La Pupila

(La Vanguardia)

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Hoy voy a concederme un día de asueto, y me voy a ir de excursión a mi país favorito: el lenguaje, todos los lenguajes. Quiero hablar de una palabra aparentemente poco interesante: pupila, la abertura circular de color negro situada en el centro del iris, que permite el paso de la luz hasta la retina. Es un término que me intriga. ¿Por qué llamar niña, muñequita, a esa parte del ojo? Lo mas extraño es la universalidad del fenómeno. En portugués se llama menina do olho. En hebreo, eshon ayin, elhombrecillo del ojo. En griego clásico, kóre significaba al mismo tiempo muñeca, niña y pupila. Esa palabra griega se mantiene en términos médicos: coreoplastia (cirugía plástica de la pupila) o isocoría (igualdad de tamaño de las pupilas). Confirman lo que dijo Jardiel Poncela: la medicina es la ciencia que nos acompaña a la muerte diciéndonos palabras griegas. El vocablo kaninaka significó para los antiguos indios muchachita y niña del ojo. Hay una región alemana, entre el Neckar y el Meno, donde llaman a las pupilas Kindl, niñitos o niñitas. ¿Cuál puede ser la causa de tan lejanas e improbables coincidencias?

El asunto ya intrigó a Platón, que se preguntó la razón de que a ese circulito negro se le llamase niña. Sócrates da una respuesta: “Si alguien mira de cerca un ojo, ve en él un rostro como en un espejo, y así sucede que lo que llamamos kóre (pupila, niña) es la minúscula imagen del observador”. La idea socrática tuvo éxito. Plutarco la recogió y llegó a nuestros días. Tal vez sea verdadera. De ser el centro del iris, pasó a significar lo más importante, lo nuclear. Eres la niña de mis ojos, era una antigua confesión de amor. Por cierto, la palabra iris también resulta curiosa. ¿Por qué se llamó así esa parte coloreada y musculada del ojo? Iris, hija de Taumante y de la oceánida Electra, era la alada mensajera de la diosa Juno, que Virgilio pinta cubierta de rocío y brillando con mil colores bajo el sol. Es también el arco coloreado que anuncia al sol después de la tormenta. Galeno tuvo la ocurrencia de llamar así al circulo coloreado del ojo. ¿Por qué era coloreado o por qué se consideraba que el ojo era el sol del rostro y el iris su cromática aparición?

En este momento del artículo, mi interés cambia de rumbo. Lo que me intriga ahora es mi afición a las etimologías. Posiblemente sea una manifestación secundaria de una idea que me acompaña desde hace muchos años. La seguridad de que lo visible es la puerta de lo no visible. La impresión de que las cosas tienen una memoria implícita que podemos reactivar. Los retratos familiares que tengo sobre mi mesa son a la vez una imagen presente y un signo que me remite a una historia. Si me quedara sólo en la imagen, estaría cayendo en una amnesia que amputaría trágicamente la riqueza de lo real. Ortega decía que el hombre es “animal etimológico”, y que no sólo las palabras tenían etimología, sino las costumbres y las instituciones, y acababa diciendo que la etimología es la “razón histórica”. Estoy de acuerdo. Por eso me parece tan grave la actual y proliferante ignorancia histórica.

Pero la etimología me enseña, junto a la historia, otra cosa. No podemos intentar usar la etimología como si fuera el significado actual de la palabra. No puedo llevar a la pupila del ojo al colegio. No puedo mantener la historia como si fuera presente. ¡Cuánto de sí ha dado el comentario sobre una humilde palabra!

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