Es algo que el equipo básico de educadores –padres, docentes y pediatras– debemos tener en cuenta.

La aparición de miedos disfuncionales se puede evitar ayudando al niño a atravesar satisfactoriamente las etapas de los miedos espontáneos, fortaleciendo las actitudes que protegen o vacunan contra el miedo, e impidiendo que el niño aprenda miedos nuevos.

a. Consejos para facilitar en enfrentamiento con los miedos propios del desarrollo:

–             Durante los primeros años, preocuparse de atemperar el temperamento medroso del niño. Es importante que adquiera una confianza básica, mediante el establecimiento de rutinas estables.

–             Tomar en serio los miedos del niño, no trivializarlos ni ridiculizarles. Escucharles, pero repetir con paciencia que todos los niños tienen miedo, que es normal, y que desaparecerán cuando sean “mayores”.

–             Conviene normalizar lo que ocurre, ayudar al niño a habituarse poco a poco a las situaciones amedrentadoras. Puede hacerse sometiéndole al estímulo aversivo –la oscuridad, por ejemplo–, cuentos o películas, o simplemente hablando de él. Sin embargo, como advierte Suzanne Vallieres, no conviene precipitar el enfrentamiento del niño con sus miedos. Hay que esperar que esté en condiciones de hacerlo (Vallieres, 2009a, 2009b).

–             Imitación. Si nos alarmamos o inquietamos cada vez que el niño siente miedo, va a interpretarlo como una justificación de su miedo.

b.            Fomentar las actitudes que protegen contra el miedo, por ejemplo la seguridad en sí mismo. El miedo puede ser un sentimiento diferencial entre la gravedad de la amenaza y la capacidad para enfrentarse con ella. Las técnicas de afrontamiento pueden entrenarse.

c.            Impedir el aprendizaje de miedos nuevos. La experiencia puede producir miedos nuevos, y evitar las experiencias traumáticas es tarea que corresponde a los padres y a toda la sociedad.

 

Desaprender los miedos aprendidos

El niño, como el adulto, puede aprender los miedos por cualquiera de las vías de aprendizaje que influyen en él. Mediante el premio, porque si premiamos los comportamientos miedosos, se repetirán. El castigo, porque su recuerdo o su anticipación producirán miedo. El ejemplo también puede provocar miedo, por eso los hijos de padres con fobias pueden reproducirlas, sin que eso signifique forzosamente un determinismo genético. Otro elemento lo constituyen las creencias. Hay creencias patógenas, que suscitan miedos. Para desaprender miedos, después de haberlos adquiridos, el método más e caz es la educación cognitivo-conductual. Se trata de cambiar las creencias, y desactivar los desencadenantes aversivos, mediante la habituación.

 

Fortalecer los sistemas ejecutivos para impedir que el miedo dirija inadecuadamente el comportamiento

Las funciones ejecutivas de la inteligencia son las encargadas de dirigir la conducta por metas lejanas y por valores pensados, y no sólo por metas inmediatas y por valores emocionalmente sentidos. Dos de ellas tienen especial relación con nuestro tema: la inhibición del impulso y la autorregulación de las emociones. Debemos enseñar a los niños, por ejemplo, a decirse a sí mismos frases de ánimo cuando estén en la situación temida, o a que se representen imágenes tranquilizadoras, o respiren rítmicamente para serenarse. El control de la atención –otra de las funciones ejecutivas esenciales– puede ayudarles.

 

Los adolescentes y el miedo

La fobia social es frecuente en los adolescentes y conviene que sea tratada por un especialista si reviste gravedad. La terapia cognitivo-conductual resulta la más eficaz (Hope y cols. 2006). También hemos de estar prevenidos sobre los casos de acoso escolar, que pueden provocar consecuencias trágicas, como ocurrió en España con el suicidio del joven Jokin, en Fuenterrabía. Son útiles los siguientes consejos dados a los adolescentes:

•             El miedo puede ayudarte, pero puede anularte. Distingue los miedos amigos de los miedos enemigos. Los amigos te advierten del peligro para librarte de él. Los enemigos te entregan en sus manos.

•             Tú no eres tu miedo. Una de las artimañas del miedo es que nos identifiquemos con él y nos sintamos avergonzados.

•             Debes declarar la guerra a los miedos enemigos, que han invadido tu intimidad. Rumiar los miedos debilita. La acción es el gran remedio.

•             Tienes que conocer a tus enemigos y a sus aliados, porque el miedo usa muchas artimañas para vencerte. El silencio es un gran aliado del miedo. Por eso es importante hablar de lo que te atemoriza. Nunca te guardes el miedo: exprésalo.

•             No puedes colaborar con el enemigo. El miedo es invasor, por eso conviene aislarlo. No intentes justificarlo, no te des excusas. No te digas: “no voy a esa fiesta porque me aburre” cuando la realidad es que no vas por timidez.

•             Tienes que fortalecerte. La solución para luchar contra el miedo es disminuir el peligro o aumentar los recursos personales. Por ejemplo, el ejercicio físico es un antídoto contra el miedo.

•             Háblate como si fueses tu entrenador. El modo como conversamos con nosotros mismos nos permite acceder a fuentes de energía personas que de lo contrario quedarán cegadas.

•             Debilita a tu enemigo. Critica las creencias en que se basa. Desenmascara sus jugadas de farol. Búrlate de él.

•             Busca buenos aliados. Es muy difícil combatir el miedo solo. Y si el miedo es patológico, imposible. Busca, pues, consejo y ayuda de personas competentes.

Christophe André, un conocido experto en miedos que dirige una unidad especializada para tratarlos en el Hospital Sainte-Anne de París, recomienda la creación de una “escuela del miedo” que cumpliera los mismos servicios que realizan las llamadas “escuelas de asma” o las “escuelas de diabetes”: desdramatizar, desestigmatizar, informar, explicar el problema.

Conocer el mecanismo de los miedos puede ayudar, si no a hacerlos desaparecer, al menos a tenerlos más fácilmente bajo control (Andre & Muzo, 2002).

 

Bibliografía

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