La Prudencia

(La Vanguardia)

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Es un necio despilfarro desaprovechar la experiencia de la humanidad. La historia ha afinado sentimientos, probado ideas, asimilado o rechazado prácticas. Es el banco de pruebas de la inteligencia. Por eso me parece importante recuperar algo de esa sabiduría desdeñada. Conceptos olvidados o adulterados hasta hacerlos irreconocibles como la prudencia. En este momento, considerarnos que el prudente es el cauteloso, el tímido, el poco emprendedor. O sea, un desastre. Pero para los grandes analistas del alma humana como Aristóteles, la prudencia, la frónesis, era la culminación de la inteligencia aplicada a la acción. Los filósofos medievales la consideraban genitrix virtutum, la madre de todas las virtudes. La prudencia era el talento para aplicar los principios generales a los casos particulares. En eso consiste la gran sabiduría práctica. Por ejemplo, la sinceridad es buena, pero, como dice un refrán: “La franqueza sin la prudencia es la virtud de los necios”, Conocer los principios es relativamente fácil. Ponerlos en práctica, atender a las circunstancias, ponderar la posible oposición con otros principios, todo esto es extremadamente difícil. ¿Qué debe primar, la libertad o la seguridad? ¿El derecho de expresión o el derecho a la propia imagen? En el caso concreto es donde se demuestra la inteligencia práctica, que a mi juicio es la gran inteligencia. Toda la teoría tiene valor si me permite dirigir bien mi comportamiento. Saber patología es fácil: basta con dedicarle horas de estudio. Ser un buen clínico es difícil. Lo mismo puede decirse de los docentes, jueces o políticos.

Los filósofos antiguos consideraban que la prudencia debía ser la gran virtud del político, profesión que para ellos era la culminación de la inteligencia práctica. Debía tener una perspicacia especial para comprender la situación, anticipar los resultados, evaluar las circunstancias. Uno de los componentes de la prudencia era la facultad de captar la situación imprevista y tornar la decisión adecuada. Los clásicos la llamaban solercia, la visión sagaz y objetiva frente a lo inesperado. La tenía que acompañar la flexibilidad, que evita la tozudez. En el momento en que escribo este artículo el mundo está pendiente de una decisión. ¿Dará el presidente Obama la orden de atacar Siria?¿Acertará? ¿Será prudente? ¿Cómo se aprende la prudencia? Los moralistas seguían el método que ahora se usa en las escuelas de negocios, y que puso de moda Harvard: el estudio de casos. La casuística.  Es un entrenamiento virtual para desarrollar la percepción, la sensibilidad, el tacto. Toda tarea creadora -la política debe serlo- se basa en que una persona sea capaz de reconocer patrones, donde los demás sólo ven caos. Y eso se aprende. La segunda fuente es la “experiencia críticamente analizada”. La experiencia a secas no proporciona sabiduría. Si así fuera, todos los ancianos serían sabios. Aprender de la experiencia es más difícil de lo que parece, y necesita una pedagogía especial. Por último, los clásicos consideraban que las cuatro grandes virtudes   -prudencia, justicia, fortaleza y templanza- conectaban entre sí. Ni un intemperante, ni un injusto, ni un débil pueden ser prudentes.

Hemos descuidado la educación del político. En primer lugar, los pedagogos. Me gustaría colaborar a la rehabilitación de la figura de ambos escribiendo un breve tratado titulado La prudencia política. Gobernar es la aplicación de la inteligencia al bien común. El máximo nivel del talento.

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