Emergentes

(La Vanguardia)

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A veces, una suma es más que una suma. Surge un plus que supera la mera agregación de los sumandos. Entonces aparece un fenómeno emergente. Una pareja, una familia, una empresa, un equipo, una ciudad pueden ser sistemas emergentes o sumergentes, ascendentes o descendentes, es decir, la interacción de sus elementos produce un aumento o una reducción de sus capacidades.

Los zoólogos han estudiado la inteligencia colectiva de animales sociales, por ejemplo, de las hormigas. Cada una de ellas tiene muy poca inteligencia, pero juntas resuelven muy bien sus problemas. Los humanos hemos sido protagonistas de una aventura gloriosa y terrible. Hemos instaurado la inteligencia individual, la autonomía personal, la realización del yo en lo más alto de nuestra jerarquía de valores. Y los resultados han sido espectaculares en lo bueno y en lo malo. Hemos creado y destruido como ninguna especie lo ha hecho.

Nuestra inteligencia social se colapsa a veces. El siglo XX ha sido un ejemplo de crueles estupideces colectivas. Desde hace años investigo sobre este tema, que me parece el más urgente para nuestra supervivencia. El modelo del hormiguero no nos sirve porque idiotiza al individuo en aras de la colectividad, pero el modelo de las águilas, tampoco. Deberíamos estudiar la historia humana como la tensión entre las inteligencias individuales y la inteligencia social que brota de ellas. Desde este punto de vista, la democracia podría considerarse como un modelo de inteligencia social. Aspira a resolver los problemas políticos mediante la interacción de las inteligencias ciudadanas. Con frecuencia no lo consigue porque se convierte en un modo de ejercer el poder, en vez de ser un modo de ejercer la inteligencia.

Estudiar la inteligencia compartida, elaborar su pedagogía, procurar fomentarla en nuestro sistema educativo es imprescindible porque la inteligencia individual no es de fiar. Puede justificar el egoísmo más desmesurado, el egocentrismo más feroz. Hume lo dijo hace siglos: “Es perfectamente racional que un hombre considere más importante el dolor de su meñique que la salvación de la humanidad”. La solución tampoco está en el colectivismo que anula la iniciativa y la libertad individual en aras de un supuesto bien colectivo. Tiene que estar en un modo de relacionarse que aumente las posibilidades de cada uno de los participantes. Un equipo de fútbol –pongamos el Barcelona– puede servirnos de ejemplo. El talento individual construye la inteligencia compartida del equipo, que, a su vez, aumenta las posibilidades de sus miembros. Lo difícil es conseguir esa tensión productiva entre el individuo y el grupo. Otro ejemplo, para mí especialmente significativo, es una buena conversación. El resultado no depende de ninguno de los interlocutores aislados. Es un fenómeno emergente. Surge de la interacción. Un tercer ejemplo es la ciudad. Cuando tuve el honor de pronunciar el pregón de la Merçè, hablé de “Las ciudades inteligentes”, que son aquellas en las que la interacción de los vecinos produce un aumento del bienestar y un incremento de las posibilidades vitales de todos ellos.

Me gustaría que siguiéramos meditando juntos –es decir, conversando– sobre la inteligencia social, por la cuenta que nos tiene.

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