La Rebelión de las Masas

(Mercurio)

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La colección Austral ocupa un lugar privilegiado en el imaginario de mi adolescencia. Soñaba con tenerla completa, mientras miraba en el escaparate de la librería los últimos volúmenes publicados y expuestos. Dada mi menguada economía, en más de una ocasión tuve que prescindir del cine para comprar alguno de esos libros, con tapas de variados colores, que aún guardo como tesoros. Entre ellos, la edición de La rebelión de las masas, sin duda, el libro más leído de Ortega. Es un libro que merece una relectura, porque mantiene su interés si prescindirnos de sus interpretaciones políticas y lo vemos como lo que es: un ensayo de filosofía social. De hecho, en Las culturas fracasadas intenté una actualización de ese libro. Ortega y yo escribirnos con un tono vital parecido: entusiasta, optimista y, a la vez, con un sentimiento de precariedad. Ortega considera que el gran fenómeno del siglo XX es el advenimiento de las masas al pleno poder social. Esto, en principio, es bueno porque puede entenderse como el triunfo del ideal democrático. Además, supone un gigantesco aumento de las posibilidades vitales de todas las personas. Hasta aquí, todo es perfecto. Pero ahora llegan las dificultades. ¿Cómo es ese hombre-masa que domina la vida pública? Ortega distingue dos rasgos: el gran aumento de posibilidades, de nivel de vida, estimula la libre expansión de sus deseos vitales. Además, la perfección con que se ha organizado nuestra sociedad hace que “las masas beneficiarias no la consideren corno organización, sino como naturaleza”. Esto define una situación paradójica: al hombre-masa no le preocupa nada más que su bienestar, pero a la vez es insolidario con las causas de ese bienestar, por lo que muestra una radical ingratitud hacia cuanto ha hecho posible la facilidad de su existencia. Estos dos rasgos, dice, componen la psicología del niño mimado.
Al llegar aquí, Ortega introduce uno de los temas que más críticas despertó, haciéndole parecer de un elitismo insoportable. Me refiero a la distinción entre “vida noble” y “vida vulgar”. Una distinción irritante para todos aquellos que piensan que la igualdad significa que “nadie es superior a nadie”, confundiendo la igualdad de los derechos con la igualdad de los comportamiento. Creo, sin embargo, que es necesario y urgente reinstalar esa diferencia en nuestras creencias básicas. Lo que diferencia a esos dos tipos de vida es que eligen la “superación” o la “inercia”. El hombre excelente es el que se exige a sí mismo; el vulgar es el que no se exige nada. “Al primero no le sabe la vida si no la hace consistir en servicio a algo transcendente: es la vida como disciplina, la vida noble, frente a la vida vulgar e inerte que se recluye en sí misma”. Aparece un tipo de hombre que no quiere dar razones ni quiere tener razón, sino, sencillamente, se muestra resuelto a imponer sus opiniones. “He aquí lo nuevo: el derecho a no tener razón, la razón de la sinrazón”. Todas estas afirmaciones sigilen siendo verdaderas y actuales, en un momento en que muchos reclamamos un socialismo de las oportunidades, pero una aristocracia del mérito. Ortega insiste en un aspecto decisivo: una civilización avanzada tiene mucho pasado a su espalda, mucha experiencia, mucha historia: “El saber histórico es una técnica imprescindible para conservar y continuar una civilización”. Una inteligencia que no se limite a usar lo que hay sino que intente comprenderlo, tiene que conocer la genealogía de las cosas, de las culturas, la razón histórica. Por eso es conveniente releer a Ortega.

Las ideas de Ortega siguen siendo verdaderas y actuales, en un momento en que muchos reclamamos un socialismo de las oportunidades, pero una aristocracia del mérito.
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