Hijos de la Luz

(El Cultural de ABC)

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En la Amazonía hay ríos de agua blanca, ríos de agua clara y ríos de agua negra. Así los describió Alfred Russell Wallace, naturalista del siglo XIX, con un realismo mágico propio de García Márquez. Hoy estoy rodeado de textos que me hablan de selvas, bosques y otras arquitecturas vegetales. En las baldas de mi biblioteca se mezclan libros de poesía, de jardinería – una de las bellas artes –, de historia y de botánica, que fue, no lo olvidemos, la ciencia de los ilustrados. Leo un estudio de James Brown (ecologista de la Universidad de Nuevo México) y Geoffrey West (físico del Instituto de Santa Fé) sobre las leyes que rigen el caos selvático.

Recuerdo un poema de Neruda: “Una flor fue relámpago y medusa, una raíz descendió a las tinieblas. En la fertilidad crecía el tiempo”. Los investigadores citados intentan demostrar que la ecología tiene leyes universales, tan universales como las de la gravedad o la termodinámica en física. Creen haber descubierto una: la relación entre la tasa de consumo de energía de un organismo y su índice de fertilidad, dispersión y distribución. Aplican este principio a la especie humana, de una forma curiosa. Consideran que el metabolismo humano hay que calcularlo sumando la energía que consumimos corporalmente con la energía que consumimos por nuestra forma de vivir, por ejemplo, la que conseguimos quemando combustibles. Así las cosas, nuestro consumo total corresponde a un primate de 30 toneladas, lo que según sus cálculos, supondría una tasa reproductiva de menos de dos crías por mujer, aproximadamente la que se da en países desarrollados. Sin embargo, esta “Teoría metabólica de la ecología” falla, como todos los sistemas deterministas, cuando se aplica al ser humano. Por oposición a la sequoia o al espárrago nosotros podemos anticipar el futuro y tomar decisiones teniendo en cuenta esa información. Lo que tememos o esperamos determina nuestra conducta. Metabolizamos energía y metabolizamos significados. Somos rarísimos.

Continúo al aire libre, entre árboles. Las plantas van a enseñarnos a resolver nuestros problemas energéticos. A la chita callando han inventado el mecanismo más eficaz para aprovechar la energía solar. Se trata de la fotosíntesis, ese tránsito maravilloso de la materia inorgánica a la orgánica, la trampa que hace la naturaleza para atrapar el sol. A fin de cuentas, todos somos hijos de la luz. El caso es que la fotosíntesis rompe la molécula de agua, por lo que puede convertirse en fuente ilimitada de hidrógeno – buen combustible –a partir del agua, con limpieza y sin arruinarnos. Sólo hace falta que sepamos producir una fotosíntesis artificial. Jim Barber y SoIwata (Imperial College London) han avanzado en la solución del problema más difícil. De acuerdo con la teoría electroquímica, la energía necesaria para dividir las moléculas de agua es suficiente para destruir cualquier molécula biológica. Sin embargo, plantas, algas y bacterias, consiguen este aparente despropósito. Les recuerdo que la fotosíntesis natural tiene dos mecanismos: fotosistema I, que atrapa longitudes de onda largas y no produce oxígeno, y fotosistema II, que digiere longitudes más cortas y desprende oxígeno. Los investigadores creen que pueden replicar artificialmente la química de este último sistema. La emergencia de la fotosíntesis fue un suceso decisivo en la evolución de la vida. Ignoro cómo pudo aparecer una función de tal complejidad. Ahora, 2.500 millones de años después, acaso nos permitan conseguir una sostenible fuente de energía. Mi jardín parece sestear bajo el sol, ocultando su minuciosa e incansable actividad. Lo contemplo una vez con asombro y gratitud.

Los puentes me fascinan. No me extraña que los romanos confirieran tanta dignidad al “pontífice”, al que construía puentes. En el fondo, esta sección pretende ser un puente entre las humanidades y la ciencia, o entre la ciencia y los ciudadanos. De la variada floración de puentes me admira sobre todo la ligereza audaz de los colgantes. Una solución tan ingeniosa merece que se dé el nombre de ingenieros –especialistas en ingenio– a sus inventores. Los considero la apacible maravilla tecnológica del siglo XX. Poseen la belleza del diseño perfecto. El año pasado, el gobierno italiano aprobó la construcción de un puente sobre el estrecho de Messina. Tendrá 2.05 millas de longitud, casi el doble que el puente más largo en la actualidad, el Akashi Kalkyo, en Japón. Se construirá en un mar inquieto y en una tierra inquieta también, propensa a terremotos. Colgará de dos torres tan altas como eran las del World Trade Center, ahincadas en las costas. Sorprende comprobar que el elemento más pesado del puente serán los cables, trenzados con cuarenta mil hilos. El ingeniero romano Julio Cayo Lacer colocó en el puente de Alcántara una inscripción espléndida: Ars ubi materia vincitur ipsa sua. Artificio mediante el cual la materia se vence a sí misma. Lo que debería caer, se mantiene altanero. Una bella metáfora de la naturaleza humana.

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