Federalismo

(Tiempo)

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Estoy empeñado en una campaña de desmitologización, porque me da miedo la sacralización de los conceptos políticos. El objetivo de la política ha sido siempre resolver los conflictos y enfrentamientos que plantean la convivencia y las relaciones de poder. Es un problema universal que cada sociedad, en cada momento histórico, ha intentado resolver a su manera. Se justificó el imperio, el derecho de conquista, la ley del más fuerte, el origen divino del poder, la monarquía absoluta, la democracia. Mantener unida a la gente no es tarea fácil. Gracián, en 1540, escribió: “En la Monarquía de España, donde las provincias son muchas, las naciones diferentes, las lenguas varias, las inclinaciones opuestas, los climas encontrados, así como es menester gran capacidad para conservar, así mucha para unir”. Nación designaba un colectivo de personas unidas por la lengua o las costumbres. No era un concepto político, sino sociológico. La Revolución francesa lo politizó. Hasta ese momento, la lealtad iba dirigida al rey, no a su reino. La Revolución francesa acuñó el término político “nación” para designar a la heredera del poder absoluto de los reyes. Para ello, tenía que sacralizarla, como habían hecho las generaciones anteriores con la soberanía del monarca. Sieyés, el gran ideólogo de la Revolución, elabora su teoría: las naciones son anteriores a la ciudadanía. No proceden de la historia, no hay en ellas nada de contingente, tienen un origen divino, como lo tenía el poder real. Y de ese origen divino deriva Sieyés un “derecho natural de las naciones”. La nación, que había sido una creación histórica, resultaba ser metafísicamente anterior. Por eso añade: “Una nación no puede dejar de ser una nación”.

De “ser ficticio” –escribe el historiador Keith Michael Baker- la nación pasa a ser la “realidad primordial”. Y, una vez adoptada esta ficción, la historia de la humanidad se convirtió en la historia de la “autodeterminación nacional”.

Estos cambios tenían sus razones pragmáticas, que conviene conocer antes de comenzar un debate. La convivencia ha sido siempre difícil, y conviene no complicarla todavía más con fervores inadecuados. La Conferencia Episcopal Española considera que la unidad de España es un bien moral a defender. No da para tanto. Lo importante son los ciudadanos, lo demás son formas de organización que deben demostrar su respeto por los derechos individuales, su eficacia para protegerlos y expandirlos, y su clara apuesta por la justicia. En España, el federalismo no se discutió en el debate constitucional porque veníamos de un régimen que había apostado por una unidad sagrada, sin darse cuenta de que hay muchos tipos de unidad. Este artículo no va dirigido a defender el federalismo, ni tampoco la unidad nacional actual, sino a explicar la necesidad de situar los debates políticos fuera de dogmatismos que han ensombrecido durante siglos nuestra historia.

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