La Humildad

(Tiempo)

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A ningún pintor, por muy genial que sea, le importa que le encarguen un retrato, es decir, que le impongan un tema. Me considero un detective a sueldo, y tampoco me importa que me encarguen casos para investigar. Incluso he fundado una virtual agencia de detectives culturales, llamada Mermelada & White. Por eso, esta semana he aceptado la petición de Abante, una empresa financiera, para que hablara a sus clientes sobre la humildad.

Reconocerán que se trata de un encargo curioso. En un tiempo de soberbias y engreimientos, en que casi todo el mundo quiere aparentar más de lo que es, en que se vive de farol, y todo el mundo aspira a sus quince minutos de gloria, como decía Andy Warhol, aunque sea en Facebook, este tema parece anacrónico y piadoso. Para colmo de males, la palabra se relaciona con humillación, una experiencia detestable. Pero los filósofos medievales hicieron un análisis muy cuidadoso de la humildad, y vale la pena escucharlos, porque eran muy inteligentes. La palabra procede del latir humus, que significa “tierra”. Para un cultivador, la tierra es el origen de la energía que hace crecer las plantas. Los griegos inventaron un personaje mitológico -el gigante Anteo- que era invencible mientras estuviera en contacto con el suelo. La humildad describe en cierta manera ese prodigio. Es la virtud que sintoniza con la realidad, que hace que no nos creamos más de lo que somos.

En un tiempo en que se vive de farol, en que todos aspiran a sus 15 minutos de gloria, este tema parece anacrónico y piadoso pero tampoco menos. Exige no olvidar nuestras limitaciones y recordar nuestras posibilidades. Las dos cosas.

Hace años, me llamó la atención que Theodor Haecker, un serio teólogo, relacionara la humildad con el humor. Es una relación sorprendente y cierta. Hablo del sentido del humor, no de la comicidad. Les explicaré la diferencia. Sigmund Freud escribió un conocido libro sobre el chiste, en el que defendía que la comicidad es insensible y devaluadora. Se ríe de todo y ridiculiza todo. Exige una total anestesia afectiva para disfrutarla. “Al amputado de los dos brazos le han dejado en chaleco para toda la vida”, escribió Ramón Gómez de la Serna. ¡Qué bruto! Pero cuando Freud era muy mayor escribió un artículo () sobre el sentido del humor. El humor implica una cierta ternura ante nuestras limitaciones, es un intento de reconocerlas y sobreponernos a ellas. Contaba como ejemplo el caso de un condenado a muerte que, camino del patíbulo, pregunta al guardián que le acompaña: “Oiga, que día es hoy?”. “Lunes”, le responde. “Pues si que empiezo bien la semana”. Habrán sin duda comprobado que el soberbio, el engreído, el prepotente, suele carecer de sentido del humor. Suele adoptar una seriedad engolada, con frecuencia ridícula.

Así pues, la humildad es la bien humorada conciencia de nuestras limitaciones y de nuestras posibilidades, una de las cuales es reírnos tiernamente de estas limitaciones. Me ha parecido que este tema era una buena presentación para iniciar mi colaboración en esta revista. Hasta la próxima columna.

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