La Memoria

(La Vanguardia)

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Quiero hacer, una vez más, el elogio de la memoria. No hay nada más tonto que decir que la memoria es la inteligencia de los tontos. Es, en realidad, la condición imprescindible para todas las funciones de la inteligencia. Todo lo que esta hace lo hace a partir de la memoria.

Marcel Proust escribió: “Lo que llamamos la realidad es cierta relación entre las sensaciones que recibimos y los recuerdos que nos circundan simultáneamente”. Su pariente, Henri Bergson, premio Nobel de Literatura, había dicho algo muy parecido: “Percibir es, sobre todo, recordar”. Si la memoria es pobre, la realidad también va a serlo. Creamos a partir del recuerdo, y tenía razón Ortega al decir que “para tener mucha imaginación hay que tener muy buena memoria”. Incluso para resolver problemas matemáticos es necesario tenerla. George Polya, un experto en el tema, decía que para solucionar un problema lo primero que había que hacer era intentar acordarse de un problema parecido ya resuelto.

Por todo lo que les he dicho, en el programa educativo que estoy elaborando para la Universidad de Padres, considero que el nivel educativo fundamental supone la “construcción de una memoria personal”. Nuestros alumnos descansan sobre la potencia y velocidad de las memorias guardadas en el disco duro del ordenador, pero esa información, sin duda extraordinaria, sólo puede comprenderse y utilizarse a partir de los conocimientos que se guardan en la propia memoria, que es la gran sintetizadora, la madre de la sabiduría.

La historia es la memoria social, y la paupérrima educación histórica que nuestros jóvenes reciben produce, entre otras cosas, unas ideas peligrosamente superficiales sobre multitud de asuntos. Pondré un ejemplo. Suele decirse con gran convicción que los jóvenes tienen que elegir sus propios valores morales, y se propone que debatan sobre ellos para llegar a un acuerdo. Esto es una ingenuidad bastante boba. Nadie puede hablar seriamente de valores morales sin conocer su complicada historia, cómo fueron descubriéndose, aceptándose, rechazándose, a lo largo de la experiencia histórica de la humanidad. Un caso: los jóvenes han aceptado la idea de que el sexo es una actividad lúdica, como el deporte, por poner una comparación. ¡Qué duda cabe que hemos hecho bien en liberarnos de la idea oscura y repugnante de la sexualidad!

Recuerdo que en su Teología Moral para seglares, Royo Marín, un reputado moralista dominico, al comenzar a hablar de la sexualidad advertía que iba a abordar “una materia escabrosa y nauseabunda”. Pero el desconocimiento de la historia hace olvidar que todas las culturas han establecido alguna moral sexual, y que lo hacían por tres razones. En primer lugar, por el poder del deseo, que podía convertirse en un peligro social si no se controlaba; en segundo lugar, por las consecuencias de la sexualidad, es decir, por los embarazos; por último, porque las relaciones sexuales se entremezclan con afectos y expectativas que no se pueden olvidar.

También las sociedades deben cuidar su memoria, que tiene que ser veraz y creadora. Veraz porque de lo contrario quedarán aprisionadas en los engaños de los inventores de historias; creadora, porque es la única forma de enfrentarse adecuadamente al futuro. El pasado es como un trampolín, cuyo empuje aprovecha el saltador para hacer su propia pirueta en el futuro, quiero decir en el aire.

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