Filosofía del Tiempo

(Psicología Práctica)

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Estoy a punto de iniciar una arriesgada aventura. Cumplo setenta años. Es decir, tengo por delante toda la vida y me pregunto qué voy a hacer con ella. Es completamente estúpido que pensemos tanto en qué vamos a invertir nuestro dinero, y reflexionamos tan escasamente en qué vamos a invertir nuestro tiempo, que es nuestro único y verdadero capital. Espero seguir trabajando en la Universidad de Padres que he fundado. A pesar de los pesares, la educación me parece una actividad alegre y estimulante, una esgrima que exige mantener en forma los reflejos. Ver crecer es una experiencia conmovedora. Recuerdo un antiguo poema japonés, escrito por un anciano: “Me preguntas qué es la felicidad. Una niña me ha preguntado el camino, se lo he indicado, y antes de desaparecer en el recodo del camino, se ha vuelto y sonriendo me ha dicho adiós con la mano. Eso es la felicidad”.

Me parece también que vivo un buen momento para contar con un cierto orden cómo veo la realidad. Esta sección se llamó durante un tiempo “El mundo según JAM”. No era una propuesta petulante, sino la constatación de algo muy simple. Las cosas que yo sé no las va a saber otra persona. Sabrá más, o mejor, o de manera más profunda, pero mi memoria es una mezcla de filosofía, neurología, lingüística, política, teología, educación, horticultura, experiencias vitales, miedos, rebeldías, y esa memoria descubre un mundo, una visión de la realidad, en parte igual al de todos, y en parte diferente. En esta afirmación no hay ningún tipo de engreimiento, porque me estoy refiriendo a una constante en la vida de todos los seres humanos. Para decirlo con un cierto engolamiento filosófico, cada uno de nosotros somos una “experiencia metafísica”, tenemos que resolver a nuestra manera un problema transcendental: cómo vivir. Hemos de escribir nuestra autobiografía y conviene que lo hagamos con el mayor talento posible. Cuando llegamos a ese momento reflexivo que es la adolescencia, nos descubrimos con un carácter definido, en una situación familiar, cultural, social determinada, con una expectativas y con esos mimbres tenemos que tejer nuestro propio cesto.

Ortega, que era muy inteligencte, escribió: “Cada hombre tiene una misión de verdad. Donde está mi pupila no está otra: lo que de la realidad ve mi pupila no lo ve otra. Somos insustituibles, somos necesarios. La realidad, pues, se ofrece en perspectivas individuales. Lo que para uno está en último plano, se halla para otro en primer término. En vez de disputar, integremos nuestras visiones en una gigantesca colaboración espiritual, y como las riberas independientes se aúnan en la gran vena del río, compongamos el torrente de lo real”.

Me parece estimulante esa idea de que cada uno de nosotros tiene por misión descubrir un aspecto de la realidad que otro no puede ver. Y me parece que la mejor ofrenda que podemos hacer a los demás es intentar que nuestra visión sea lo más verdadera, hermosa y buena posible. Siempre me ha admirado el talento y la brillantez con que personas aparentemente vulgares han resuelto los complejisimos problemas del vivir. Suelo pedir en muchas ocasiones a mis lectores que me cuenten su actitud ante algún asunto concreto, porque me parece que de esa creatividad humilde puedo aprender más que leyendo mamotretos filosóficos. La ciencia, a la que he dedicado tantas horas, se mueve entre conceptos abstractos. Por eso a los científicos nos conviene bajar a la variedad inagotable de lo real, valorar lo imprevisible y sorprende de la individualidad. Descender, para decirlo brevemente, de las matemáticas a la poesía.

Cada uno de nosotros tenemos un doble deber: aclarar y tejer. Hemos de iluminar nuestra realidad interior y la realidad que nos rodea. Las tinieblas nunca son buenas. Neruda, en un bellísimo poema dedicado a la claridad, escribe: “Debo / cumplir mi obligación / de luz: ir y venir por las calles, / las casas y los hombres/ destruyendo/ la oscuridad/ Hasta que todo sea día, / hasta que todo sea claridad/ y alegría en la tierra”.

El segundo deber deriva de nuestra profesión de tejedores. El mundo surge de nuestras relaciones. Es un gigantesco tapiz, en el que participamos todos, para completar un bello dibujo, o para emborronarlo. Los seres humanos valemos lo que valen los lazos que anudamos, los intercambios que somos capaces de establecer. No somos islas ni bolas de billar ni barcos que se cruzan en la niebla y hacen sonar sus sirenas. Estamos todos comprometidos en una gigantesca conversación y, como les he dicho muchas veces, las conversaciones producen efectos emergentes o degradantes. Nos elevan o nos hunden. A todos nos interesa participar en un brillante conversación, que nos ayude a desplegar nuestros mejores talentos, de la que recibamos ánimos y alegría, y debemos empeñarnos en conseguirla.

Lo que les decía, el futuro se presenta ajetreado e interesante.

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