Estado, corrupción y sociedad del aprendizaje

(El Confidencial)

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Vivimos sobresaltados, entre el miedo y la esperanza de cambios profundos. El papel del Estado, el papel de los políticos, el papel de la sociedad civil están sometidos a escrutinio. En España, el debate está urgido, y también sesgado, por el tema de la corrupción. Creo que es necesario analizarlo desde la educación. ¿Por qué desde la educación? Porque es la ciencia de la transición al futuro. Si le gustan las soluciones de tertulia de café o de TV, no siga leyendo. Y menos aún si profesa el arbitrismo (arbitrista: persona que trata de resolver los problemas económicos de un Estado con planes utópicos o disparatados).

Comenzaré por la corrupción, que, de forma paradójica, está determinando nuestra agenda política. Hay dos tipos de corrupción pública. La primera es la delictiva, la del delincuente de cuello blanco. La segunda es la ineficiencia de quienes administran el Estado. Ambas favorecen una campaña que convierte al Estado en un peligro o en un estorbo. Desde este punto de vista, la eficiencia económica es inversamente proporcional al tamaño del Estado. Sobre todo en una economía como la actual, basada en la innovación y en la alta tecnología. Así pues, los dos tipos de corrupción se han convertido en argumento para defender tesis neoliberales. La conclusión, al parecer evidente, es que una economía competitiva, basada en el talento, la innovación y las altas tecnologías solo es posible si el Estado mengua y se hace dócil.

Desde la educación, esa clara oposición entre ‘Estado, ineficiencia, anacronismo’ por una parte, y ’empresa, eficiencia, innovación’, por otra, no se sostiene

Desde la educación, esa clara oposición entre “Estado, ineficiencia, anacronismo” por una parte, y “empresa, eficiencia, innovación”, por otra, no se sostiene. Dos libros recientes me invitan a plantear este debate. Ambos afirman que el progreso tecnológico y social no es un efecto interno del mercado, sino que se funda en un factor exógeno: el Estado. Si queremos progresar debemos diseñar una adecuada simbiosis entre Estado y empresa, para bien de la sociedad. El Estado debe regular, pero tiene una función aún más importante: promover y dirigir la innovación tecnológica, económica y social. Por su parte, las empresas serán las encargadas de realizar, aplicar, distribuir esa innovación. Tratar el Estado como un ente engorroso que solo es capaz de corregir los “fallos del mercado” es una profecía que terminará por cumplirse. Pero lo peligroso no son las estructuras del Estado, sino la idea que se tiene de sus funciones, y el tipo de políticos que se encarga de administrarlas.

La I+D estatal es más beneficiosa

El primer libro se titula Creating a Learning Society, y está escrito porJoseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía, y Bruce Greenwald, de la Universidad de Columbia. Todo el mundo sabe que hemos entrado en la sociedad del aprendizaje. Aprender es el método que tiene la inteligencia para adaptar sus necesidades al entorno o el entorno a sus necesidades. Cuando el entorno se mantiene estable, la necesidad de aprender se satisface con facilidad, pero cuando cambia aceleradamente, como ocurre en la actualidad, el aprendizaje tiene que ser rápido y permanente. Al hablar de la necesidad de innovar, estamos hablando de la necesidad de aprender a hacerlo y de aprender a utilizar las innovaciones. Esto convierte la gestión de los procesos de aprendizaje en una prioridad social. Las grandes empresas lo han aprendido bien, y se ha creado un empleo de alto nivel, el Chief Learning Officer, encargado de diseñar los aprendizajes de la empresa.

En EEUU el retorno económico de los proyectos de investigación gubernamentales ha sido mejor para la economía que los proyectos del sector privado

Stiglitz estudia la necesidad de este cambio social.El primer capítulo de su obra se titula “La revolución del aprendizaje”. “El desarrollo –indica– exige aprender a aprender”. “Crear una dinámica sociedad del aprendizaje tiene muchas dimensiones; los individuos tienen que tener la actitud y la habilidades para aprender, tiene que haber alguna motivación para hacerlo. El conocimiento es creado por individuos que trabajan en organizaciones, y lo transmiten a otros dentro de organizaciones. Pero la extensión, facilidad, y rapidez de la transmisión del conocimiento es uno de los aspectos fundamentales de la sociedad del aprendizaje”. Hasta aquí, no hay sorpresa. Pero, a continuación, los autores afirman que los mercados no son eficientes dirigiendo la investigación y el aprendizaje.Los incentivos privados, añaden, pueden no estar alineados con los retornos sociales. Mediante la innovación, las empresas pueden aumentar su poder de mercado, saltarse las regulaciones o apropiarse de rentas que de otra manera estarían a disposición de otros.

A pesar de que se repite una y otra vez que la empresa privada es más eficiente que la pública, no ocurre así, según Stiglitz y Greenwald, en la sociedad de la innovación. En EEUU el retorno económico de los proyectos de investigación gubernamentales ha sido mejor para la economía que los proyectos del sector privado. Sobre todo porque el Gobierno invierte con más fuerza en la investigación básica, demasiado costosa para empresas que necesitan resultados inmediatos. Critican el neoliberal “Consenso de Washington”, que considera que la transferencia de alta tecnología resuelve los problemas de los países en vías de desarrollo. Si no se les da tiempo para aprender, indican, estas políticas provocarán peores niveles de vida en el futuro. El Estado debe fomentar la urdimbre educativa y esto debe hacerse no sólo en el terreno técnico, sino en el terreno ético y social. Vivir de patentes ajenas, como hemos hecho en España durante decenios, acaba pasando factura.

El Estado democrático debe ser promotor y posibilitador

El segundo libro está escrito por Mariana Mazzucato, economista italiana que ha sido asesora de la Comisión Europea y del Gobierno británico, y su título esEl Estado emprendedor (RBA). Corrobora, con ejemplos concretos, las tesis de Stiglitz. Los grandes avances tecnológicos americanos que han servido para glorificar la pujanza de la empresa privada, como Google o Apple, se basaron en investigaciones emprendidas por el Estado. Uno de los capítulos se titula “El Estado detrás del iPhone”. Muestra que el talento de Apple fue integrar hasta 12 tecnologías básicas ya inventadas, casi todas ellas con fondos estatales: internet, redes inalámbricas, GPS, microelectrónica, pantallas táctiles, sistema SIRI, etc. Lo mismo ocurre con la investigación farmacéutica. Tres cuartas partes de las nuevas entidades de biofarmacología molecular han tenido financiación pública. Esto indica que el progreso tiene que darse –en el aspecto tecnológico, económico y social– mediante la colaboración de los agentes públicos y privados.

No se puede esperar que empresas farmacéuticas dediquen miles de millones a investigar sobre un medicamento que no va a tener mercado

En todo el mundo se intenta descubrir el modo de articular estos dos agentes económicos y sociales. La crisis económica puso de nuevo el tema sobre la mesa, pero se ha ido olvidando. El Estado democrático debe ser promotor y posibilitador. Las empresas deben ser realizadoras eficientes. No se puede esperar que los mercados marquen los objetivos. Conviene recordar la frase de Keynes: “Lo importante para el gobierno no es hacer cosas que ya están haciendo los individuos y hacerlas un poco mejor, sino hacer aquellas cosas que en la actualidad no se hacen en absoluto”. Hay cosas que nunca va a hacer el mercado, asuntos que nunca va a investigar. El tema del ébola es un ejemplo claro. No se puede esperar que empresas farmacéuticas dediquen miles de millones a investigar sobre un medicamento que no va a tener mercado.

Para conseguir esta sutura, el Estado tiene que promover la “sociedad del aprendizaje”, que debe comenzar por un aprendizaje ético y cívico. Eso no lo va a hacer nunca el mercado. La ética no llega al mercado desde dentro, sino desde fuera. Lo que produce más desolación en España es que cunde la convicción de que el Estado tampoco va a fomentar ese impulso ético. Pero nos equivocaríamos si pensáramos que eso se debe a la esencia del Estado. No: se debe a la ineptitud o corrupción de sus gestores.

La “sociedad del aprendizaje” que necesitamos desarrollar solo puede surgir de una inteligente colaboración de instancias estatales y privadas. El talento de una nación se manifestará en la manera de conseguir esta sinergia. Para conseguirlo, llevo años insistiendo en la necesidad de una movilización educativa de la sociedad para impulsarla. Ya les hablaré de ella en otra ocasión.

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