La confianza y Grecia

(El Confidencial)

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Las palabras “confianza” o “desconfianza” han aparecido frecuentemente durante las complicadas negociaciones entre la Unión Europea y Grecia. Es normal porque ese sentimiento resulta esencial para la economía. Al fin y el cabo, el dinero se llama “fiduciario” porque se basa en la confianza. Sin ella, se elevan astronómicamente los llamados “costes de transacción”, y se dificultan y encarecen las relaciones económicas. La ayuda a Grecia se ha hecho bajo el signo de la desconfianza. Francis Fukuyama resumió hace unos años todos estos temas en Trust: la confianza, un libro que les recomiendo. Pero esta no es una sección de economía, sino de educación. No obstante, el tema sirve para enlazar la economía, la educación y la moral.
En mis libros hablo de la confianza en tres niveles. Uno, psicológico: ayudar a que niños y niñas adquieran “confianza en sí mismos y en su capacidad para enfrentarse a los problemas” es una parte importante de la educación durante los primeros años. El segundo nivel es moral: la confianza forma parte de la justicia. No debemos desconfiar sin motivos. Tampoco debemos confiar sin motivos.

Pensar que el Código Civil o penal son las únicas normas supone una rudeza en la convivencia y una detestable judicialización del comportamiento

Pero la parte más importante de la educación de la confianza no es ese juicio sobre uno mismo o sobre los demás, sino la necesidad de actuar para “ser digno de confianza”. Esta es una virtud ética de primera magnitud, por ello es la primera que se pierde en momentos de baja tensión moral. En España nunca se la ha dado importancia, hasta tal punto de que apenas usamos la palabra que la designa. No ocurre así en otros países. Por ejemplo, en Estados Unidos, la trustworthiness, la “fiabilidad” se considera uno de los pilares fundamentales de la “educación del carácter”, es decir, de la personalidad recta. Una de las funciones de las normas morales es, precisamente, hacer previsible el comportamiento de los demás. Cada vez que oigo a un político decir: “Si tiene algo en contra póngame una querella ante los tribunales” o “esto es legal aunque no sea ético” me enfurezco ante el analfabetismo moral que supone. No todo lo inmoral es delictivo. Pensar que el código civil o penal son las únicas normas supone una rudeza en la convivencia y una detestable judicialización de todos los comportamientos.
La importancia del pensamiento crítico
Vivimos una crisis de confianza a todos los niveles. Lo malo es que nos hemos acostumbrado a vivir así. Padecemos una patología social a la que he llamado “síndrome de inmunodeficiencia social”. De la misma manera que el organismo inmunodeficiente no tiene capacidad para luchar contra las infecciones, las sociedades pueden carecer de recursos para enfrentarse a las patologías sociales. Piense, por ejemplo, en la corrupción. O en la epidemia de “charlatanes políticos”, que prometen sin saber lo que prometen. (Tomo el título de una de las últimas portadas de Le Point, en que habla del auge de los populismos). O en quienes apelan a la pasión política en contra de la razón política.

La fiabilidad –y su contrapartida, la confianza– forman parte de lo que se llama “capital social” de una comunidad

La educación tiene que fortalecer el sistema inmune de la sociedad. Y debe hacerlo mediante el fomento del pensamiento crítico. Debemos exigir fiabilidad a todos, también a nosotros mismos. Y eso se consigue mediante el ejercicio de las virtudes morales más importantes: no mentir, cumplir los compromisos, no engañar. Tanto la palabra “fiabilidad” como la palabra “confianza”, o “fidelidad” derivan del término fides, que significaba “promesa”. Cada uno de nosotros –también los que escribimos en los medios de comunicación– hemos de construir nuestra fiabilidad, porque hemos hecho un pacto, un compromiso, hemos establecido una promesa con los lectores: esforzarnos en ser objetivos, informados e independientes.
La fiabilidad –y su contrapartida, la confianza– forman parte de lo que se llama “capital social” de una comunidad. Esta es una noción extremadamente importante de la que les hablaré la semana próxima. La verdadera riqueza de las naciones no se compone sólo de la renta per capita, sino de otros factores que dignifican la vida y aumentan la felicidad social, denominada técnicamente “justicia”. Nos encontramos de nuevo con la educación, que es la encargada de transmitir las normas, valores, metas que pueden aumentar nuestro “capital social” y que nos permiten –siendo de fiar– poder confiar en los demás y en las instituciones.

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