La Admiración

(La Vanguardia)

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Admirar es un sentimiento admirable y difícil. Detesto a quien no admira a nada ni a nadie, y critico al que admira a quien no lo merece. Como todos los sentimientos, este tiene su propia sabiduría, que consiste en ajustar bien el sentimiento a su objeto. No es este el único caso. Lo que llamamos educación sentimental pretende conseguir que tengamos los sentimientos adecuados a la situación o a las características del objeto. A no sentir miedo ante lo que no es peligroso o a no amar lo detestable, por ejemplo. El respeto es la respuesta adecuada ante la dignidad. El cuidado es la actitud debida ante lo que es valioso y frágil. La gratitud es el afecto despertado justamente por un favor recibido. La compasión, el sentirse afectado por el dolor ajeno. La indignación es la ira desencadenada por la injusticia o la humillación.

¿Y la admiración? Es la sorpresa producida por la aparición de alguna cosa extraordinaria. Los griegos pensaban que era el comienzo de la filosofía, y les comprendo. Algo en la realidad intriga, atrae la atención, despierta el afán de saber. En francés, la admiración tiene un matiz que por desgracia se ha perdido en castellano, y que me gustaría saber si existe en catalán: “Sentimiento de alegría y ensanchamiento del espíritu ante lo que se juzga excelente”. La admiración es el reconocimiento de lo superior, sin envidia, ni mezquindad. Y ese sentimiento me parece absolutamente necesario para el progreso de una sociedad. Una sociedad incapaz de admirar, que se enroca en un desdén universal, que sospecha de todo lo bueno que observa, carece de modelos que emular, es ciega para la grandeza, y lo más probable es que se hunda en un desprecio generalizado y suicida. Por supuesto, si la admiración se dirige a quien no lo merece, a personajillos inflados por la fama, no es un sentimiento bien ajustado y cooperará a la confusión. Ya sabemos que los sentimientos pueden ser inteligentes o estúpidos.

Hay un peculiar tipo de admiración desencadenado por el comportamiento de un ser humano. En ella se fundó durante mucho tiempo la enseñanza moral. Es lo que Bergson llamó la atracción del héroe, un sentimiento que en la actualidad ha caído en desuso. Más aún, es visto con desconfianza porque se considera que va en contra de la igualdad. “Nadie es más que nadie”, se suele decir. Y esto, que vale sin duda para reclamaciones ante la ley, me parece mezquino cuando se aplica a todos los órdenes de la vida. Contaba Ortega la historia de un monaguillo que no sabía ayudar a misa y que, dijera lo que dijera el oficiante, siempre respondía: “Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del altar”. Hasta que, un poco irritado, el sacerdote se volvió hacia él y le dijo: “Hijo mío, eso está muy bien, pero no viene a cuento”. Pues algo parecido sucede con la reclamación de igualdad. En unas cosas somos iguales, y en otras, no.

En los programas para la Universidad de Padres, de los que tanto les he hablado, insisto mucho en la necesidad de enseñar a los niños la admiración ante la excelencia. Tienen que sentirse alegres ante el espectáculo de una vida lograda. Debemos enseñarles a aplaudir lo bueno y a intentar emularlo. Una sociedad inteligente necesita defender una igualdad de las oportunidades y una aristocracia del mérito. Y una sana democracia defiende la igualdad, pero premia la excelencia.

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